Revista Intemperie

Pies que dejé en París: crónica de un desvelo

Por: Nydia Pando
paris

 

“(…) et que rien n’est perdu si l’on a enfin le courage de proclamer que tout est perdu et qu’il faut repartir à zéro (…).

Quant au reste, il faut être un imbécile, il faut être un poète, il faut être un cinglé pour perdre plus de cinq minutes à des nostalgies auxquelles on peut parfaitement mettre un terme à bref délai.”

Fragmento de La Marelle, Cortázar

 

Para cuando llegué a Francia ya no habían intelectuales del 68: me tardé demasiado en nacer. Y es que los busqué rodeando La Sorbona, pero sólo encontraba chicas rubias muy delgadas que me miraban con desdén. Los busqué a pasos quedos, pero todos parecían andar con mucha prisa; los intenté encontrar en las calles vecinas abordándolos con debates espontáneos, pero huían confundidos y negaban golpeando la mano en sus bolsillos en señal de que no tenían euros para darme: no eran lo que yo esperaba; ya no los había. No, al menos, como en los documentales del Mayo aquél en el que, en grabaciones subidas a Youtube veía, flotaban los estudiantes como si hubieran alcanzado una elevación del espíritu tras la conciencia del otro.

Conocí a un barbón en Trocadero mi primera noche en París mientras yo bebía vino rosa de euro con cincuenta sentada en las escaleras –París tiene que ser más, tiene que ser mucho más, murmuraba (balbuceaba) borracha– y me invitó a quedarme en su casa a dormir porque yo carecía de alojamiento: al parecer, era músico. Esperaba que tocara el saxofón, pero con la guitarra me daba. Sin embargo, pronto supe que Pierre hacía mezclas en su laptop con su mejor amigo. Tenían un costoso contrato y tocaban en raves o esas cosas donde la gente se mueve como si tuvieran lombrices en el orto. Dormí en el acarozo sillón en la sala del departamento y cuando desperté al día siguiente me invitaron a tomar un café –cómo odié esos minúsculos cafés europeos– y comenzaron a hablarme de escritores desconocidos cuando les reclamé la falta de amor por la literatura que veía en esa nueva Francia, ésa que me desengañaba, que me había puesto los cuernos para caer de la utopía comunista (¿qué?); que no era lo que yo esperaba. Se afanaron por hacerme trizas con nombres de autores que yo no lograba identificar y sólo pude registrar uno en mi cabeza, que cuando lo busqué en internet me di cuenta de que hacía novelas románticas para andropáusicos. No volví a verlos.

Al despedirme de ellos seguí mi ruta por las calles con edificios haussmannianos hasta que estos desaparecieron y me vi en un París con grandes edificios que, a principios de Mayo, dejaba entrever el reflejo del cielo soleado en sus cristales, pero también caían en él los anuncios de los espectáculos como si fuera una estrategia para obtener doble publicidad –y arruinarme el paisaje–. Nunca imaginé que París pudiera tener espejos en sus edificios. Yo quería ver barroco –cada quien sus filias– en sus paredes; ver muros color piel rota y lo que estaba viendo parecía otra parte, una que no había contemplado en el sueño.

Lo del sueño fue determinante porque yo tenía 20 años y, como Bolaño –en mi locura–, juraba haber perdido un país pero haber ganado un sueño: menuda sacudida me llevé al darme cuenta de que mi país nunca me había pertenecido y el sueño no era lo que yo había creído.

Mi tercera noche, ya frustrada, caminando sola por arriba del Sena, serían si acaso las tres de la mañana y se me congelaban las nalgas; ahí sí tuve que escupirlo desesperada: Il est où, Cortazar, les suplicaba respuesta a los vagabundos y a los novios que se agasajaban a expensas de mi presencia. Elle est où la putain Sybille, pero nada. Elle est où la clocharde, dije à la fin, y me contestó alguien como salido del fondo del río: mais regarde toi, connasse, la clocharde c’est toi. Era el único personaje que quedaba para saciar mis ansias de poesía en un París que me había desencantado.

