Revista Intemperie

La poesía como aborto pleno de vida

Por: Christian Anwandter
vermeer

Christian Anwandter reflexiona sobre aquella relación que pareciera pender de un hilo, la filiación entre un proyecto y un poema

 

Póngale adjetivo a su proyecto. No importa luego qué tanto se parezcan sus poemas al adjetivo, lo que importa es que haya un discurso paralelo que los sustente. Y que haya un mínimo parecido entre lo que predica y lo que practica. Se necesita cierta filiación – antes o después – entre el discurso de acompañamiento de los poemas y los poemas mismos.

Esa filiación que se desea establecer entre un proyecto y un poema, establece una relación de paternidad entre lo discursivo y lo poético, una relación en que muchas veces, para conocer el poema, hay que pasar por la paternidad del discurso que legitima su origen (aun si esos poemas parecen no valerse por sí mismos).

En cierta medida, importa más darle al poema un estatus que dejarlo ser. Importa más presentarlo bajo una apariencia estratégica, fácil de presentarse en sociedad, que dejarlo ser. El poema necesita rápido una etiqueta, porque será leído desde ella y no desde su conducta, sentido y apertura. Si no lo hace, en tanto, será desconocido. Para qué correr el riesgo del desconocimiento, cuando el poema puede guarecerse con propiedad bajo una categoría seductora, de éxito ya comprobado muchas veces, que le garantiza un lugar de privilegio o, al menos, mayores credenciales para acceder a él.

Alejémonos un momento de esta chatura que satisface a algunos con su facilismo. Prestemos atención un momento a la etimología – lo que no constituye un argumento en sí, pero que sirve para tomar distancia del uso actual de las palabras. Recordemos que “proyecto” viene del latín “proiectus”, de pro – adelante y iacere – lanzar. Proyectar quería decir lanzar hacia adelante, empujar (incluso en un movimiento de rechazo). Para referirse a un “niño abandonado” también se ocupaba la palabra “proiectura”, la criatura lanzada, abandonada, el huacho.

Desde este punto de vista, el proyecto poético nada tiene que ver con esos pedigríes ni con esas etiquetas. Más aún cuando recordamos que, antiguamente, el verbo “poetizar”, en griego antiguo, “poiein”, también quería decir “adoptar”.

Quisiera seguir alejándome del arribismo que muchas veces impregna el modo de funcionamiento de la poesía. Desde esta distancia, un proyecto poético surge como otra cosa, sin nombre probablemente, pero que tiene que ver con hacerse cargo del abandono. Escribir es una forma de adoptar lo que se engendró sin habernos hecho cargo. Es también una manera de inventar lazos de pertenencia que antes no existían. Es un cuidado capaz de generar algo en común entre individuos previamente separados, pero también capaz de dividir lo que estaba previamente unido.

La escritura es un trayecto interminable de adopción. En tanto que vínculo, no sólo nosotros cuidamos lo abandonado, sino que también nosotros nos formamos a partir de esa vulnerabilidad que se expone constantemente a nuestro cuidado. No hay escritura propia, sino formas de cuidado de lo impropio. Somos, simultáneamente, adoptados por el proyecto que cuidamos porque aprendemos a través de él a cuidarnos de una supuesta inmunidad de nuestras ideas, de nuestro talento, de nuestros poemas. El trayecto demuestra muchas veces lo contrario.

Y es que lo que hemos abandonado no lo sabemos o no lo queremos ver. Nace de impulsos bien intencionados pero que, al tener fines utilitarios, siempre tienen nombre y rostro, saben de dónde vienen y adónde van. En cambio, lo que hemos abandonado viene de lo que esos impulsos, en su soberanía, dejan al pasar como un residuo impensado, aunque vital. Es la forma de una idea que apenas se vislumbra, una emoción punzante apenas duradera.

Y por ser lo abandonado por nuestra voluntad, el proyecto también tiene su lado abyecto. Es repulsivo y nos rechaza, se aleja de nosotros cuando nos ve, huye, se resiente. La relación entre el que escribe y el proyecto pende de un hilo o, mejor dicho, de una línea. Muchas veces nuestros esfuerzos no valen nada. El proyecto exige cada vez más y es reacio a nuestros cuidados. Se producen desencuentros que tensan todo hasta la ruptura, luego pareciera que algo le gustara y se tranquiliza, como si las líneas tuvieran el efecto de una canción de cuna. A veces, se despierta y se da cuenta del engaño y te echa la puteada.

Escribir también es dar un ultimátum imposible a lo real. La escritura se convierte en algo unilateral – aunque abierto – que antes no existía, y que, paradojalmente, ya dejó de existir. Tal vez lo poético sea eso, lo que estará constantemente por nacer y lo que fue al mismo tiempo abandonado. El verdadero proyecto es el que legitima la apertura de lo que no tiene nombre y que merece nuestro cuidado. Porque la escritura es adopción y es abandono.

Lo más alto de la poesía no es cumplir simuladamente, a la fuerza casi, la condición de un proyecto inmunizado por su estatus o abolengo – cualquiera sea la forma de esta distinción –, o responder punto por punto a un discurso legitimante, adquiriendo como de rebote un valor social que, por venir desde afuera, en realidad rebaja su valor intrínseco. Lo más alto está en el tránsito humano entre el ideal y el fracaso, en el trayecto sinuoso y en lo abyecto de las huellas que dejan los sucesivos cuidados que le dieron rostro, por un instante tal vez, a ese aborto lleno de vida que debe ser la poesía. Aborto lleno de vida al que el que escribe le busca incansablemente un rostro justo, una imagen de su necesidad. Aborto desbordante de vida, desmedido, capaz de tomar todas las formas y medidas posibles. [1]

 


[1] Este texto lo presenté en el taller de poesía “El pulso de la letra” que dan Lucas Costa y Cristián Foerster en la Casa de la Juventud de Providencia, quienes generosamente me invitaron a responder a la siguiente pregunta, creo: ¿Qué es un proyecto poético? O fue la pregunta que quise escuchar con la que intenté, de alguna forma, dialogar. Aprovecho de agradecerles nuevamente la invitación.

 

Foto: El arte de la pintura (De Schilderkunst) Johannes Vermeer, 1666

Deje su mensaje

Debes estarsuscrito para enviar un comentario.