Revista Intemperie

Entre las políticas de la teleserie y las teleseries de la política

Por: Chico Jarpo
jorge zabaleta y mane swett

Chico Jarpo opina sobre las teleseries nocturnas, su apabullante fijación con la cultura norteamericana entre las intrigas y vicisitudes del barrio alto

 

1. Las abuelas las llamaban comedias. Pero de reír poco. Sobre todo las que emitían en la tarde. En ellas la tragedia era excesiva y los conflictos que acongojaban a los protagonistas harían ver a Edipo o a Job como hipocondriacos. La gran mayoría de estas producciones eran latinoamericanas. No obstante, no eran las únicas. En el horario vespertino, justo antes de las noticias, arribaba el producto nacional. Por un lado estaba el real maravilloso de Sabatini, con macondos criollos y personajes tachonados de ademanes colorinches, todo esto fundido en un folclor indescifrable, y aun así, reconocible. Por el otro, el canal trece tanteaba fórmulas ensayando maneras de conciliar escapulario y adulterio en tramas que les permitiesen cautivar a los telespectadores. No me atrevería a decir que fue el periodo de oro de las teleseries, porque es posible que tal cosa simplemente no exista, pero con el tiempo fue una época que adquirió cierto resplandor. Quedaría pendiente eso sí practicar una aguda exégesis de cómo la representación de la telenovela en los noventas equivale a ciertos criterios políticos asociados con la transición (no por nada, esta es la época del “duopolio” de las producciones nacionales). Ahora, si revisamos los últimos lustros, encontraremos interesantes hallazgos.

2. Hace aproximadamente diez años comenzó a producirse en las denominadas “áreas dramáticas” (porque así llamaron a estos equipos de trabajo, sin escatimar en ínfulas grandilocuentes) de los canales, importantes transformaciones. El cambio generacional y la abrupta aparición de nuevos formatos, como los Reality Shows, obligó a considerar reinventar el género. Surgieron las teleseries nocturnas y el declive de los canales grandes permitió a otras señales realizar sus propias producciones. Pero existe una nueva coyuntura, que ya no trata de los ajustes al interior de los canales, sino con la historia del Chile reciente…

3. A partir del 2011, los movimientos sociales remecieron el discurso autocomplaciente de las clases dominantes. Tanto así, que las temáticas de las teleseries no tuvieron más opción que lidiar con la irrupción de estas demandas en la escena nacional (Pobre rico, Dos por uno, Los Carmona). No hay que olvidar que, al menos en lo que a teleseries nocturnas se refiere, el canal estatal nunca ha escrito una historia que transcurra en algún sector popular: o son las intrigas de una familia dueña de millonarios viñedos, o los enredos dentro de un bufete de abogados, o bien las vicisitudes de un grupo de divorciados viviendo en el barrio alto.

4. De cualquier manera, fueron las teleseries vespertinas las que recogieron el guante. Lo primero que habría que señalar sobre ellas es su desenfrenada actitud carroñera, dedicada a escarbar las osamentas de los clásicos del video club. Sólo dos ejemplos bastan para corroborarlo: Dos por uno era un hibrido entre Totsie y Papá por siempre, y Somos los Carmona fue un trasunto de Los Beverly ricos. La fijación con la cultura norteamericana resulta apabullante. Y habría que decir que este fenómeno no es reciente. En Estúpido cupido, una de las teleseries emblemáticas de los noventa, el Chile de la década de los cincuenta se traslapaba con el de la cultura estadounidense de las fuentes de soda, las malteadas y los Cadillac’s. Desaparecían así potreros, conventillos, carretas, carnicerías de barrio y clubes deportivos.

5. En Dos por uno, un papá soltero (alusión progresista a la familia monoparental) con tres hijas, es despedido. Para encontrar trabajo se ve obligado a disfrazarse de mujer. Que la historia gire en torno al desempleo, responde a esta inclusión de la contingencia en la representación. No obstante, existe una reacomodo neoliberal dentro de esta inserción, pues la empresa donde se desarrolla la acción es un supermercado perteneciente a una reconocida cadena de multitiendas. Una estrategia brillante a la par que obscena. El resultado: que la publicidad sea inoculada directamente en la historia. Más aún, la elisión de elementos al interior de ese espacio resulta elocuente. La ausencia de la discusión sobre los salarios de los funcionarios, las donaciones de los clientes que desgravan el aporte tributario de los supermercados, y más importante aún, la figura del empaque, que es la de un universitario que debe emplearse informalmente para pagar esos elevados aranceles, que fueron, en primera instancia, uno de los motivos que propiciaron las marchas estudiantiles.

6. Mutatis mutandis, esperemos que esta traición al verdadero espíritu de la protesta social no sea extrapolable a la de los partidos políticos; habilidosos guionistas de su propia conveniencia. Fenómenos como Evópolis, Amplitud, o la impresionante acogida del programa de Velasco en las primarias, sumado a los recientes yerros de la Nueva mayoría, proponen un panorama con el que hay que ser sumamente suspicaces. Ya sean las teleseries o los partidos políticos, lo cierto es que  las clases dominantes buscan representar a su pinta (y cómo no, en su beneficio) la crisis social.

7. Hoy, la limitada percepción de los guionistas parece señalarles el equívoco de que el malestar social ha escampado. No por nada con Bachelet también regresan a la pantalla la pareja de Jorge Zabaleta y Mane Swett (que recuerdan aquella emblemática de Di Girólamo y Fco. Reyes en los noventas). La trama: una mujer pudiente mantiene un amorío con su chófer. Un drama tan cotidiano y actual como perder las llaves del yate dentro de la cubitera del champán.

 

Foto: Glamorama

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