Revista Intemperie

El progreso de nuestra barbarie

Por: Rodolfo Reyes Macaya
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Rodolfo Reyes reflexiona sobre la fragilidad y vulnerabilidad del ser humano en nuestra era digital e hiper-tecnologizada, mientras espera a un amigo en el terminal de buses la noche de año nuevo

 

Regresé a Santiago de Chile menos por nostalgia que para estar con mi familia durante noche buena y noche vieja – para mí, la época más tediosa del año. Es treinta y uno de diciembre, son las cinco de la tarde y me encuentro en el terminal sur. Espero a un amigo uruguayo que, como tantos, está seguro que Chile será pronto parte de esa región nebulosa y despótica a la que, no sin un brillo estúpido en los ojos, suelen llamar Primer Mundo. Desde luego, él viene viajando por tierra, más de 20 horas a través de la pampa trasandina. Hace no más de seis meses, en pleno invierno, recorrimos el sur de la provincia de Buenos Aires (la que, por cierto, es más grande que todo Uruguay) al interior de un tren sin lugar a dudas siniestro, por cuyos orificios se colaba un frío que sólo pudimos paliar con una botella de vino que, lamentablemente, apenas duró dos o cuatro estaciones.

Hace tanto calor que es fácil perder toda esperanza en el progreso, el cual, dicen, es un invento europeo –no hablaré de EUA–, entronizado por la globalización y el colonialismo. Hace tanto calor que me acuerdo borrosamente de una escena de La vida de Brian. Particularmente de una reunión clandestina del Frente de Liberación de Judea, grupo revolucionario que odia al imperio romano casi tanto como al Frente de Liberación Judaico, que a su vez es otro grupo revolucionario que odia al imperio romano casi tanto como a sus rivales, el Frente de Liberación de Judea. En tal reunión, los dirigentes le preguntan a las bases: ¡¿qué han hecho los romanos por nosotros?! Se alzan algunos brazos. El acueducto, dice uno. Y el alcantarillado, dice otro. Y las carreteras, y la irrigación y la enseñanza, y la sanidad, dicen varios, y el orden público. El bien y el mal, digo yo, como las dos caras de una moneda que se pierde, me gustaría pensar, en un teléfono público que ya nadie usa.

Antenoche, solo en casa de mi madre, veía en la tele un programa en el que conocidos periodistas entrevistaban al embajador británico en Chile. Le preguntaban ¿Cómo ves a nuestro país? ¿Qué tan cierto es que somos los ingleses de Latinoamérica? La paradoja del progreso xilensis, radica en que la modernización fue llevada adelante por sectores ultraconservadores, a punta de privatización exagerada, violencia y un descuento generoso en los precios de las lobotomías. Chile está sobrevalorado a manera de premio, precisamente porque su política ha sido la más rastrera de América Latina. Se consume tecnología, pero no se produce. Un lugar común. Las carreteras más grandes, dicen unos. La libertad de tener un LED, dicen otros; estar conectados con la metrópolis, con lo último de lo último, dicen varios.

Mientras espero me figuro un panorama relativamente eurocéntrico: hace algo menos de un siglo Walter Benjamin señaló que “la imagen del mundo exterior como la del ético, sufrieron, de la noche a la mañana, transformaciones que jamás se hubieran considerado posibles”. En efecto, tras la Gran Guerra todo el ideario positivista e ilustrado que había acompañado al desarrollo anteriormente inimaginable de la tecnología industrial, de pronto, se vio hecho añicos. Los futuristas italianos, con Marinetti a la cabeza, habían propuesto un canto que ensalzara a la máquina. Y la máquina, en vez de liberar al hombre de las cadenas de la necesidad, lo arrastró a su propia negación. Nunca antes el ser humano pareció tan minúsculo, absurdo y frágil. Hombres que habían ido a la escuela en tranvías tirados por caballos, cuenta Walter Benjamin, se vieron a la intemperie, descubriendo que lo menos había cambiado era el paso de las nubes.

Si la Segunda Guerra exacerbó las paradojas del progreso, en la segunda mitad del siglo pasado se empezó a hablar de la muerte del sujeto, del arte y de la historia. El mito de la Niké (la victoria, con su mirada permanentemente puesta en el futuro) parecía haber claudicado. Pero la marea del olvido suele subir como un tsunami silencioso y refrescante.

En una conversación con Juliette Cerf, Georg Steiner afirmó que tal vez “un día los historiadores se den cuenta de que el acontecimiento más importante del siglo XX no fue la guerra, ni el crac financiero, sino la tarde en la que Kasparov, el jugador de ajedrez, perdió su partida contra una pequeña caja metálica. Y añadió: “La máquina no ha calculado, ha pensado”.

¿Qué será de nosotros en la nueva era digital?, es la pregunta que vienen realizando una serie de profesores, escritores, filósofos, artistas (aquellos “oficios” que, podría fácilmente pensarse, van a la baja, aunque no.) La utopía del buen salvaje, en tales circunstancias, reaparece. Para muchos individuos de mi generación –que, por decirlo de un modo grosero, vieron Into the Wild –abandonar las ciudades y llevar una vida más simple en la naturaleza domesticada, corresponde a un camino virtuoso. Incluso para mí, a veces, cuando hojeo el libro del Tao, cuando me escapo (siempre de vacaciones) a un lugar alejado de la miseria humana o cuando escucho el murmullo del mar tras una sesión lisérgica. Nuestros paraísos artificiales, a la manera del proverbio posiblemente ruso, se nutren porque siempre se está mejor en el lugar donde cotidianamente no se está.

Ahora mismo, mientras espero a mi amigo en el terminal sur de Santiago, y hace un calor suficiente como para derretir cualquier esperanza en el progreso de nuestra barbarie, me acuerdo de otra amiga, a quien vine a despedir aquí. Se fue a vivir al sur de Chiloé. A veces me escribe, pues, no sólo corta su propia leña, también tiene internet. Y dice que, si bien ni la ansiedad ni la desesperación han desaparecido del todo, está contenta, que la noche y el viento existen de verdad. Yo la envidio. Me digo, como tantos, que alguna vez desapareceré y viviré auténticamente como ella, a pesar de que tenga ya tatuadas las siguientes palabras de Chris Marker: “ha decidido abandonar todos sus privilegios, pero nada puede hacer con el privilegio que le ha permitido elegir”. Es treinta y uno de diciembre, son las cinco y media la tarde. Mi amigo todavía no llega.

 

Foto: Auschwitz-Birkenau, Polonia. Clark & Kim Kays

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