Revista Intemperie

Camille Claudel, historia de una maldita

Por: Mario Valdovinos
camille claudel

 

Aún no se estrena comercialmente Camille Claudel 1915, dirigida por Bruno Dumont el año pasado y estelarizada por Juliette Binoche. El filme muestra a la escultora Camille Claudel (1864-1943) recluida en un manicomio y su tranquila desesperación por ser exonerada de los cargos que implícitamente presentó contra ella su hermano menor, Paul Claudel, con la complicidad de sus padres.

La acción es casi inexistente, asistimos, como en una pieza teatral, al derrumbe interior y exterior de una artista acosada e injustamente juzgada, víctima de una sentencia que resultó inapelable: de allí saldrá muerta.

La actriz, el entorno, los planos fotográficos, la dirección de arte y el montaje de las secuencias, además del sonido y la música  (el Magnificat de Bach), deberán dar cuenta de este derrumbe. Y lo logran. El guión, si bien conjetural, se construyó sobre la base de documentos epistolares, la correspondencia entre Camille y Paul, más los diarios de éste y los archivos médicos de la escultora. Cuando el filme termina, algo del espectador se va con la protagonista.

El extravío mental de Camille está relacionado con la pasión romántica y la obsesión amorosa, cumplidas, en su caso, por voluntad propia y hasta el exterminio. Su desorden espiritual se agravó por el destructivo vínculo erótico que mantuvo con Auguste Rodin, escultor pantocrático, arrogante y narcicista, una personalidad artística tsunámica. Sin duda un obseso de la materia: yeso, mármol, bronce, piedra, arcilla, madera, alcanzaron en sus manos la estatura de lo sublime. Un genio devastador de un arte concreto, material hasta la agresión a la mirada, porque no hay esculturas de aire, aunque el viento puede esculpir las rocas y las montañas.

Camille lo idolatró como artista y maestro, como hombre y amante. Fue su asistente y discípula; su musa y su perseguidora; su Némesis, su Venus y su Circe. En más de un sentido lo superó, pero en un arrebato de furia desamorosa condenó buena parte de su producción a los golpes del hacha, a los martillazos rabiosos y estériles que fragmentan y pulverizan. El precio de amarlo con el requisito de la exclusividad y de permitirse la osadía de destruir por su propia mano la sombra de Dios que latía en sus figuras, fue el embodegamiento, la celda, la muerte en vida.

Camille Claudel muere en el hospicio tras 29 años de condena al silencio y a la paralizante incomunicación, a los 79 de edad, privada del contacto con la materia, reducida solamente a palpar su cuerpo que envejecía con pena y sin gloria y se derrumbaba día a día por la tristeza. No tenía más que su abatido cuerpo apoyado en los muros del claustro esquizofrénico, su habitación, y sus manos que trataban de capturar sombras para darles formas de esculturas; apretar con sus dedos trémulos las papas que cocía a diario por la paranoia de ser envenenada y sentir el tacto de los árboles y de las  flores en el patio.

¿Quién tomó su foto? ¿Está en el manicomio? ¿En qué circunstancia? La imagen suya más difundida aparece firmada por César, una postal que ahora está a la venta en el museo Rodin de París, y quizás en cualquier librería francesa. Allí la compré una mañana de febrero de 2007, donde pasé horas de deslumbramiento. La artista aparece con la boca caída y los párpados entornados, como postigos de una ventana que alguien olvidó cerrar. En el filme, Camille  se ve como una niña que madura, sin perder su ira contenida, tampoco su inocencia, poseída por una arrasadora melancolía. Pidió, rogó, imploró y suplicó por su liberación, por volver a la casa de sus padres. ¿Tuvo  acceso al teléfono del manicomio?; ¿cuántas veces marcó el número de su hermano Paul? Paul, el escritor, el dramaturgo, el novelista, el católico; el diplomático destinado a Bélgica, a Estados Unidos. Muerto en 1955, la visitó hasta el final, pero no asistió a su entierro en el asilo ni se preocupó de sus restos, arrojados a una fosa común. Aseguraba rezar por ella todas las noches.

Camille escribió numerosas cartas, rogando por regresar a su taller a reconstruir las esculturas que había agredido, por reiniciar su tarea de artista en estado de gracia. Todo fue en vano. El 19 de octubre de 1943 amortajaron su cadáver en la casa de orates en Montdevergues, cerca de Avignon, mientras las tropas de la Wehrmacht ocupaban el país. Los sepultureros tocaron y sintieron su cuerpo, tantos años clausurado,  antes de introducirlo al ataúd. El tiempo, gran escultor, había hecho su trabajo soterrado, quedaba poco y nada de la vehemente artista y amante, pero esos despojos eran al fin libres.

 

Foto: César, 1884

Artículo publicado originalmente el 26/01/2014

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