Revista Intemperie

Copas y nieblas: las mortajas de María Luisa Bombal

Por: Mario Valdovinos
maria luisa bombal

 

El largo y sinuoso camino que me llevó hasta María Luisa Bombal tuvo pausas breves y prolongadas en distintas estaciones. Entré por la biografía, contraviniendo la tendencia de analizar e interpretar la obra literaria desde una perspectiva estructuralista, con prescindencia de la vida del autor y del contexto social. Surgió como una mujer huidiza, errante, rebelde, hija de los Bombal de Viña del Mar, pituca o momia, se decía por aquel tiempo; amiga de Neruda, viajera, bohemia y vividora, parte de los ambientes intelectuales del Buenos Aires de los treinta y cuarenta. Otro dato atractivo fue su violento erotismo. Tuvo la audacia de dispararle, por despecho,  a un antiguo novio, el playboy santiaguino Eulogio Sánchez, ante el inminente matrimonio de su ex amante, a quien no veía  hacía muchos años. La mañana del 27 de enero de 1941 estaba alojada en el hotel Crillón y, como el verano favorece los suicidios y los crímenes, al ver en el diario una página social que anunciaba el casamiento de Sánchez, salió enloquecida a buscarlo con una pistola en la mano. ¡Un revólver cargado en poder de una mujer herida y de armas tomar! Lo topó en la calle Agustinas y lo encaró. Para él fue difícil saber quién intentaba matarlo. La identificó horas después, entre la vida y la muerte, en la clínica.  Fue detenida por tres meses, Eulogio sobrevivió, retiró los cargos y la agresora fue absuelta del intento de homicidio. La defensa adujo perturbaciones sicológicas. Estos acontecimientos desencadenaron dos hechos radicales: su viaje a Estados Unidos y el fin de su carrera literaria. Antes de este acto criminal, también por infortunios sentimentales, el amor no del todo correspondido de Eulogio, intentó suicidarse, disparándose un tiro… en un hombro. María Luisa parecía sellar sus asuntos afectivos a balazos.

Durante los años del profesorado, en el Pedagógico de la Universidad de Chile, se me cruzó su breve e intensa obra literaria. María Luisa era parte del curso de Literatura Hispanoamericana del ilustre profesor Cedomil Goic. El umbral de su lectura fue estudiar las vanguardias del siglo XX, los artistas que replantearon la literatura, el cine, la música, la pintura y la escultura. Las vanguardias modificaron la percepción y el modo de situarse en la (i)rrealidad y de concebir la vida y la muerte.

Otra estación de parada en la órbita bombaliana fue el alcohol. El vino es la tinta de la poesía, desde Francois Villon a Jorge Teillier; de Hemingway a Patricia Highsmith hay un reguero de borrachos y embriagados, de mareados dice el tango del mismo nombre, apasionante. Ella bebía porque no podía escribir y, una vez ebria, tampoco podía hacerlo. Así se le fueron los años, matrimonios fracasados, relaciones amargas, una hija descuidada en exceso, que nunca la quiso. Mientras tanto, la lectura de sus novelas y cuentos empezó a deslumbrarme. En el paroxismo por su fantasma escribí y monté, con éxito, una obra de teatro en su homenaje, A su sombra, que actuaron el escritor Manuel Peña Muñoz, la cantante Cecilia Almarza y yo.

Mis primeras lecturas de sus novelas fueron negativamente mediatizadas por su simpatía hacia la intervención yanqui en Vietnam, a la que toda mi generación era opuesta, y en conversaciones informales en el campus de Macul o en bares aledaños, califiqué su estilo de novela rosa, con pinceladas de erotismo y sicoanálisis. Cambió el panorama cuando accedí a la lectura, cercana al embeleso, de la biografía de la Bombal escrita por Ágata Gligo y afirmé que su vida era más novelesca que sus relatos; después encontré un iluminador trabajo académico de Lucía Guerra, La narrativa de María Luisa Bombal (1980), y otro de Susana Munnich, La dulce niebla, lectura femenina y chilena de María Luisa Bombal; con estos auxilios seguí con más fervor la huella de su vida y su regreso al horroroso Chile de la dictadura, en 1973.

La última niebla irrumpió en 1935, la edición ampliada, que exigió para su publicación en inglés la editorial Farrar Strauss & Giroux de USA, en 1947. Vale decir, House of mist, Casa de niebla, llega a nosotros 65 años después, en la traducción de la infatigable bombaliana Lucía Guerra, en 2012, Es la summa del mundo de María Luisa, una prosa lírica, erótica y sutil. Un tejido de sirenas, neblinas, cabelleras trenzadas, ardillas y telas mortuorias. Allí está la Bombal en plenitud, vertida al español por Guerra. El proyecto incluía  filmar una película, que no llegó a realizarse. La Paramount le pagó 125 mil dólares a la escritora. Resultó una gran decepción, pero quedó esta novela, digna de todo elogio.

La soledad y el alcohol, la esterilidad creativa, los errores no asumidos, la desesperanza y la desdicha, que la persiguieron como las furias, bloquearon y amordazaron a una escritora desdibujada prematuramente, pero que, una vez disipada toda niebla, aguarda a sus fervorosos lectores, de pie, en el umbral de su casa, con una copa vacía en su mano.

 

Foto: Biblioteca Nacional

Un comentario

  1. antonio arévalo dice:

    excelente nota sobre una escritora genial

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