Revista Intemperie

Delirios al mejor postor

Por: María José Navia
la historia de mis dientes

María José Navia elogia La historia de mis dientes, lo último de la celebrada escritora mexicana Valeria Luiselli

 

Un chico nace con cuatro dientes y acaba convertido en el mejor cantador de subastas del mundo. Su nombre es Gustavo Sánchez Sánchez aunque, de cariño, le dicen Carretera, y en una de las subastas en que participa termina por comprar (e implantarse) la dentadura de Marilyn Monroe. En otra, se dedica a subastar historias y en una más acaba siendo comprado por su propio hijo, Ratzinger. La novela es delirante y un gozo absoluto, además de un bellísimo libro-objeto, con curiosos árboles genealógicos, páginas que despliegan diez galletas de la suerte y sus mensajes, o una historia condimentada con fotografías. Luiselli no escatima recursos para contar su historia y el resultado es fabuloso. Páginas por las que se pasean conocidos nombres de la literatura contemporánea en los más curiosos disfraces y roles: Julián Herbert como astrólogo, Carlos Yushimito como maestro, o Lina Meruane como diputada. El juego de identidades también se cuela en las subastas en las cuales se ponen a la venta los dientes de Rousseau o San Agustín, una muela de Vila-Matas o nos enteramos de la compra de un bonsai en el vivero de un tal Alejandro Zambra.

Para quienes no perdemos de vista sus libros, la erudición de Luiselli no llega como sorpresa sino, más bien, se recibe como un huésped de lo más esperado (en Papeles falsos, sus reflexiones sobre la literatura son miniaturas perfectas, chispazos incandescentes; en Los ingrávidos, la literatura y la ciudad se entrelazan en menciones siempre llenas de belleza). Sin embargo, en La historia de mis dientes esta erudición viene acompañada por una velocidad distinta, un ritmo algo más vertiginoso y lleno de humor (un humor elegante que nos tiene abriendo galletas de la fortuna para encontrar pasajes de Walter Benjamin y su comentario sobre el Angelus Novus de Klee). Nota aparte merece el epígrafe glorioso que Valeria Luiselli incluye al comienzo de uno de sus capítulos y con toda solemnidad: “yo a ti te comparo con una antena parabólica, con una antena parabólica, bólica, bólica, bólica”  y que viene a reafirmar que todo puede pasar en esta historia (y todo pasa).

Pero hay algo de otra época en esta novela de Luiselli, algo que tal vez podríamos llamar picaresco pop (con todo el respeto del mundo), que se evidencia en la historia de Carretera y sus muchos destinos plagados de canciones y figuras de la cultura popular; o que recuerda a ese cuento de El Decamerón en el cual alguien intenta vender la pluma del Arcángel Gabriel. En el caso de Boccaccio, el cuento iba de la mano con una crítica hacia la corrupción de la iglesia y la comercialización de la fe, pero si bien el blanco de la crítica no es el mismo, la novela de Luiselli sí trae consigo una cierta reflexión sobre el consumo y el fetiche: esos dientes que ya no muerden; esta realidad en que todo está a la venta. Y frente a toda esa circulación, las historias resaltan como un tesoro distinto, como un uso diferente del tiempo y la imaginación, como algo que pone un alto al pragmatismo y la materialidad, interrumpiéndolo, y propone una nueva forma de intercambio. O, como se comenta al respecto de las subastas alegóricas: “durante las subastas alegóricas no se subastaban objetos, sino las historias que les daban valor y significado. Los objetos se aluden, pero sólo tangencialmente; no son el eje en torno al cual gira la subasta.”.

La historia de mis dientes -cuenta una nota al final del libro- fue concebida inicialmente como una novela por entregas para trabajadores de la fábrica de jugos Jumex en México. La anécdota es especial y, me parece, reafirma también ese potencial de las historias: esas formas de hacer comunidad, esas maneras de ocupar y habitar el tiempo que trascienden las jornadas laborales, las mezquindades de la vida cotidiana o las modas que se consumen sin gusto y menos tiempo. Los dientes de esta novela sirven para saborear y no para morder.  Y tal vez también, por qué no, para cantar.

 

La historia de mis dientes

Valeria Luiselli
Sexto piso, 2013

Deje su mensaje

Debes estarsuscrito para enviar un comentario.