Revista Intemperie

De Lucero, Virginia Reginato y cabras montesas

Por: Pablo Torche
virginia reginato

 

Confieso que siempre me ha costado comprender la pasión en la defensa de los animales (al menos de algunos). Sospecho que es un problema de sensibilidad personal, el caso es que tengo dificultades para conjugar, en mi rígida mente, la defensa irrestricta de algunas especies con el total desprecio por, digamos, polillas, arañas o ratas, para las cuales hay verdaderas industrias de insecticidas o venenos. Me da la idea que tiene algo que ver con el tamaño: a partir de cierta talla, las especies animales comienzan a ser respetables comienzan a hacerse acreedoras de campañas de salvataje y grupos de acción; bajo esa talla, nos dan casi lo mismo.

Tampoco entiendo muy bien por qué reaccionamos con pasión frente a un cisne o una garza oso, y nos mantenemos completamente indiferentes frente a los criaderos de pollos, por ejemplo, en los cuales lo animales viven, literalmente, una vida infernal y de tortura para morir a los pocos meses. Un amigo me contó una vez que había visitado uno en la zona de Rancagua. Los pollos viven en unas especies de cunas, inmóviles y con la luz encendida todo el día, porque así ponen más huevos, o crecen más rápido, algo así. Luego, no sé por qué circunstancia, un hombre había corrido por el pasillo y los pollos habían escapado despavoridos pero, como no están acostumbrados a moverse, se iban desplomando por el camino, con las patas quebradas, los muslos deshechos. Ignoro qué parte de toda esta escena dantesca es rigurosamente cierta. Probablemente la mayoría.

En la defensa de algunos animales hay una variable espantosamente arbitraria que nunca he podido superar del todo. Nos escandaliza la muerte de un panda, o un cangurito (a mí al menos), o un tigre o un jaguar, porque son lindos, hay un juego casi erótico de simetrías y de curvas en su manchaje y en su mera existencia. En cambio una rata, para no hablar de una culebra, o quizás incluso una simple liebre de campo, no nos importa tanto, quizás no nos importa en absoluto. Estas discriminaciones son válidas y respetables, pero también un poco egoístas, esconden un deseo personal, un gusto propio.

En realidad, tengo la impresión de que la defensa de los animales se fundamenta un poco en la percepción de que se trata de seres inocentes, que, a diferencia de los humanos, no pueden hacer el mal. Aún en el caso de que un animal me muerda o me ataque, no se lo puede atribuir a malas intenciones ni deseo de venganza, como es obviamente lo que ocurre en el caso de un ser humano. Los animales representan, en este sentido una cierta pureza e inocencia que en los seres humanos parece difícil de encontrar. Incapaces de hacer el mal, y sin posibilidad de defenderse frente al poderío voraz del hombre, los animales se transforman así en el epítome de la víctima abusada, el símbolo de una inocencia perdida.

Se trata de una visión sin duda cierta, que nos debe mover al respeto y la conservación de la vida animal. Pero por otro lado, puede esconder también cierta superficialidad, que se vuelve a veces grotesca, sobre todo cuando se compara con la vida humana. Un autor anotó una vez que las sociedades, o los momentos históricos en que se defendía más la vida animal que la vida humana, el tema podía entenderse como un síntoma de una enfermedad social.

Me parece que es el caso de la reacción de la alcaldesa Reginato la semana pasada, frente a la escandalera (para mí difícil de entender) levantada ante la fotografía de Lucero con una cabra muerta. Al pedir la cancelación de la invitación de Lucero, la alcaldesa declaró que lo hacía “como defensora de la vida, y de los derechos de los animales” para luego describir la caza deportiva como un acto “de suyo condenable”.

Me parece legítimo que ella se sienta tan íntimamente afectada por el fallecimiento de una cabra montesa a miles de kilómetros de distancia, pero es raro (por no decir grotesco), que no haya sentido al menos lo mismo por los miles de chilenos muertos, desaparecidos o torturados por un gobierno del que participó activamente, desde muy joven. Más que defensora de los derechos de los animales, hubiera sido útil que fuera mínimamente defensora de los derechos humanos. Cuando se suscitó la polémica, twiteé un poco en broma “Si Lucero se hubiera sacado una foto al lado de un niño muerto no habría habido tanto escándalo”. La (mala) broma adquiere en realidad un cariz bastante fidedigno en el caso de la alcaldesa Reginato, que incluso el año ’98, cuando Pinochet fue detenido en Londres, salió a defenderlo públicamente, protagonizando un bochornoso incidente en el Congreso Nacional.

Quiero ser claro: me parece completamente legítimo y comprensible que una persona que estuvo a favor, e incluso participó de la Dictadura, se sienta afectada por episodios aislados de caza deportiva, sobre todo cuando son perpetrados por famosos. Pero salir a rasgar vestiduras, y presentarse como el adalid de los “derechos de los animales”, después de que los derechos humanos no le importaron tanto me parece, más allá de las motivaciones personales de la alcaldesa, un síntoma bastante preocupante de nuestras prioridades como sociedad.

