Revista Intemperie

De la carretera al diván del padre o Fallas de origen de Daniel Krauze

Por: Andrea Jeftanovic
fallas de origen

Andrea Jeftanovic y la premiada novela de una de las promesas de la narrativa mexicana

 

Una enervante carrera de autos de la primera a la última página sentencia el recorrido al abismo. Una narración on the road mexicana. Palabras en un chilango fresa que parecemos escuchar más que leer. Ritmo frenético de días y noches entre la ciudad de México y Nueva York. Honestidad a caudales. Relatar sin tregua las grietas familiares y las de la propia generación. Leer escuchando la respiración agitada del narrador. Estos son algunos de los ingredientes de la novela de autor mexicano Daniel Krauze, ganadora del Premio Letras Nuevas Plumas 2012.

La  novela, protagonizada y narrada por el joven Matías (joven “chilango fresa” que lleva  estudiando una temporada en Nueva York), se centra en una imagen que conduce y une gran parte de la historia/trama: la paternidad voluntaria. En su  juventud el padre lo invita a tomar un café para contarle el secreto familiar sugerido a través de diversas señales a través de su vida: él no es el hijo biológico de ese hombre. La fisonomías opuestas no dejan dudas. El padre que está frente al hijo le cuenta una historia sucinta sin melodramas ni moralinas: él es fruto de una relación con otro hombre durante una crisis matrimonial. El hijo aparece como un salvavidas, una cadena de sentido, el reencuentro de la pareja. En una tradición cultural de hijos huérfanos (en Chile se llama huacho, Octavio Paz lo comenta en su Laberinto de la soledad); en esa tradición de hijos ilegítimos, rechazados y padres ausentes la historia de un hijo deseado y un padre incondicional y querendón se rebela contra las marcas sociales. Entonces, lo que podría funcionar como grieta, la no gestación, funciona más bien como una soldadura entre las placas del continente familiar.

En el teatro este momento, la revelación, se llama técnicamente anagnórisis, y  supone que en ese instante la información, las pistas (liberadas a cuentagotas) se inscriben como conocimiento en la psiquis del protagonista, y dan paso a un profundo vuelco interno. En el caso de Edipo Rey, la tragedia clásica, cuando el héroe reúne las pistas que lo indican como hijo de su esposa y asesino de su padre, este se condena a si mismo a la ceguera y al destierro. Pero acá estamos en una historia del siglo XXI y el hijo se desajusta un poco y se va por una temporada a Nueva York a estudiar, quizás a buscar su mitad gringa, hasta que, tras seis años, un llamado telefónico lo lleva devuelta al DF. Al otro lado de auricular se anuncia una mala noticia: su padre está hospitalizado y toma el primer vuelo que puede. Y claro, no se encuentra con su padre vivo  y lo que viene ahora es el desbarrancadero, no solo se sumerge en un proceso de duelo sino en una cadena de fracasos.

El libro, y el mismo narrador lo explicita, se resiste a ser lo que podría ser: un libro de duelo por la muerte del padre (por cierto, recuerdo libros maravillosos como Tiempo de vida de Marcos Giralt, La muerte del padre de Karl Ove Knausgård, o el mismo Pedro Páramo de Juan Rulfo o, más cerca, Fuenzalida de Nona Fernández), y la propuesta de Krauze toma otra vertiente hacia un descarnado ejercicio de autocrítica, el inicio de la novela lo indica así, “Todos traicionamos la promesa de nuestro mejor destino”. Por supuesto, que la novela también contempla un recorrido a la relación padre-hijo transitando por las estaciones de la infancia y juventud, pero lo nuclear es la crítica pero no la del hijo mimado que cuestiona y culpa a su padre sino la del hijo que se cuestiona a sí mismo, en la compleja ecuación de beneficios/oportunidades versus logros.

Matías escribe contra si mismo, contra sus pares -amigos, contra su clase social, sus relaciones amorosas, su generación, contra su familia. Escribe contra la hipocresía de la clase alta, de las aspiraciones arribistas de sus amigos acomodados en trabajos burgueses, contra la frivolidad de las mujeres jóvenes, hermana y novias, denuncia la doble vida, la farándula de la revista Kapital (chismes). Denuncia con rabia, con incomodidad, con deseos de revancha, como ajuste de cuentas con  la sensación de la caída libre en la orfandad.

