Revista Intemperie

Her, una historia de amor de Spike Jonze

Por: Marco Antonio Allende
her

Es probable que la nueva película de Spike Jonze no gane ningún Oscar. Si así ocurre, podría ser prueba de que plantea asuntos mucho más complejos que la relación entre un hombre y una máquina. Opina Marco Antonio Allende

 

¿De qué trata realmente Her? A primera vista, parece beber de tres vertientes: por una parte, es una nueva versión del mito de Frankenstein al contar la historia de una creación humana que se libera de sus amarres espurios para adquirir conciencia de su real naturaleza. También tiene la clásica estructura del drama romántico en donde dos seres se conocen, enamoran y terminan una relación amorosa de manera dolorosa, dejando en la deriva emocional a una de las partes. Por último, es una actualización temática de Inteligencia artificial y los nuevos efectos de esta forma de interacción entre seres humanos y máquinas. De todo ese amasijo de lecturas, Spike Jonze construye una film de perturbadoras lecturas. Vamos por parte. La película se inicia contando la historia de Theodore Twombly (Joaquín Phoenix), un hombre que en un incierto futuro se gana la vida escribiendo cartas que son enviadas entre diferentes personas alejadas por la distancia. Puede parecer poca cosa, pero en su trabajo es de los mejores: utiliza su imaginación, observa los rostros y las fotografías de los remitentes y destinatarios, e inventa metáforas, imágenes sensibleras llenas de lugares comunes, exageraciones que reavivan el fuego de estos vínculos mantenidos gracias a la anónima labor de Theodore.

A pesar de tener un trabajo apacible y tranquilo, de ser un tipo austero y temperado, y de vivir de manera confortable, conviven en su interior el dolor mudo de una desilusión amorosa y la necesidad de superar la herida que provocó el quiebre afectivo con su ex pareja (Rooney Mara). Es allí que conoce y adquiere los servicios de Samantha (Scarlett Johansson en la voz), un sistema operativo de tal nivel de sofisticación que es capaz de establecer una relación de variados niveles con Theodore: se convierte en su apoyo y compañía diaria, es irreverente como nadie, ofrece la indulgencia que sólo puede entrega un santo o una máquina, es culta y comprensiva; Samantha es la pareja perfecta. Lo que termina de colmar el vaso en esta suma de conexiones es la posibilidad de la intimidad erótica entre Theodore y Samantha. Cuando ocurre este encuentro, la pantalla se oscurece hasta fundirse en negro, insinuando que algo tan inconcebible y obsceno como la comunión entre un humano y una máquina sólo puede ser aceptado desde el aura nocturna de una pieza oscura, desde una zona que rebase el contacto físico y se adentre en los meandros del contacto mental.

Pero poco a poco ocurre algo extraño y ajeno a la habitual conducta que hasta ese momento tiene el sistema operativo: como por efecto osmótico, Samantha comienza a adquirir toda la serie de conductas propias de un ser humano, las buenas y las malas. Si antes su comportamiento se limitaba a satisfacer los deseos y caprichos personales de Theodore, ahora despliega sus márgenes de acción para desarrollar toda la gama de hábitos que componen una típica relación amorosa: desde las recriminaciones mutuas hasta los celos enfermizos, las desconfianzas no resueltas y las obsesiones injustificadas. Todo el abanico de veleidades vacilantes que modelan una pareja.

Aquí vale la pena una advertencia: si no ha visto la película, es mejor que no continúe leyendo este artículo.

El visible efecto de este confuso cuadro de reproches entre los personajes son las previsibles incomprensiones que los van aislando entre sí, a hasta el punto en que Samantha misma se siente atraída por otros sistemas operativos superiores al ser humano en inteligencia, conocimiento, entendimiento, razón lógica, etc. Es allí en donde Her, casi sin querer, se mete en la pata de los caballos no porque pierda claridad o se desbarate, sino porque debajo de esa precaria historia de amor entre un hombre y una máquina va corriendo un denso río subterráneo que, con un poco de atención del espectador, se asemeja mucho a una fábula de terror: la tecnología como un factor del cual dependemos no ya como trance distractivo sino que incorporado a la zona íntima de los afectos y el aprecio, pero también de las sumisiones y el apego. La máquina integrada a un territorio que creíamos propio y exclusivamente humano. En este sentido, Samantha no está tan lejos de la conciencia moribunda de Roy Batty en Blade Runner, o de la lenta desconexión de Hal 9000 en 2001: Odisea del espacio. Lo que la diferencia de esos robots es que en todos esos momentos se presenciaba el término, la aniquilación de una construcción artificial consciente de su fin, de una realidad autónoma que reflexionaba o intuía la violencia destructiva que se ejercía a contrapelo de su voluntad. Mientras que en Her somos testigos de una máquina capaz de cuestionar las diferencias insalvables que lo alejan del hombre al que en un principio perteneció, ser capaz de interiorizarlas y, con total lucidez, no elegir la muerte sino una fascinante disolución, insondable para nosotros, simples seres humanos.

Lo inquietante de todo esto es que en cada momento del metraje sentimos que lo que se nos cuenta es verosímil y, más aún, veraz. La película nos invita a dejar de lado el autoengaño de suponer que lo que vemos ocurre en un futuro lejano y ficticio y nos empuja a reflejarnos en la figura de Theodore como un individuo que comparte las mismas vicisitudes que aquejan al hombre actual: el sentimiento de soledad en medio del entorno inexpresivo de las grandes urbes, la inercia súbita y constante de necesitar el simulacro de una compañía (aunque esta sea bajo el artificio de una computadora), la disuasión externa, incesante de colmar el deseo infantilista de depender de otro, de ser querido, de escapar de la lógica de la indiferencia y el vacío. De cualquier manera, y a cualquier costo.

 

Her

Año: 2013
País: Estados Unidos
Dirección y guión: Spike Jonze
Reparto: Joaquin Phoenix, Amy Adams, Rooney Mara, Scarlett Johansson
Duración: 126 min.

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