Pasaron muchas noches acurrucada en las escaleras de distintas estaciones de metro para que lo entendiera frente al espejo del agua, la cual abundaba en forma de charcos donde me lavaba los piecitos cuando no habían pilas de agua dónde beber; como una Narcisa que, además de piojosa, estaba obsesionada con la idea de que el exterior era siempre ventajoso, por lo de sentirse extranjero y tal. Una tarde, después de subir la empinada ruta hacia el Sagrado Corazón, antes de tomar mi vuelo ryanairezco hacia el sur que salía de ahí seis horas, me senté al borde de una curva y miré entre las ramas secas de los árboles el asomo de la Torre Eiffel. Cerré los ojos incrédula y los volví a abrir: a mi lado, en el final del sueño, se sentó Frank Yerby y me lo recordó cansado: Mayo fue el fin del mundo. Entonces del suyo, en ese instante del mío. De mi mundo ficticio, pero querían promover la lectura: fue el fin de un mundo donde se tomaba la universidad y se hablaba de comunismo como subtítulo de la esperanza; del mundo donde las manifestaciones resultaban útiles y la gente se atrevía a salir sin sentirse desairada, donde el activismo cibernético hubiera sacado carcajadas burlonas y los de mi edad creían que merecían un mundo mejor antes de creer merecer un Iphone 5; el fin del mundo donde La Maga andaba sin buscar a Oliveira y Pizarnik desde la clínica no escribía más a Julio, apenado de su estado siempre terminal; siempre al filo del agua. Al agua me debía haber tirado la otra noche, pensé dándome zapes.

Siempre sentí que yo debía haber nacido para estar ahí, en ese mismo mes pero de otro año: la romántica idea de la revolución estudiantil francesa llevaba seduciéndome mucho antes de pensar en visitar París. Cuando empecé a soñarlo, me imaginaba gente en los cafés tocando la guitarra y cultos profesores leyendo el periódico y fumando cigarrillos sin filtro en las terrazas de pequeños bares. Hermosas mujeres que, sin miedo, se adoraban la una a la otra y dormían desnudas sin depilarse el pubis. Hombres delgados con vello en el pecho y una pipa en la mano, una boina roja y una personalidad estelar: acalorados debates en el Pont des Arts.

La romántica idea, también, nació de un 68 mexicano demasiado violento para añorarlo: nació del conflicto que trae consigo el que acá todo se derrumbó a pedazos, incluyendo a los estudiantes, a lo leproso. Uno tiene que buscar afuera para creer que el problema han sido los otros (¿verdad, Sartre?), que allá -donde sea que sea allá- sí lo han sabido hacer y que, de haber estado uno ahí, lo hubiera hecho tan bien como ellos; mejor inclusive. Hay que justificar la violencia que nos gobierna; esa necropolítica, con la incompetencia de nuestros antepasados para que no se acumulen las piedras en los zapatos. Esta última metáfora nace de cómo traía para entonces mis botas sin suela.

“-¿Pero qué es lo que realmente quieres hacer? (…)

-Llevar flores en el pelo. Leer a Baudelaire. (…) Ser feliz. Trabajar lo suficiente para comer, pero no más. Hacer posible (…) una universidad en la que la inteligencia que duda y que se  interroga pueda triunfar, en vez de una que vuelca todos los años un torrente de idiotas con memorias fotográficas y sin la menor capacidad de pensar. En resumen, quiero justicia… en la universidad y en el mundo. La paz. No tener nada… excepto libros, cuadros y esculturas, que no tienen más uso que el de deleitar la mirada y la mente. Andar bajo el sol. Reír. Terminar el racismo, el capitalismo, con el fanatismo, con la religión. (…) Hasta que todos tengan suficiente comida, suficiente belleza que les rodee, suficiente amor. Eso es todo.”

Fragmento de Mayo fue el fin del mundo, por Frank Yerby.

