Revista Intemperie

Gloria camina contra la marcha

Por: Tomás Henríquez
gloria

Por más premiada en festivales internacionales, Tomás Henríquez considera que Gloria –la película y el personaje–  no proyecta las inquietudes y deseos de la sociedad chilena

 

“Si el mundo de hoy es aterrador es precisamente porque es un terreno propicio para las utopías.”

Raúl Ruiz

 

Se ha levantado la tesis de que el cine chileno de ficción, cada vez más premiado pero menos político, sería el reflejo y la consumación de un modelo económico-cultural impuesto y avalado por la transición post-dictatorial. Un modelo que permite que la subjetividad nunca ingenua de los personajes y sus historias se desvincule paulatinamente de las grandes inquietudes que lo determinan en su medio social. El cine de ficción, no así el documental, habría perdido esa capacidad de representar imaginarios que antes eran capaces de remecer a una sociedad entera.

Si bien resulta sensato criticar las ficciones y los relatos que se desentienden del orden social como influjo e incluso razón determinante de los conflictos del mundo privado de los personajes, mal haríamos -por otra parte- en proyectar un cine de ficción exclusivamente al servicio de proyectos colectivos de cambio. Convengamos que gran parte de los filmes cuestionados obtienen no solo fondos públicos, si no enormes plataformas internacionales de difusión masiva, que sirven a la larga, de consolidar los imaginarios de un país. Entonces, ¿cómo el trabajo de la ficción puede insistir en la elaboración de historias que no solo expongan la interioridad existencial y la insatisfacción personal de los personajes, si no que sirvan, a su vez para generar reflexiones que pongan en jaque los ordenamientos de la política?

El caso de Gloria (2012) de Sebastián Leilo, me resulta atractivo en virtud de ser un filme, a mi juicio, bastante tramposo. La película cuenta la historia de una mujer enmarcada en un contexto económico holgado. Gloria, mujer avanzada en años, de barrio alto, con hijos realizados y un status de vida que le permite darse lujos considerables, vive, no obstante, con la necesidad de rehacer su vida personal luego de años de separación. El conflicto aparece cuando no se siente satisfecha por la estabilidad que Rodolfo, también recientemente separado, es capaz de ofrecerle. Gloria parece pensativa, a ratos descuidada. Lúdica incluso en sus momentos de mayor decadencia. No obstante es capaz de abstraerse y sortear inmune los obstáculos de la soledad.

Lo singular es que hay en la película tres cuadros que ponen en evidencia la situación contextual de Gloria en el marco de lo que sucede en el país: las calles de la ciudad están movilizadas por los estudiantes y Gloria lo ignora. Siempre tiene algo mejor que hacer. Su situación personal-afectiva prima. Es, de hecho el conflicto central de la película. Gloria camina contra una larga marcha de estudiantes pues no le interesa cambiar nada, excepto su propia vida. Pero, ¿es eso condenable? De ninguna manera. En algún punto, todos lo haríamos. Se dirá, como ya lo dijeron las feministas de los 70, que lo privado es también político. Lo complejo, dicho lo anterior, y asumiendo que todo proceso de cambios, incluso los propios del devenir de una sexualidad que envejece, es en algún lugar una emancipación política, es que mediante este argumento podríamos justificar cualquier filme. Y de las utopías que hoy se filman, sacando de contexto a Raúl Ruiz, algunas incluso llegan a ser aterradoras.

No obstante, se trata, diré para precisar, de poner la mirada en la crítica. Dada su situación de clase, Gloria, no parece tener dificultad para elegir con quién sale, qué toma, cuánto gasta, dónde pasa la noche, en qué ocupa su tiempo libre. El problema a fin de cuentas no es Gloria. El problema son todas aquellas mujeres que no son Gloria. Que no tienen esa oportunidad de elegir qué es lo que hacen con su tiempo libre, cuánto gastan o dónde quieren divertirse. Que por diversas razones no pueden ignorar esa marcha de cientos de miles de estudiantes. Y que al final del día deben reducir el devenir de su vida privada y de su propia sexualidad al de un agónico derrotero cotidiano.