Yo no soy fan de la caza deportiva pero, la verdad, tampoco me importa tanto. No veo ninguna diferencia entre salir a cazar una perdiz o una liebre, o atraparla con una trampa (algo que ocurre en el campo todos los días), y cazar un mamífero de un poco mayor tamaño o un poco más bonito. Cancelamos la visita de un artista y quizás nos sentimos paladines de la justicia, cuando quizás todo lo que estamos haciendo es dar curso a un deseo un poco egoísta de salvar un “peluche” para nuestro gusto personal  y de pasada, sentirnos buenos o luchadores por causas de peso.

Defendamos a los animales, pero no ensuciemos esa causa poniéndola a la misma altura (o quizás un poco más alto) que las de los seres humanos o sus derechos. La desproporción resulta, en algunos casos, demasiado evidente.

 

Foto: La Tercera

4 Comentarios

  1. Nicolás Campos F. dice:

    Desde el comienzo se veía que el texto era un alegato humanista. Eso, para mí, te deja casi en el mismo punto, de fanatismo -supongo que eres religioso o estás cerca de serlo-, que el de los animalistas recalcitrantes. Sólo eres más diplomático. El tema es peludísimo, tiene aristas feas, de mala consciencia, pero optaste por simplemente invertir el pensamiento de los animalistas.

  2. Mira, estoy de acuerdo con mucho de lo que planteas y me alegra que alguien se atreva a exponerlo. Personalmente, amo los animales y encuentro de mal gusto las fotos de Lucero, pero de allí a “crucificarla”…mucho. Hay muchas cosas de diversa índole que en estos días se enarbolan como bandera de lucha sin el menor respeto o tolerancia por quien pueda pensar diferente. Me pregunto…¿cuántos de los enardecidos defensores del animalito están de acuerdo con el aborto? ¿Acaso no se trata también de respeto a la vida?
    ¿Y el derecho a disentir? Y lo que es más básico aún: ¿cuántos de los “inquisidores” se sientan a la mesa gustosos de comer un buen asado? Yo me cuento entre ellos y por lo mismo, tengo mucho cuidado con los dobles discursos. No me respetaría a mí misma si me los permito.

  3. Seré sincero: el artículo me pareció interesante de leer hasta que salió al baile pinochet y su dictadura militar. Me cuesta vincular a la Lucero, la cabra montes y a pinochet.

    Pero al margen del tema político, concuerdo en que es extraño que el “público en general” reclame por la foto mientras disfruta de un asado y un par de huevos fritos.

    Digo “público en general” porque los animalistas hemos cambiado muchas cosas por nuestra causa. Muchos dejamos los asados, otros dejaron la carne, leche y huevos (veganos) y otros incluso cambiaron su forma de vestir. Los animalistas somos una especie bien particular: hacemos la pega en silencio, recibimos insultos por ayudar a la sociedad, gastamos lo que no tenemos, nos llevamos arañazos, mordidas y picotazos, y mas encima creen que con una lechuga y un tomate quedamos listos.

    Si la alcaldesa sacó a Lucero del festival es por un tema práctico: ¿vale la pena traer a una artista que será pifiada por un grupo de fanáticos animalistas de esos que van a cuanta protesta hay (y que la tele siempre les da cobertura)?

    No me gusta pinochet. Desearía que hubiese muerto en la cárcel por todo lo que hizo, al igual que muchos que están libres hoy. Pero ya bastante tengo con la constitución y el sistema binominal que nos dejó, como para andar viéndolo en los cachos de una cabra montes.

  4. Aurora López dice:

    Sólo tres aclaraciones,
    1°. Claramente los animalistas abogan por los derechos de los mamíferos, los cuales son sentidos más cercanos a nuestra especie debido a la infinidad de características que compartimos con ellos. Claramente no pasa así con los insectos -como lo mencionas- cuyas características morfológicas son incluso incomprensibles para la mayoría, así también las arañas, con ocho patas, dos cerebros, un esqueleto exterior. Difícil sentirse cercano a algo así, puede que me equivoque y en algún lugar del mundo existe un club de amigos de la raña de rincón.
    2°. El animal con el que aparecía Lucero era una cabra que está actualmente en peligro de extinción, lo que creo agrega más matices a tu discusión, que sólo encasillar el hecho en una expresión de la casa deportiva. Más bien, yo iría por crimen ecológico.
    3°. Y tercero, me parece alarmante que dotes de empatía a la alcaldesa de Viña, en ningún momento ella abogó por los derechos de los animales, esa fue una de las concejalas de la misma ciudad. A la señora Reginato lo único que le importaba -y la razón por la que escribió a Chilevisión para que no se trajera a la “artista” mexicana- era que los alegatos de los animalistas, y las funas que estos prometieron, podían enlodar el evento del Festival. POR LO TANTO, A LA SEÑORA ALCALDESA NO LE IMPORTAN NI LOS DERECHOS HUMANOS, NI LOS DE LOS ANIMALES.
    Por lo que creo, debes replantear tu artículo, sobre que clase de personas tenemos representándonos, los cuales son capaces de extorsionar (el tema cuarto medio de la alcaldesa), participar y defender actos de violencia contra tus propios compatriotas, las personas a las que representas, y seres humanos en general, y que más encima le importan un comino los animales, porque lo más importante es que no se empañe la fiesta que es el festival de Viña, que digámonos de paso, ya no es lo que era, y hasta el de Olmué levanta más expectativas.

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