Revista Intemperie

“Paraíso” del turismo sexual para la tercera edad, en Tailandia

Por: Sebastián López
pattaya

De viaje por el sudeste asiático, Sebastián López recala en Pattaya, descarnado paraíso para los turistas sexuales del primer mundo, que buscan en los cuerpos frágiles del subdesarrollo un consuelo para las crisis existenciales de Occidente

 

Una niña juega con arena en la playa, toma los granos, los mira caer, esconde sus manos y trae los granos de vuelta a la brisa marina caliente que los acarrea hasta los pies con várices de un hombre con calcetines blancos y sandalias, recostado a un lado del agua y bajo un quitasol en la playa de Pattaya, al sur este de Bangkok.

El hombre parece no sentir nada, con los ojos cerrados y el viento tibio y húmedo golpeándole en la cara y el pecho canoso descubierto, debe estar sobreponiéndose a la agitada noche de lunes, y preparándose a su vez para otra agitada noche de martes. A su lado, otro hombre con un bronceado fallido y dos cervezas vacías en una pequeña mesa hace lo mismo; al lado suyo, otro hombre más flaco, más viejo, más peludo, más acabado, más aburrido, lee una novela de Tom Clancy mientras un poco más allá, otro viejo con otro bronceado fallido y cubierto con pelos tan blancos que ya parecen transparentes, trota a la velocidad de un niño de un año, intentando vanamente esquivar colillas de cigarro, restos de botellas de cerveza, esqueletos de pescado y camarones en la arena.

A la Jessica -mi compañera- y a mí, nos advirtieron que este lugar podría ser grotescamente turístico con sus miles de hombres blancos en la octava crisis existencial de su larga y cómoda vida, pero nunca nos imaginamos encontrarnos con que en cada cuadra hubiese al menos diez bares con terrazas al aire libre y en cada uno de ellos, hombres con pulsiones sexuales peligrosas miraran hacia la calle en búsqueda de prostitutas de cualquier edad y tamaño, mientras el tecno y el rocanrol-pasado-por-Thai explota en el aire sin compasión.

En nuestra primera noche, fuimos a un bar atendido por mujeres y lady-boys en la costanera de Pattaya. Lleno de mesas de pool donde las prostitutas y los lady-boys compiten entre sí, ríen, coquetean y ponen sus precios con total desparpajo a sus posibles clientes australianos, gringos y sobre todo rusos, mientras el plasma con deportes extremos y el tecno cubren el silencio de los más tímidos, que parecen buscar la decisión en el concho de una de las próximas cervezas.

Con la Jessica pedimos dos cervezas y nos sentamos a un costado de la calle tratando de no perdernos ni la acción del interior ni el trajín de la calle. Dos mesas más allá, un inglés de cabellera teñida y cuerpo fláccido, sentado junto a un calvo y rojo compatriota, le hacen señas a un travesti que se divertía mostrándole la lengua a los hombres y tocándose los plásticos pechos, para pedirle sus servicios.

Mucho más decidido que su compañero, el teñido apunta su pene y le dice “come and see” y acto seguido comienza a desabrocharse el pantalón. El travesti se acerca interesado, el inglés saca su pene, su compañero calvo y el travesti ríen. El lady-boy le dice que acá no puede atenderlo y el inglés teñido toma su mano, remata su cerveza y desaparece del bar. Su compañero sorbe los últimos restos de la suya, y luego se acerca a una señora que hace las veces de camarera y personal de aseo, le pasa un billete de 100 Bhat, ella lo guarda y dice gracias, el calvo y rojizo gordo intenta agarrarle el poto, pero la señora girta “No!” y como puede aclara con desespero “No! I don do da”, escondiéndose de las manos del gordo hasta que llega un lady-boy y la protege. El gordo pierde su dinero y se pierde el en el siguiente bar donde sin decir ni hola comienza a agarrar potos y tetas de lady-boys a quienes no les molesta la espontaneidad.

A la mañana siguiente, todos los restoranes sirven “Western breakfast” para los westerners, mientras carros de comida Thai son una opción permanente, por mucho menos del 10% de los restoranes. Parece ser una tradición o parte del largo servicio que deben pagar a las escorts pattayenas, porque los viejos copan los restoranes desde las 8 con groseros steaks con huevos, café, omelettes, mientras a su lado se sienta su ocasional compañera y frente a ella misteriosamente un niño o niña que parece ser su hijo.

La rutina continúa una vez repuesta de la provechosa noche para ambos, cuando el hombre lleva de compras al niño y a la mujer. Buscando unos dominós en los bazares, para entretener el tiempo de ocio, veo y oigo a una escort hablarle a su hijo de nos mas de 4 años, “Escoge lo que quieras, lo más caro. Él” apuntando a un hombre con bastón, rodillera, pelo blanco y un cuerpo casi goteando hacia el suelo “prometió comprarnos ropa o lo que quieras”. “Sí, good boy, anda y toma lo que quieras”.

El niño, sin saber qué hacer, mira extrañado al hombre que ni siquiera conoce y camina hacia una tienda que vende miles de poleras con diseños que se borrarán a la décima lavada. Dos cuadras más abajo, veo y escucho a un hombre despedirse de su dama, ella cubierta de bolsas, y de un niño con una mochila nueva a punto de explotar con juguetes y ropa; el hombre toma la mano del niño para despedirse y le dice “Recuerda que el tío Rick siempre puede pasar a buscarte y comprarte cosas, OK?”. Se despide del niño, luego de su madre, para un taxi y antes de subirse, le dice a la mujer, “te llamaré luego”. Se sube y desaparece en las ya llenas calles del mediodía de Pattaya que ya se prepara para la perpetua rutina de sus jornadas todas iguales.

 

Foto:

2 Comentarios

  1. Begoña de Eguilua dice:

    ¡Qué horrorosamente triste! Ese niño me ha dolido mucho. La miseria humana bien relatada y Ud. lo hace, parece que nos emporca a todos y…lo necesitamos, no lo dude. Gracias!!

  2. Yolanda García dice:

    Nada distinto a lo que occurre en el paraíso sexual en Cuba. Viejos de Canadá o Europa con muchachitas cubanas . Venganse esos cronista a Habana y verán un cuadro similar .

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