Lo releía y quería pintarlo en los ojos de alguien, pero ni en París parecían tener tiempo para entrecerrarlos. Lo releía y sacudía las manos como quien quiere avisar que algo se quema y, al ser ignorado, se acuerda de esa frase (¿por qué será que uno se llena de citas de todo para explicarse la vida? ¿O para narrársela distinto? ¿Es tan jodido todo lo que no está escrito; lo que no se puede explicar por escrito? Tendré que debatir eso con Óscar Orellana.): de esa pirotecnia, pues, que explica que “when there’s nothing left to burn, you have to set yourself on fire”, y zas al fuego. Inquisidoramente al fuego, me dije después escalofriada.

La historia de la humanidad trae el fuego desde sus principios, siempre dándole un uso en su beneficio: en Mayo del 68, el fuego fue muchas veces un muro que flotaba con fuerza; como barricada, protegiendo a los estudiantes. Ahora, pensaba, la única utilidad que el fuego tendría era ésa: la prendernos a nosotros mismos en llamas.

No tengo una conclusión clara de esta historia. Lo cuento porque me apachurró el pecho el desencanto y, cuando volví a mi país, mientras veía los muros grafiteados desde el aeropuerto hasta mi casa, me decía para ellos: “No se pierden de nada.” Al final, visitar el sueño lo hizo desmembrarse en realidad, y hasta París quedó en cenizas cuando se volvió real.  Las noches que viví ahí no se acercan, en lo más mínimo, a las que soñaba vivir. Pero, a lo mejor, si las narro, como contaba Borges, para los otros se volverán míticas historias mucho más fáciles de superar. Las noches que viví en Montpellier, en cambio, donde el sol sí salía, donde las flores apestaban y la gente alcanzaba a reírse sin cuidarse todo el tiempo de cargar la apariencia intacta lista para ser puesta en Instagram, me salvaron de no dejar caer a Francia de revolución a desilusión. El encuentro con Tristán Cabral en una librería de Nîmes, donde me dijo que quería llevarme a su departamento a firmarme todos mis umbrales, para que con su pluma pudiera explicarme todos los huecos que me quedaban por mis confusiones entre lo que esperaba y lo que había encontrado en Francia, entre mete y saca, rescataron el sueño bolañesco que me quise inventar.

Tenía veinte años, era Mayo, había perdido un París y se me había roto un sueño. No trabajaba ni me sabía una sola oración religiosa como para rezar, y las madrugadas lejos de usarlas para estudiar, las dedicaba a ponerme borracha con dos euros. Tardé mucho en obtener una habitación y cuando lo hice no tenía una sola pieza de madera, pero había robado un libro de Marivaux en una de las tiendas donde perdí el tiempo esperando uno de mis vuelos. Y si tenía un libro lo demás no importaba: La dispute, se llamaba, y decía más o menos así: “(…) han aprendido la lengua que hablamos; podrán vislumbrar la comunicación que atesoran como si fuera la primera edad del mundo; volverán a emerger los primeros amores, nosotros veremos su fruto”.

Recuerdo cómo me subí en chinga al avión, después del encuentro ficticio con Frank Yerby en Montmartre, porque si no me iba a tocar el peor lugar (aunque no hay mucho de qué elegir: cuenta la leyenda que ninguno de los asientos de esa aerolínea tiene salvavidas debajo): a mi lado, cuando ya estaba con los ojos cerrados –duerme, duerme, duerme, me decía incapaz de entrar al mundo onírico, las puertas cerradas a doble chapa– la ventaba abierta del asiento, llegó un chico chileno (lo había escuchado de lejos discutiendo con la azafata en un pésimo francés interrumpido por soliloquios acompañados del weon; soltaba chispas de cólera por el hecho de que lo habían forzado a tirar su comida antes de abordar y ahora no tendría nada que comer en ese vuelo de mierda): en su mano llevaba un libro. Yo acuso, de Leopoldo Ayala. Sonreí al verlo. Seguía soltando chispas. Sonrió tímido y me ignoró el resto del viaje, enfrascado en su lectura, que recitaba quedito moviendo una mano en el viento. Miré las nubes al despegar. Repentinamente, sentí un sueño pesado, que acabó con una preciosa imagen de mí babeando la ventana del avión y, cuando desperté, ya estaban todos bajando. No volví a ver al chileno, pero no importó: me había devuelto el sueño y un calor particular.   

 

Foto: Julien Vidal

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