Revista Intemperie

Formas de perder(se) en Zambra

Por: María José Navia
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María José Navia alaba en la última colección de relatos de Alejandro Zambra, habitado por personajes que llevan vidas que no les pertenecen, impregnados de una melancolía rara, y que dejan con ganas de seguir leyendo

 

Mis documentos. El título del nuevo libro de cuentos de Alejandro Zambra recuerda a todas esas expresiones de curiosa pertenencia (Mis fotos. Mi música) propias del mundo de los computadores y que en la realidad de estas historias parece siempre imposible de alcanzar. Los personajes intentan llevar vidas que no les pertenecen, haciéndose pasar por otros, escribiéndose como otros, endeudándose por otros. Cuentos que no llevan a ninguna parte, que se deshacen en el camino. Habitaciones donde se apaga la luz de a golpe. Computadores que hacen largos viajes para quedar en algún cuarto perdido, acumulando polvo.

En estos once relatos ni siquiera a la propia familia es posible pertenecer. Es una presencia algo fantasmal, que se deshilvana en historias con la tragedia del terremoto de por medio (“Las historias alegres terminaban mal, porque los protagonistas invariablemente morían en el terremoto”) o incluso la Teletón y su transmisión eterna como una fuente de pesadillas para los niños (“Cada año con mi hermana veíamos el programa entero hasta caernos de sueño, como casi todos los niños, y pasábamos semanas imaginando que perdíamos los brazos o las piernas”). Cuentos jamás para encontrarse sino para perderse. Sin terror, sin angustia, sino con una suerte de resignada melancolía.

Cuentos en los cuales se cuela el silencio por todas las rendijas. Un silencio que subraya la incomunicación y la ansiedad de la espera, que sorprende como un portazo, como ese final tremendo de “Vida de familia”, que recuerda a ese viaje en taxi -probablemente una de las escenas más desoladoramente tristes de la literatura chilena- de Bonsai, o esa espera tensa de La vida privada de los árboles. Acá no se trata necesariamente de los personajes secundarios que conmueven y duelen en Formas de volver a casa; acá ni siquiera les da para creerse el cuento de ser personajes. Tal vez un cuaderno escrito a medias ( “Mi padre era un computador, mi madre una máquina de escribir. Yo era un cuaderno vacío y ahora soy un libro”). Una maleta perdida en un tren.

El libro se divide en tres partes. En la primera se reúnen cinco cuentos unidos por una temática familiar. En “Mis documentos”, el narrador repasa sus recuerdos de infancia (con sus deseos de pertenecer a la banda militar o ser monaguillo) desde los chispazos de su acercamiento a los computadores, las máquinas de escribir, o los recuerdos de su abuela, siempre enmarcados/amenazados por el terremoto. En “Camilo” un joven de padre exiliado llega a reclamar a su padrino, antiguo compañero de fútbol de su padre. Como en tantos de estos cuentos, la búsqueda de un lugar o pertenencia se desvanece con las páginas, nunca alcanza a sostenerse del todo. En “Recuerdos de un computador personal”, el primer computador de Max se vuelve un integrante más -y a ratos bastante decisivo- de su relación con Claudia. En “Verdadero o falso” un niño divide al mundo según las categorías a las que apunta el título, tal cual le han enseñado en el colegio (“No, gritó el niño, Chile es falso, Santiago es verdadero”). La historia describe la dinámica del niño con Daniel, su padre, quien se ha separado de su madre recientemente y que intenta ganarse a su hijo (más por aburrimiento que por convicción) con unos gatos. Por último, en “Larga distancia” un telefonista sin muchas aspiraciones recibe los llamados, confesiones y luego visitas de Juan Emilio, un chileno que busca encontrarse en la relación con su hija o en libros que, en definitiva, no le gustan. El propio telefonista también intenta encontrarse (o sentirse más cómodo) en las clases de expresión escrita que realiza en un instituto que también se está desmoronando.

La segunda parte se compone de solo dos cuentos que giran en torno a la educación. En el primero, “Instituto Nacional” (parte de él antologado en la colección .CL como “El 34″) el narrador siente curiosidad por el “34”, único estudiante repitente en un curso del Instituto Nacional. El cuento luego se desmigaja en una suma de recuerdos de los días del narrador en el colegio (“Recuerdo a los profesores intentando explicarnos lo que había pasado. Y el deseo de que se callaran, que se callaran, que se callaran.” O también: “Recuerdo que la vida seguía, pero no de la misma manera”). En el segundo, “Yo fumaba muy bien”, el protagonista entrelaza los recuerdos de su tratamiento para dejar de fumar con otras reflexiones sobre la lectura y la vida en general: “Los cigarros son los signos de puntuación de la vida. Ahora vivo sin puntuación, sin ritmo. Mi vida es un tonto poema de vanguardia”. Y, en otro momento: “Lo que pasa es que soy cobarde y ambicioso. Soy tan cobarde que quiero vivir más. Qué cosa más absurda, realmente: querer vivir más. Como si fuera, por ejemplo, feliz.”

La tercera parte reúne cuatro cuentos en los cuales las dinámicas de pareja – impostadas, imposibles, frustradas o a medio camino- van marcando el pulso. En “Gracias” se nos cuenta la historia de una argentina y un chileno que parecen novios pero no quieren decirlo y que sufren un incidente en Ciudad de México. En “El hombre más chileno del mundo”, Rodrigo viaja a visitar de sorpresa a su ex novia – quien no lo espera ni, tal vez, lo quiere- más motivado por promesas voladoras de tarjetas de crédito que por romanticismo. En “Vida de familia”, probablemente el cuento más logrado y que queda doliendo en todo el cuerpo cuando se lo termina, el protagonista queda a cargo de la casa de su primo, lugar en el que ensaya una vida que no tiene y que lo lleva a acercarse -momentánea y con algo de desesperación triste- a una vecina que tiene un hijo. Pero, como es la tónica en estos cuentos, es imposible pertenecer ni siquiera a los propios sueños; hasta las ficciones que construimos para defendernos acaban en el suelo, y el protagonista se llena de angustia: “Que me bajen el volumen, piensa Martín. Que me adelanten, que me retrocedan. Que graben encima de mí. Que me borren.”

Por último, en el relato que cierra esta parte, y la colección, “Hacer memoria”, un escritor escribe y reescribe recuerdos en los que se deja vislumbrar el trauma y ese silencio que en Mis documentos es frío, tremendo, y se filtra en todas las historias. Ese silencio que es “tan chileno”, como dice el personaje de uno de los relatos y que queda rodeándolo todo como un halo terrible.

Mis documentos. Mi música. Mis fotos. Pero también, pero sobre todo, Mis Silencios. Todo eso que se esconde o, simplemente, no se dice. Lo que queda como aleteando detrás de todas las palabras, de todos los “verdaderos o falsos”, de todas las decisiones que tomamos sin saber muy bien porqué. Los cuentos de Zambra dejan una melancolía rara, unas ganas de apagar el mundo solo comparables con ese deseo inmenso de seguir leyendo.

 

Mis documentos

Alejandro Zambra
Anagrama, 2013

Un comentario

  1. Juan dice:

    buena reseña, MJ. estuvo “divertido” este libro (aunque Zambra no soporte esta palabra(la vida de los árboles)). me gustó ese humor, como que esa melancolía zambriana maduró adscribiendo el humor a estos cuentos. un humor ingenioso, cáustico. como si se tomara menos enserio. Ha sido un agrado, este año, leer a los narradores chilenos. Besos.

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