Revista Intemperie

Naomi Campbel y las bestias

Por: Tomás Henríquez
naomi campbel

Tomás Henríquez analiza el aporte de Naomi Campbel, película premiada en festival de Valdivia, que circula entre el documental y el cine de ficción para abordar cuerpos marginalizados por el discurso dominante

 

En los pliegues del mapa de lo que algunos insisten en llamar novissimo cine chileno, se han tramado, aunque de forma silenciosa y todavía poco comentada estrategias experimentales de producción no convencional para nuestra pequeña-gran industria cinematográfica, que llaman la atención no solo por su arriesgada búsqueda personal sino por su lograda y admirable imperfección. Cintas que como El Pejesapo (2008), Mitómana (2010), y la recién estrenada Naomi Campbel (2013) permiten abrir nuevas reflexiones temáticas y formales, a la vez que posicionan y visibilizan cuerpos y subjetividades históricamente excluidas por el canon representacional dominante.

Todo esto, sin embargo podría sonar a cuento viejo para el catastro de marginalidades que el cine chileno desde inicios de los 90, dejando atrás el oscurantismo dictatorial, se acostumbró a narrar. Las estéticas de la concertación permitieron -asistencialismo estatal mediante- la creación de películas que muchas veces estratificaron la mirada del margen, domesticando todo su potencial desviante, y que se transformaron de paso en verdaderas épicas identitarias de chilenidad consumada, las que, cual souvenir de imagen país, bien pudieron transarse en el mercado internacional de los festivales de cine que admiraron con exotismo y condescendencia nuestro enorme mapa invertido de lamentos latinoamericanos.

El neoliberalismo salvaje trajo consigo, no obstante, la apertura de nuevos mercados, el desarrollo técnico de una industria todavía emergente, la importación de un número significativo de nuevos referentes, la ampliación de las audiencias y la posibilidad siempre necesaria de polemizar en torno al tratamiento discursivo que los insumos de imágenes que las nuevas producciones locales, desde sus muy diversos posicionamientos y precariedades, podían generar.

En este contexto aparece Naomi Campbel. Dirigida por Camila Donoso y Nicolás Videla, la película cuenta la historia de Yermén, una mujer transexual que trabaja como tarotista y vive en la emblemática población La Victoria, en Pedro Aguirre Cerda. Mantiene una furtiva relación con un joven que le permite -de alguna manera- festejar su feminidad. En busca de la esperada vaginoplastía, operación que pueda modificar no solo su estructura fisionómica sino su vida por completo, es donde conoce a una inmigrante colombiana que al igual que ella anhela operarse, pero en su caso pues desea ser igual a Naomi Campbell.

Quizás lo más atractivo sea la aventura de caracterizar el paisaje exploratorio que sin muchas pretensiones de espectacularidad proponen este tipo de películas. Hablamos de historias que no se contentan con reproducir el exitoso pero añejo modelo gringo del guión a prueba de balas. Montajes que se despojan de artificios y exhiben con particular crudeza secuencias que entrecruzan distintas texturas de registro. Personajes anónimos que deambulan por entornos marginalizados por la imágenes televisivas de crimen y violencia. Diálogos cuya alta densidad no pierde ni en espontaneidad ni en poesía, y que sin embargo, permiten construir narraciones que oscilan y se desplazan del documental a la ficción creando nudos de incertidumbre en torno a la verosimilitud de la puesta en escena que vemos en pantalla.

Y entonces deviene la pregunta: ¿qué estamos viendo? ¿Un documental? ¿Una película de ficción? ¿Es necesario establecer la diferencia? Pareciera que la ambigüedad implicada en dicho gesto estableciera una relación analógica entre el género de la película y el género de la protagonista. Yermén, cámara en mano, graba y es grabada. Muestra la obscenidad de su población desnuda. Borracha. Desenfocada. Dando mano al saber popular trama rituales ancestrales que le permitan coexistir parcialmente ilesa en medio del follaje selvático de una ciudad que la estigmatiza. La estridencia de imágenes sobre la que se graba este íntimo fragmento de su propia vida nos devela cómo cuerpos como el suyo viven una desolación constante, y cual bestia monstruosa, deben crearse escamas sobre la piel para ser capaces de contener el dolor. Porque sí, aunque a ratos no lo parezca, Naomi Campbel es una película profundamente dolorosa.

Sin embargo la vida de Yermén no termina en la pantalla. Se apagan las luces pero continúan abiertas preguntas sin resolver. Aquellas que ponen en crisis las experiencias de la subjetividad del cuerpo trans o del migrante, cuerpos que se resisten a las taxonomías restrictivas de un hetero-capitalismo salvaje.

Como toda buena película Naomi Campbel abre preguntas no solo en torno a sus modos de producción, sino a las temáticas implicadas en su factura. Así, la dupla Donoso-Videla, deja ver una amplia conciencia de recursos y construye una película que sorprende. Que amplía el catastro de cuerpos visibles en el imaginario fílmico y los retrata con una dignidad radical. Que es capaz de deshacer el género del cuerpo de la obra y de los cuerpos que por ella transitan. Naomi Campbel es sin duda, por sus enormes riesgos, un gran acierto en medio del árido que hoy por hoy es el cine chileno.

 

Foto: Naomi Campbel (fotograma), de Camila Donoso y Nicolás Videla, 2013

2 Comentarios

  1. eliana ele dice:

    Excelente análisis, da cuenta de manera inteligente y sensible de una película ´profundamente dolorosa’ como el país/mundos donde las Naomi Campbel se producen y existen.

  2. Isidora dice:

    Genial la analogía entre Yermén y la ambigüedad de la misma película.

    Buen artículo!

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