Revista Intemperie

James Joyce: de la pesadilla de la historia a un despertar cosmopolita

Por: Felipe González Alfonso
james joyce

 

Dedicado a Ximena Figueroa

 

En 1914, James Joyce publicó por fin su postergado segundo libro, Dublineses (o Gente de Dublín), una colección de relatos sobre la vida cotidiana de una serie de personajes pertenecientes a las capas medias de la capital irlandesa. Estos sujetos casi siempre se ven trastocados por revelaciones triviales que, no obstante, resultan decisivas en el transcurso de unas existencias signadas por la monotonía. A este elemento transfigurador Joyce lo llamó “epifanía”. Para Terry Eagleton, sin embargo, según apunta en La novela inglesa, los relatos de Dublineses presentan más bien “antiepifanías”, pues tales revelaciones terminan convenciendo a los personajes de la imposibilidad de satisfacer sus deseos y alcanzar cierta plenitud en aquella ciudad asfixiante.

El relato más conocidos del volumen, “Los muertos” (John Huston lo llevó impecablemente al cine en 1987), trascurre en una de las celebraciones navideñas que cada año organizan Kate y Julia Morkan, hermanas de la madre del protagonista, Gabriel Conroy. Éste llega junto a su esposa, Gretta, al sector de Usher Island, donde se ubica la vieja casa de sus tías. Se trata, como ya lo sugiere el título, de una bajada al mundo de los muertos, al que el protagonista, pese a todo, mira con permanente nostalgia, por su calor hogareño, aunque también con cierto desprecio, por su inercia y anquilosamiento. Y si bien los aires de cambio irrumpirán en ese mismo espacio, lo harán bajo la forma del nuevo y agresivo nacionalismo irlandés, opuesto a la hospitalidad tradicional que Conroy quisiera conservar.

Es en el pasaje del baile –y hay que pensar en una sarcástica alusión a las danzas macabras, que nivelan las diferencias del mundo–, donde acontece esa irrupción. La joven Miss Ivors le reprocha ácidamente a Gabriel el hecho de que, en secreto, escriba críticas literarias para el Daily Express, periódico británico. También lo increpa por su preferencia a tomar unas vacaciones en el continente y no en la isla de Arán, en Irlanda. Finalmente, lo acusa de “pro inglés”. Pero la postura de Conroy es bien distinta: ni adhiere a la inercia conservadora de sus tías, que ha perpetuado el dominio inglés ni, mucho menos, al nacionalismo radical de la joven. Como se verá en la lectura de su discurso en medio de la cena, aspira a una síntesis entre ciertos valores del pasado y la sobresaliente instrucción de los jóvenes del presente. Lejos del culto a la tradición pero también del olvido total, Conroy busca un equilibrio que no encuentra ni en sus tías “ignorantes” ni en la radical e irónica Miss Ivors. Sin embargo, no se anima a plantear un modo concreto de alcanzar tales aspiraciones y su silencio ante las recriminaciones de la joven es bastante elocuente.

A juicio de Terry Eagleton, Gabriel Conroy posee la fría y elevada inteligencia de un Stephen Dedalus, pero carece de la cuota de alegre y activa mundanidad de un Leopold Bloom. Y esa conjunción, afirma, es indispensable para dar a luz una propuesta política contundente a fin de solucionar el dilema de “encontrar una manera de aceptar el pasado sin ser prisionero de él al mismo tiempo”.

Los dos polos convergen, observa Eagleton, hacia el final del capítulo 15 de Ulises (1922), y el encuentro permitirá a Bloom y a Dedalus asumir su pasado y transformarlo en algo más fértil que una pesadilla. Esto supone, en el caso de Bloom, afrontar la muerte de su hijo Rudy, que ha deteriorado su matrimonio y, en el caso de Dedalus, la superación del resentimiento por la decadencia y pobreza familiares. En “Los muertos”, en cambio, no sucede tal cosa, puesto que hasta el final prevalece un solo polo, el de la contemplativa pero inmóvil inteligencia, incapaz de generar una estrategia a la altura de la guerra a dos frentes que libra Conroy contra el nacionalismo y el imperio.

Es esclarecedor recordar que James Joyce, de quien Conroy es, en algún grado, la transposición ficticia –al menos de ciertos aspectos de su “inconsciente político”–, bajo ningún punto de vista era afín a las ideas nacionalistas. Esto no lo convertía en partidario del colonialismo británico y, se sabe, fue un crítico declarado de éste; Joyce, consigna Eagleton, más bien se oponía al nacionalismo irlandés porque no veía en él nada de revolucionario, pues mientras sus adeptos se oponían firmemente al imperialismo, al mismo tiempo, y en flagrante inconsistencia, la mayoría formaba parte de la iglesia católica, tan opresiva como el imperio.