Y también, Fallas de origen me hace pensar en una novela de formación, el modelo del Bildungsroman, el hijo debe y quiere crecer pero cuando Matías se asoma a la adultez lo hace a patadas, con malos trabajos, embarazos no deseados, crisis creativas, trabajos insignificantes, noviazgos sin mucha espesura, cambios de casa, mucho alcohol, drogas y fiestas. De un modo u otro denuncia un vacío, una falta de sentido, una nauseabunda nada. Escritura beat, escritura golpeada por el ritmo de la juventud, por la rabia de la orfandad, por la brecha generacional, por las promesas y el fracaso, por una sociedad que privilegia el dinero y las apariencias. Escritura en la carretera, a toda velocidad, concentrada en cuatro capítulos, en cuatro días, unos intensos “Jueves”, “Viernes”, “Sábado” y “Domingo”. Un largo fin de semana de pasado, presente y futuro. La acción hiperkinética antes de encauzarse “sobre ruedas” está plagada de movimientos y hechos externos fiestas con excesos del alcohol, sexo, drogas, en estacionamientos, en moteles para citas clandestinas en las que se lía con la novia del amigo que odia, en la casa de su tontorrona madre y hermana, en el veterinario que duerme a Horacio, las mascota de toda la vida, en el gran salón de fiestas de la boda de la hermana. En todos estos lugares se está incómodo y asomado a un abismo.

La otra historia, la  íntima, transcurre en un lugar bastante específico: el diván del padre psicoanalista. Tras su muerte, Matías se va a vivir a la vieja oficina en la que este atendía a sus pacientes. Aparece el diván de la infancia, el diván- útero, el diván de la fantasía sexual, el diván de la confesión íntima. Sin duda, en algún momento de la vida todos nos “recostamos” en el diván del padre y hablamos en voz alta o en voz baja, pensamos nuestra historia, nuestros conflictos, las tensiones con los progenitores. Y es aquí donde la historia porta una audacia, pues toca una temática no siempre incorporada en la “literatura de los hijos”: la decepción que uno produce en los padres. El fracaso de la generación hija de padres poderosos, políticamente comprometidos y económicamente exitosos que no logra cumplir las expectativas pese a tener demasiadas oportunidades  a la mano. Quizás por ese motivo, los fracasos caen con más estruendo, producen más daños colaterales. Y acá, quisiera resaltar un fragmento de la página 214 en el que se realiza un ejercicio de montaje de las imágenes superpuestas de un álbum familiar que pudo ser pero no fue.

Otros modelos de libros se cruzan en la lectura, también puedo pensar Fallas de origen como un descenso al infierno, pero la bajada del purgatorio al infierno no es vertical, es una carrera de auto a ras de piso, en la intemperie de la carretera cercana al volcán Popocatépetl. Un descenso dantesco con maniobras bruscas que termina estrellando el auto paterno y dejando a un joven zombie trastabillando por la berma del camino. Se detiene y busca la locación de un antiguo video familiar, un video tomado por el padre, y escudriña entre la vegetación de alta montaña, el mismo lugar, y de ese modo poder actuar en el mismo encuadre. Mientras busca tantea entre las cenizas (bajo el Volcán) poder trazar las huellas arqueológicas de la relación padre e hijo.

Siempre hay roce entre las placas paterno-filiales, acá los personajes del padre e hijo se enfrentan a la muerte y a las genealogías transitando sin concesiones entre el diván psicoanalítico y la amplia carretera, desplazándose entre la ceniza y el cielo. Todo esto fluye y se ensambla en esta novela homenaje, novela salda cuentas con el pasado, pacto de gratitud alrededor del volcán vital del hijo, que ya no es hijo; que camina por medio del paisaje desolado de la orfandad. Daniel Krauze como un cartógrafo de los afectos extiende con talento y velocidad el mapa vasto de las fallas de origen.

 

Fallas de origen

Daniel Krauze
Joaquín Mortiz, 2012

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