Revista Intemperie

Virginia Woolf: vivir sin piel

Por: Mario Valdovinos
virginia woolf

 

El 25 de enero recién pasado, la escritora inglesa Virginia Woolf habría cumplido 132 años, pero nadie llega a tan avanzada edad, es probable que no lo logre ni siquiera Nicanor Parra, el más longevo de nuestros poetas.

En una de las entradas de sus copiosos diarios escribió algo semejante a lo expresado por Gabriela Mistral, en un texto de carácter íntimo (Vivir y escribir. Prosas autobiográficas. UDP, 2013): “Escribo en un vaho de fantasmas”;  En A writer´s diary, (The HogarthPress, 1953), Virginia dice: “No tengo ninguna virtud lógica y vivo y escribo en un sueño de opio”.

Fantasmas, niebla, aliento, opio, materias densas que rodearon la creación, siempre dramática, de dos mujeres que creyeron salvar el escollo de esa intensidad, de esa embriaguez que produce el aliento de las siluetas opiáceas, con el ejercicio de la literatura, con la escritura entendida como un exorcismo para ahuyentar los demonios privados.

Dejemos atrás a Gabriela con este verso de su poema ‘La extranjera’, del libro Tala: “Reza oración a dios sin bulto y peso”. Sigamos los pasos de Virginia, nacida en un ambiente familiar intelectual y estético, inscrito en un contexto social victoriano y represivo. Su padre, Leslie Stephen, era un  prestigioso crítico literario. En ese entorno, lo suscriben sus biógrafos (entre los que se hallan su sobrino Quentin Bell, Nigel Nicolson, hijo de Vita Sackville-West, amiga íntima de Virginia, y la última y más completa biografía en español, 2012, La vida por escrito, de Irene Chikiar), al mismo tiempo que recibió una instrucción más asistemática que formal (recuérdese que la educación para las mujeres no era imprescindible), y, a la par que la lectura y los libros, la biblioteca y la música, fue sometida a juegos sexuales incestuosos por hermanastros, que desequilibraron más los desórdenes de su conducta. Los copiosos cuadernos de sus diarios consignan, con respecto a su sexualidad, desafíos, convencimientos, culpas y actos de asunción; también desenfados y blasfemias. El Eros de Virginia era andrógino e incluía el amor a los niños, junto a su miedo a concebirlos. Tal vez en su ambigüedad erótica veía la escritora el aval de la creación literaria que la requería. Un ejemplo al respecto es su espléndida novela Orlando, 1928.

La ingravidez es el signo de la prosa magnética y adictiva de Virginia, leerla es como escuchar una sonata. Asimiló magníficamente el desafío de las vanguardias y sin el surrealismo y el sicoanálisis su literatura sería débil. Fue audaz al aplicar esas conquistas formales, monólogo interior, montaje cinematográfico, simultaneidad espacio/temporal, a su fracturada biografía, donde la muerte tuvo una constante presencia, la madre y un hermano fallecidos de modo prematuro.

Su literatura, novelas, cuentos, teatro, ensayos, crónicas, diarios, periodismo, ediciones, incluye también géneros como la tertulia, la creación del grupo de Bloomsbury, que frecuentaron Aldous Huxley, D. H. Lawrence, T. S. Eliot, Bertrand Russell; también aciertos editoriales, La tierra baldía, de T. S. Eliot, y errores, el rechazo al Ulises, de Joyce, en la editorial que poseía con su esposo, The Hogarth Press; la admiración por la prosa de Freud y un feminismo tan efectivo como poco estridente.

Los años finales los marcan dos pánicos: la locura y la invasión nazi a Gran Bretaña. Su esposo Leonard Woolf era judío y habían pactado suicidarse ambos si aquella amenaza se cumplía. Leonard era además  historiador y funcionario colonial. La pareja estaba en la lista de detenciones que Himmler haría en Inglaterra, una vez desembarcado junto a los demonios de las SS. Ella escribía también en medio de un vaho de fantasmas, producido por las crisis nerviosas, las alucinaciones, la pérdida reiterada del principio de realidad, la audición de voces que la llamaban y la empujaban a la ruina y al naufragio. Demasiado para un ser delicado, un alma y un cuerpo que vivían sin piel, en perpetuo estado de desollación. La realidad exterior era otra amenaza, en definitiva, el triunfo de la muerte, representado por los bombardeos de Londres. Tal fue la nube que la envolvió la tarde fatal, con piedras en sus bolsillos se dispuso a caminar hacia el río Ouse para sumegirse. Era el 28 de marzo de 1941.

Como a Ofelia, la precoz viuda de Hamlet, nadie la vio descender.

 

Foto: Virginia Woolf, 1902, autor desconocido

 

*Artículo publicado originalmente el 11/03/2014

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