Revista Intemperie

Emily Dickinson: la voz del silencio

Por: Mario Valdovinos
emily dickinson

 

Emily Dickinson recibió una educación esmerada, pero a raíz de su temperamento solitario, lentamente escogió recluirse en la casa de sus padres, Edward Dickinson, Emily Norcross y de sus hermanos, Austin, y la menor, Lavinia, Vinnie, que, como ella, no se casó. El proceso de su aislamiento definitivo lo aceleró a partir de los treinta años, llamándolo “mi blanca elección”. La casa familiar estaba ubicada en Amherst, ciudad cercana  a Boston. A los 25 años, en 1855, visitó con sus padres Washington y pasó por Filadelfia, pero no viajó jamás al extranjero y fue, paradojalmente, una viajera inmóvil. El ejercicio secreto del arte poética la transformó, sin ella proponérselo, en un caso singular, aun dentro de la literatura femenina, género inclinado a la confidencialidad, merced al ruido del vozarrón patriarcal que confinó a las mujeres al silencio y a la penumbra.

Nadie necesitó decirle ¿quieres hacer el favor de callarte? No obstante, su diálogo con la Naturaleza fue fecundo, no así con el prójimo, mínimo, y esencialmente mediatizado por cartas. Escogió mirar, deducir, conectar estados emocionales, situaciones y pensamientos. Fue una observadora que prefería el punto de vista de la mirada al vórtice de la actuación. Una vez hechas estas operaciones interiores, solía transformarlas en palabras. Escogió la lírica -o la lírica la escogió a ella-, y existen, registrados, 1775 poemas, el reflejo de un alma apasionada, que quiso pero no pudo, que intentó vivir puertas afuera, pero terminó replegándose y refugiándose en su ser.

¿Es ese no actuar, no decidir, no participar, una vida? ¿Hay en esa huella fantasmal que dejó, una biografía? ¿Existe en ese sótano a cielo abierto una manera de habitar? Fue hostil con el principio de realidad y creció en un ambiente puritano, normado por pautas de conducta, regido por el deber ser. No hacía falta reprimir a las mujeres pues su lugar estaba instalado en la vida social: el ámbito doméstico, la familia, el marido, no elegir, no planificar. Una hija debía quedar a cargo de la vejez de los progenitores. Si bien tuvo acceso a diarios y libros y escribió alrededor de mil cartas, en definitiva, su acceso al mundo.

Emily mantuvo vínculos afectivos con varias personas, sosteniendo correspondencia epistolar con ellas. En particular con un escritor y ex militar, Thomas W. Higginson, en cuyo juicio literario confiaba. Le gustaba desembarcar en mundos, por lo general imaginarios, constantemente mediatizados por las palabras y sostenidos por el papel. ¡Una mujer de literatura!, como Kafka, el solterón, encadenado a las cartas, los diarios y las novelas inconclusas.

Antes de cultivar un arte sutil: volverse una sacerdotisa vestida con hábitos talares, estudió botánica y llevó un herbario, mientras pasaba las horas con frecuentes enfermedades respiratorias, bronquitis, toses, resfríos. Tenía la estatura de la menta y eligió el color blanco para envolver su cuerpo y embodegarse, para ser una contemplativa que observaba con asombro el paso del tiempo, escuchaba el rumor de los trenes y  del territorio al que nunca vio como una amenaza hacia su universo; tampoco lo enfrentó ni asumió a la manera de la voz épica de Whitman, el cantor de la democracia americana, el yo poético y humano gigantesco.

Mientras Emily vivió, su país fue sacudido por la guerra civil, la contienda de segregación entre norte y sur. No obstante, para ella era un eco lejano y cantaba en la cocina de su casa mientras amasaba pan y se consagraba a la repostería, el jardín y a observar el vuelo de los pájaros. Emily tuvo vocación de araña oculta en los rincones, una tejedora que urdía sus redes con palabras depositadas en transparentes papeles, igual a sus vestimentas. Salvo alrededor de diez, aparecidos anónimamente en revistas y sin su revisión, no publicaba sus poemas, los depositaba en un baúl, el espacio de su inconsciente, el sedimento oscuro y radiante de su alma de novicia. Coleccionaba manchas depositadas en los muros por el tiempo, la red invisible que coloreaba los árboles y perfumaba las flores; escuchaba con sus oídos de ardilla el paso de las siluetas nocturnas por las paredes: ebrios, vagabundos, espectros. No botaba los papeles en los que derramaba palabras y miraba el discurrir azaroso de la escritura sobre la superficie de las hojas.

Huésped de sí misma, a la espera de una cita que no llegaba, padeció devaneos amorosos, confusos, probablemente bisexuales, platónicos, idealizados, imposibles por la distancia, el estado civil o la edad de los elegidos. Fue religiosa pero no mística como Sor Juana o Teresa de Jesús; difícil saber si conoció el éxtasis humano. Escribió copiosamente epístolas a sus primas Norcross, al reverendo Charles Wadsworth, el editor Samuel Bowles y al juez Otis Phillip Lord, quien pidió su mano en 1882, a los cincuenta y dos años de la poetisa, cuando ya atardecía para efusiones eróticas.

Con Lord mantuvo un contacto epistolar nutrido y un amor mutuo: “Confieso que lo amo. Me regocijo de amarlo…”, declaró en una carta de 1878. Los biógrafos de Emily señalan que hubo destrucción de correspondencia tanto de la poetisa, de parte de su hermana Lavinia, como del juez Lord, de parte  de una sobrina que lo cuidó en los años finales y quemó las respuestas de su tío a la escritora. Las cartas, siendo material del fuego, con frecuencia vuelven al fuego arrojadas por  parientes celosos.

La poesía de Emily Elizabeth Dickinson es honda, sus motivos son introspectivos: el ser frente al mundo, la decepción, el alma, los afectos; los espacios del día y de la noche; su materia lírica se inclina hacia lo existencial. La sacuden con frecuencia arrebatos de tristeza y de esperanza, medita sobre la muerte, la trascendencia, el ser. Formalmente sus poemas son depurados con rigor y su léxico se instala con precisión, le mot juste que pedía Flaubert. Inventó mundos nuevos, por subterráneos que fuesen, y cuidó su palabra, como pedía Vicente Huidobro.

Descansa en Amherst, próxima a la casa paterna, en una tumba cubierta de hierba, visitada por las ardillas y los petirrojos, con quienes aún conversa. Sus huesos se volvieron tan blancos como las vestiduras que los envuelven.

 

Foto: Emily Dickinson (1846), Amherst College

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