Revista Intemperie

Maldito Divino

Por: Nicolás Lazo
divino anticristo

Nicolás Lazo se ocupa de la publicación de unos de los personajes más reconocidos de la escena literaria santiaguina

 

Tras la lectura de Evangelio del Anticristo y la verdadera historia de Alemania (2011), resulta difícil no cometer una obscenidad ya habitual entre nosotros, esto es, manosear una vez más a Roberto Bolaño y, como quien no quiere la cosa, valerse de la autoridad póstuma que proyecta su nombre. En efecto, no he podido o no he querido evitarlo: creo que, de haber tenido la ocasión, a Bolaño quizás le habría interesado este libro demente escrito por quien dice ser a la vez encarnación y portavoz de “Nuestro Señor Diosísimo”. Con seguridad, habría sostenido que alguien así guarda una inquietante similitud con los personajes de su novela La literatura nazi en América (1996), catálogo literario que, bajo la forma de una enciclopedia ficticia, reúne la vida y obra de un conjunto de escritores latinoamericanos obsesionados con el nazismo.

Sin embargo, parece lícito suponer que dicha atracción estaría lejos de ser recíproca. Autor de su propio evangelio, el Divino Anticristo no sólo se basta a sí mismo, sino que, además, pregona a los cuatro vientos su radical autosuficiencia; de ahí que, por ejemplo, algunos textos incluidos en su pasquín América Alemana en Español los firme como “el único representante de la súpercultura”. Belicoso, su experiencia de la soledad consiste en un combate donde el enemigo es cualquiera y, por supuesto, los escritores o aspirantes a ello no escapan a su mira de avezado francotirador: “..YO SOY EL ANTICRISTO Y MI PALABRA VALE porque yo no soy poeta al peo que lo único que sabe es vender dosis a 500 pesos de cocaína pésima o con yeso” (15).

Por tal motivo, nuestro acercamiento a la obra del Divino Anticristo implica cruzar sin permiso la trinchera demarcada entre su fortaleza y el resto del mundo. Sin ir más lejos, la presente reseña constituye una intromisión que, como toda forma de turismo logocéntrico, corre el riesgo de convertirse, más temprano que tarde, en un safari paternalista por los territorios de un freak. De este modo, conviene admitir desde ya que, en buena medida, no somos más que un ejército de voyeuristas deseosos de rarezas subalternas, una tropa de copuchentos que se interesan en un vagabundo esquizofrénico debido, fundamentalmente, a los rasgos más superficiales de su condición biográfica.

Dado lo anterior, abordar los textos del Divino Anticristo equivale a traicionar la naturaleza a primera vista absurda de los mismos, por cuanto requiere someter a la lógica racional común una región subjetiva ajena a nuestros paradigmas. Con cierta vergonzosa torpeza, apenas somos capaces de consignar el inventario de sus ideas fijas, entre las que se cuentan abusos sexuales, genealogías imposibles, reencarnaciones disparatadas –“DIEGO DE ALMAGRO… recién fue John Lennon y Harrison Ford y hoy es PALMENIA PIZARRO” (10)– y, en suma, una secuencia interminable de imágenes perturbadoras que regresan una y otra vez a lo largo del volumen.

En cuanto al estilo, nuevamente surgen más preguntas que juicios. Por supuesto, cabe aventurar que esa escritura en mayúsculas y sin pausas corresponde a la única forma de expresión factible para una voz cautiva de su propia fiebre. No obstante, también resulta ineludible sospechar un vínculo acaso involuntario con la redacción y la sintaxis de aquellos cronistas europeos recién llegados a América que, como nuestro autor, combinaban desprecio y perplejidad ante una realidad siempre huidiza. Consciente de que personifica el espíritu de la civilización, el Divino Anticristo sentencia: “NOSOTROS NO TENEMOS NINGÚN EMPACHO EN DECIR QUE SOMOS IMPERIALES, ES DECIR, EL IMPERIO DEL SEÑOR DIOSÍSIMO ES EL QUE VALE” (17).

Pese a la aparente vacuidad que lo caracteriza, el Evangelio del Anticristo está cruzado por pasajes de inesperada belleza, tales como la reinvención de la ciudad a partir de comunas inexistentes –“Plano de Valladolid chico de Santiago de Chile” (35–7)– o bien la enunciación de una teoría cosmológica –“ESTAMOS EN UNA COMPUTADORA INMENSA… ESTAMOS EN UNA PANTALLOIDA TRIDIMENSIONALOIDA…” (42)– que jamás llega a detallarse.Visto así, el Divino Anticristo se nos presenta como una presencia maldita genuinamente indiferente a sus fans cool del barrio Lastarria, un mesías de pacotilla que, con o sin quererlo, ensaya nuevas versiones de esa opaca lucidez que nos llena el corazón de orgullo.

 

Evangelio del Anticristo y la verdadera historia de Alemania

Divino Anticristo
Santiago, Dhiyo, 2011

Foto: La Cuarta

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