De hecho, en la literatura joyceana hay abundantes ejemplos de una feroz crítica a la institución eclesiástica irlandesa y a sus históricas deslealtades, lo cual ilustra además la ligereza (o desmemoria) de la afiliación religiosa de los nacionalistas. Valga mencionar uno en particular, casi al inicio del Retrato del artista Adolescente (1916). También en plena cena navideña, Simón Dedalus, padre de Stephen, responsabiliza a la iglesia de propiciar la muerte del líder independentista Charles Stuart Parnell (1846-1891), acusado de adulterio por la institución en confabulación con la corona. A esta escena, y en un gesto confirmatorio de ese crimen por parte de la estructura novelesca, le sigue otra en la que el pequeño Stephen, Parnell en miniatura, es víctima de un brutal e injusto castigo por parte del prefecto de estudios de su escuela jesuita.

Volviendo ahora a “Los muertos”, vale verificar cómo hacia la segunda mitad del relato se agudizan las ya señaladas aporías del protagonista. Al finalizar la fiesta, Gabriel observa detenidamente a su esposa que, concentrada y a mitad de la escalera de salida, escucha la canción que un invitado rezagado interpreta en el segundo piso; es entonces cuando logra verla bajo un nuevo y misterioso brillo. Esta epifanía musical, en momentos en que ambos se retiran de aquel mundo lúgubre, deviene, sin embargo, antiepifanía. La mujer aparece renovada ante los ojos de Conroy, pero éste ignora que la causa es que a través de esa música, que aviva sus recuerdos, ha entrado en ella –dicho sea metafóricamente– el espíritu de Michael Fury, joven muerto en plena adolescencia por el amor de Gretta.

Gabriel, Orfeo contemporáneo, cree haber escapado de ese Hades con su Eurídice, pero vuelve a perderla cuando intenta consumar el acto sexual en el hotel en que se alojan, puesto que ella lo rechaza, desazonada por el triste recuerdo juvenil. Como a Dedalus antes de encontrar su complemento en Bloom, a Conroy las circunstancias le demuestran que no es tan fácil escapar de la pesadilla que hasta ese momento ha sido la historia de Irlanda sin poseer un plan algo más elaborado que el apático solipsismo de un artista adolescente.

Lo que, para Terry Eagleton, caracteriza a Dedalus hasta antes de su encuentro con Bloom, es aplicable a Conroy de principio a fin: “…es un vanguardista que sueña con romper por completo con un humillante pasado de opresión; pero cuando se abomina del pasado sin enfrentarse resueltamente a él, éste acabará sencillamente por volver”. Y el pasado del cuál abomina Conroy vuelve a través de su esposa e imposibilita la relación sexual que iba a renovar las fuerzas vitales de ese matrimonio anquilosado, símbolo, quizá, de la nación impedida de concretar un proyecto propio.

Mientras su esposa se duerme entre sollozos, Conroy se acerca a la ventana del hotel y observa la nevada. Ésta le da una breve tregua, pues adquiere ante sus ojos un cariz cósmico que parece igualar momentáneamente a los vivos y a los muertos (“nevaba en toda Irlanda”, “Caía también [la nieve] sobre todo los rincones del solitario cementerio…”). Es decir, la nieve concilia por un instante a las viejas y nuevas generaciones cuyas ideas contrapuestas él no logra articular de una manera consistente y creativa. Sin embargo, el elemento natural, pienso yo, no tiene más que el valor de una conjunción precaria de los opuestos, de un puente provisorio e ineficaz, de una triste alucinación poética que deja aún más al descubierto la incapacidad de Conroy (y su generación) para encontrar una tercera vía, quizá sintética, entre el nuevo nacionalismo y la tradición, y coordinar los polos divergentes de un modo pleno como sucede en el Ulises.

Conroy, según él mismo confiesa, ha viajado en extenso por el continente, aunque, podría decirse, sólo en un sentido turístico; en cambio, el Dedalus que se encuentra con Bloom, ha vuelto al país después de una estadía de estudios en París, tras un período de formación. Conroy es un aspirante a cosmopolita, Dedalus, quien incorpora con sistematicidad la cultura continental, lo es realmente. Y este último sólo haya su complemento luego de esa asimilación; gracias a que, al regreso, le es posible ver las cosas desde una perspectiva más amplia que la del viajero ocasional. Conroy, como Dedalus, opone al dogmatismo reinante (nacionalismo exacerbado de la juventud, inercia de los viejos) una apertura cosmopolita, pero, finalmente, cuando el pasado otra vez se impone, abandona la lucha y termina por replegarse en su melancolía modernista. Conroy siente en la disolución del pasado la muerte de algo propio, y eso le resulta inaceptable, porque aún no ha visto –como Dedalus– la verdadera forma de lo nuevo, que otorga sentido al presente, ilumina el devenir y subsana la pérdida.

Como sea, Gabriel, el futuro cosmopolita –salvo que entonces se llamará Stephen Dedalus–, ya intuye “que había llegado el momento de emprender el viaje hacia Occidente”.

 

Foto:

Deje su mensaje

Debes estarsuscrito para enviar un comentario.