Si el cine de ficción es, en una sociedad como la nuestra, una manera de proyectar los deseos y las inquietudes de todo un grupo social, y así mismo la manera en que dicha sociedad quiere verse representada, entonces nos enfrentamos a un problema serio. Es únicamente un grupo social el que ha hegemonizado las estrategias de visibilización en la industria cinematográfica criolla. Incluso los  procesos de movilización estudiantil todavía aferrados a grandes narrativas históricas, pueden adquirir resonancia micro-política, allí en tanto un ejercicio cinematográfico sensible así se lo permita. No podemos reducir el enorme potencial que tiene la ficción cuando esta sujeta al devenir de un momento histórico de cambios profundos pues son sujetos los que finalmente hacen la historia. No se trata de cuadrarse con un programa político determinado, se trata de imaginar la utopía como una ficción posible.

 

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5 Comentarios

  1. Juan dice:

    No comparto la lectura ni la línea general de la tesis que viene desde el libro de Saavedra y un poco antes. Aún cuando creo que es cierto que la enunciación está situada, creo que esta no sobredetermina la apuesta narrativa ni cinematográfica, hay otras entradas posibles, desde el retrato de un clima social, hacia el aspecto del tratamiento visual/narrativo de una poética que busca abrirse al tiempo/espacio del devenir de los cuerpos, así también lo que ha sido llamado una narrativa centrífuga o des-centrada. Hay que criticar ideológicamente pero tb observar con atención los “segundos niveles”, acusar recibo con tiempo de sus materialidades. Por supuesto que no hay que pensar esto desde el panfleto – la exigencia histórica del compromiso que produjo cosas nefastas, así también películas críticas- si no desde lo posible, es así como también me pregunto por que junto a la crítica a Lelio, Bize y Larraín (legítima y que comparto), no es posible hablar de aquellos otros cines que han radicalizado su poéticas, para desde ahí pensar lo político (Mitomana, Naomi Campbell), en fin, eso entre otras entradas. En resumen, hay que abrir un área de encuentro y desencuentro entre el cine y lo político de una forma no sincrónica (no ilustrativa) si no deseante, contradictoria, paradojal. A lo Ruiz po.

  2. Federico Zurita Hecht dice:

    Muy buen texto. Me parece interesante la idea de que la película Gloria presenta apenas una visión rupturista desde la dimensión de género, pero sobre ésta formula una visión que defiende el estado de las cosas en una dimensión de clase. Eso es lo que hace la hace “tramposa”. Sin embargo, pienso que esta película tiene todo el derecho a existir y difundir, así, su ideología “tramposa”. Es, finalmente, un producto de una forma de pensar la realidad que existe y que no se puede negar que existe, pues negarlo intentando prohibir su circulación, sería amparar ese estado de las cosas, anulando la posibilidad de que alguien, después, lo denuncie (como aquí hace Henríquez). De esta forma, lo importante es propiciar que exista una crítica de cine (y de arte en general) que sea capaz de identificar estas “trampas” del arte y de la clase dominante, y explicarlas a través de textos sólidos como el de Tomás Henríquez. Un gusto leerlo.

  3. Javier dice:

    Interesante, pero leyendo un poco más de cerca, el texto está escrito sobre un tinglado de posmodernidades varias que, tras todo ese blindaje de jerga y metaniveles, solo se sincera sobre el final: que por qué Gloria no es una película política. Sería más interesante saber por qué tendría que serlo. Algo se insinúa en el párrafo de los fondos públicos.

  4. Javier Campos dice:

    Otra vez esa crítica en el arte en general de que un producto artístico tiene que reflejar lo político o pidiéndole como viejo realismo socialista que la obra sea misionera de algo. Hay tan buen cine en el mundo donde lo político esta envuelto en una brillante creación artística. Pero hay cine donde lo político no está sino el mundo de personajes comunes que tienen vidas comunes y tratada con una brillante imaginación. Que el crítico de cine en Chile se deje de insistir en que no hay película buena si no hablaba con postura ideológica y política!

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