Revista Intemperie

Todos esos combates

Por: Oscar Orellana
el incomprendido

 

“Se ha ido”, “la he perdido para siempre”, repite desconsoladamente Andrea, el pequeño protagonista de El incomprendido,  al darse cuenta que por error ha borrado la única cinta que contenía una grabación con la voz de su madre muerta, mientras leía algo avergonzado un poema de Eliot. A ti no te gustan esas películas; las encuentras antiguas, aburridas, por eso debo verlas siempre solo. No es un reproche. No es que eso sea bueno ni malo. Así como tampoco es bueno o malo, el que me decida a escribir sobre ciertas cosas y otras no. Frente a lo imposible de registrar un acontecimiento, me resigno a una parte de él, a un fragmento de la realidad.

Uno a veces se imagina el fin de una historia. Lo que no se imagina es que entre la historia y el final de la historia haya apenas tres horas de viaje. Solo tres horas que separan el ruido del silencio, mientras avanzamos hacia el norte por una carretera vacía. Kilómetros y kilómetros para llegar a esta pequeña, a esta mezquina versión de nosotros mismos. ¿Por qué todo nos resulta tan inhabitable ahora? ¿Por qué nos duele tanto la perfección de ese lugar que se construye sin nosotros? Antes vivíamos seguros, no nos quejábamos. Había un momento de la tarde en que la casa era como una gran calma, una tranquilidad. Hoy, en cambio, todo parece creado por una ternura demasiado parecida al aburrimiento.

Puerto Oscuro. Un letrero gigante nos recibe con un Enjoy Coca-Cola. Ahora estamos de pie frente al mar pero no escuchamos ni vemos nada. Entonces pienso que en ese intento de ir más lejos, nos hemos convertido poco a poco, en uno de esos peces abisales, que acostumbrados a la ausencia de luz, al cabo de unas generaciones, terminan por engendrar solo crías sin ojos. Nosotros somos esas crías; ciegas, deformes, egoístas.

Mira, todos estos espacios vacíos somos nosotros. De nada sirvió subrayar tantos libros, tanta frase delicada y absurda, para evitar finalmente ser dos amantes derrotados por su propia victoria. Ya no hablamos del amor: lo observamos, lo examinamos, pero no hablamos del amor, al igual como no se habla de una evidencia demasiado obvia. Todos los recuerdos archivados cuidadosamente. Sonreímos sin alegría. Preferimos mirar a los niños que juegan en la playa, detenidos en esa época en que los sentimientos aún no tienen ningún nombre. Le pedimos a alguien que nos tome una última fotografía, como dos asesinos amables conscientes de su crimen.

A veces quisiera tener menos tiempo y más argumentos. Todo lo fácil es difícil. Tú y yo debimos hablar mucho en algún momento previo, porque ahora ya no hablamos nada. Nuestra amistad es antigua, quizá demasiado antigua. Estamos siempre como en la víspera de un viaje, lo sé. Las horas, hacia atrás o hacia delante, se convierten solo en una melancolía  amistosa. ¿Nos merecemos la antipatía de recorrer los mismos lugares? Yo creo que sí, es el precio de haber vivido en un sitio hermoso y amplio durante tanto tiempo.

Es raro. Nunca he llorado mientras leía una novela pero sí mucha veces durante una película. Quizá porque me cuesta creer en los personajes a largo plazo. Un día es la voz de dos personas que se aman, luego es la voz de uno de ellos diciendo: Qué triste me puse pensando que te ibas para siempre. Hasta ese instante en que ninguna de esas dos voces vuelve a decir nada.

Tú dices todo se reconcilia, pero al mismo tiempo sé que dices: no busques la continuación, no la hay. No, ya no estamos frente al mar. Ahora estamos en la primera línea de combate, listos para caer rápidamente. El amor no es nunca solo el amor porque el amor no contiene en sí mismo la necesidad de una causa o un fin. ¿Adónde va todo cuando sale de nosotros?

Soy como ese niño intentando reparar un artefacto roto para siempre, mientras la voz de una mujer que ya no existe y nadie oye, recita con voz tímida: “Vamos, tú y yo, a la hora en que la tarde se extiende sobre el cielo como un paciente adormecido sobre la mesa por el éter”.

No sé hacer nada y te pido que me ames. Enero es un mes bellísimo para destruir la voluntad de un hombre.

 

Foto: El incomprendido (fotograma)Luigi Comencini, 1966

3 Comentarios

  1. soledad fariña dice:

    ¿Adónde va todo cuando sale de nosotros?, buena pregunta, Oscar. Yo creo que va donde es recibido, lo demás se pierde, o se transforma en neblina, en palabras de otros, al final, en nada. Por eso hay esplendor cuando alguien o algo recibe lo que sale de nosotros

  2. Nydia Pando dice:

    Joder. ¡Joder!

    Qué me has hecho: has rascado con las uñas largas que has olvidado cortar desde el comienzo del mes mis propias heridas. Cierro los ojos y los aprieto para poder explicarte lo que me has hecho, pero no quiero ser yo la que rasque ahora lo que, cercado con una tira amarilla dice “Peligro: zona de olvido”. Siento una comezón descomunal en esa zona. Ay, no, no, no.

  3. MC dice:

    porlaputa que triste, que triste.

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