Revista Intemperie

Raúl Ruiz: Poéticas del cine

Por: Sebastián Concha Villanueva
poeticas del cine

Textos sobre cine, teología y filosofía que, según Sebastián Concha, superan rotundamente la charlatanería y ponen al gran cineasta chileno a la altura de Tarkovski o Bergman

 

Nadie pudo haber pensado que un joven nacido en Puerto Montt, que pasaba la mayor parte de su tiempo en Chiloé, podría convertirse en uno de los hombres de cine más prolíficos y reconocidos del mundo. Es Raúl o Ra-o-ul Ruiz (1941), quien comenzó a subir su barco por la montaña desde la adolescencia, escribiendo a ritmo frenético obras de teatro (sumando aproximadamente unas 100 hasta los 21 años, dice el mito), luego estudiando a son de broma, y no por eso en vano, derecho y teología, para luego terminar trabajando como guionista en televisión, hasta que en 1968 estrenó su primer largometraje, Tres tristes tigres, basado en la obra de Alejandro Sieveking.

Así se convierte oficialmente en cineasta, aunque en su imaginación, que para él probablemente no se distinguía de la realidad, ya lo era. En 1973 partió al exilio en Francia y es ahí donde su estilo dio un rotundo giro: de un cine extrañamente costumbrista a un cine que rechaza todo despotismo narrativo del guión. Bajo esta premisa dio a luz destacados filmes, como Coloquio de perros (1979), La hipótesis del cuadro robado (1979), El territorio (1981) y Las tres coronas del marinero (1982), con el que se consolidó a nivel mundial, gracias al exclusivo número que le dedicó la prestigiosa revista francesa Cahiers du Cinéma. De ahí en adelante se dio unos cuantos lujos, como los de dirigir a Marcello Mastroianniy a su hija, a John Malkovich y Catherine Deneuve, o de llevar a la pantalla grande desde Francia para Francia y el mundo El tiempo recobrado (1999) de Proust.

Para comprender, o mejor dicho, disfrutar aún más de estos infinitos mundos creados por Raúl Ruiz, ediciones UDP ha reunido y publicado sus tres poéticas del cine, las dos primeras escritas en francés y traducidas al castellano por Alan Pauls, y la tercera constituida a partir de apuntes y textos sueltos.

Poéticas del cine no constituye un texto académico, sino más bien un monólogo de 440 páginas que, con un tono ligero y locuaz, a veces petulante, a veces dócil, discurre con sospechosa erudición por los suburbios de la filosofía, la teología y la ciencia en conexión con la historia del cine a partir de las propias creaciones de quien escribe/habla, haciendo posible la sorprendente unión de lo que jamás se podría haber unido, como el caso de las teorías del neurólogo Karl Pribram, que remiten a la teoría del conocimiento de Stanislaw Ulam, que a su vez son el sustento de una teoría de la visión que Ruiz refiere de manera implícita, según él, hablando metafóricamente, por medio de un micro cuento improvisado por él mismo, de su cine como arte de las sombras. ¿Charlatanería? Respondo rotundamente: no. Esta no es la voz de un profesor, es la voz de una creatividad que borronea sus propios límites y se expresa con su correspondiente libertad, construyendo estructuras que se sostienen en la base de la falta de ésta. En el fondo, habla tal cual filma.

En Poéticas del cine, Raúl Ruiz comienza rechazando la tradicional noción de conflicto central, que actúa principalmente bajo la siguiente premisa: “Una historia tiene lugar cuando alguien quiere algo y otro no quiere que la obtenga. A partir de ese momento, a través de diferentes digresiones, todos los elementos de la historia se ordenan alrededor del conflicto central.” Para Ruiz, esto tiene un efecto hipnótico en los espectadores, basado en el cumplimiento constante de sus expectativas que deviene de una armazón prefabricada; es el sueño siempre ejecutado de la industria cultural: “distraer la distracción mediante distracciones, usar veneno para curar.” Frente a este aletargamiento idiotizante, se propone un cine que tenga como punto de partida a la imagen y no a la narración, que siempre es invasiva al transformar a la primera en mero ornamento con la imposiciónde sus estáticas reglas. De esta manera, un filme no se constituye a partir de un determinado número de planos sino más bien se va a descomponer a partir de ellos: “ver una película de 500 planos es ver 500 películas”. Ruiz concibe la imagen como fuente inagotable de sentidos que nacen a partir de su relación con el espectador y su subjetividad; esta es la riqueza estética del cine: “mira al espectador tanto como es mirada por él.”

Ruiz hace del cine una forma de acceder a lo indecible, a lo que no se puede ver, al misterio “indispensable para realimentar la alegoría”, a eso que está escondido en los resquicios del montaje: el “fragmento ausente”, la respuesta a la pregunta “¿qué sucede entre dos tomas, entre dos fotogramas, dos películas entre las que hacemos zapping?” De esa manera, el cine se convierte en la búsqueda infinita de eso que le falta para estar completo, escudriñando sus propios misterios siempre indescifrables; es el momento en que aparecen las sombras como representaciones imaginadas de lo indefinido, base modificable, en conjunto con la luz, para que el artista audiovisual establezca el juego de acuerdos y desacuerdos entre la evidencia narrativa y la duda audiovisual, porque “el mundo visual nace de la colisión entre la sombra primordial y la fulgurancia que enceguece.”

Es así como Ruiz pudo concebir un filme como Las tres coronas del marinero, una creación que se crea a sí misma en la autorreflexión patente en sus constantes manifestaciones de distanciamiento. Es el arribo de un marinero vivo a un barco lleno de muertos, a un cuento de un ciego, que no es ciego, muerto con pintura roja, y no sangre, sobre su pecho. Un verdadero mentiroso que refiere una fantasía llena de muertos: ¿una película? ¿quién es el mentiroso? ¿el marinero, el ciego, el director, la película, el espectador? Sin respuestas estamos frente una deriva de incertezas que se plantean como búsqueda errática de la materia original del cine, dentro de los difusos márgenes de la sombra y la luz; es el vaivén entre la evidencia narrativa y la duda audiovisual que despliega una fantasía sobre otra fantasía y borra todo límite entre ficción y realidad. Una película que se sabe película, tal como el humano se sabe humano. Tiene vida propia.

Por la escritura y su contenido, en Poéticas del cine Raúl Ruiz demuestra que tiene una poética propia que nada debe envidiar a la de los grandes arquitectos de la imagen, como Tarkovsky o Bergman. Con un fructífero derroche de intuición, se muestra como un niño ciego que, consciente de su ceguera, se lanza sin miedo a la sombra que no ve, pero que siente. Un verdadero tigre de la ira, como diría William Blake.

 

Poéticas del cine

Raúl Ruiz
Ediciones UDP, Santiago, 2013, 440 págs

Un comentario

  1. antonio arévalo dice:

    El y Francisco Smythe fueron nombrados hombres ilustres de Puerto Mont. Asi se hace con las excelencias.

Deje su mensaje

Debes estarsuscrito para enviar un comentario.