Revista Intemperie

Santiago a mil: acceso al negocio de la cultura (festival sin cuotas, sin pie y sin intereses)

Por: Felipe Valdivia
stgo a mil

Felipe Valdivia revisa la historia de Santiago a Mil, y cuestiona su creciente transformación en un producto de marketing más que una alternativa de acceso al teatro

 

Enero es el mes en el que de forma más probable se desarrollan con mayor frecuencia actividades culturales en el país, aunque principalmente –y como señal de centralismo majadero– en nuestra capital. Festivales de música, de cine, de danza, de teatro y de literatura, entre otros, son parte de la postal que concentra el movimiento en la capital y que provoca que un séquito repentino de sedientos culturales, se dispute los tickets para consumir algo de cultura, aprovechando que en el verano –se supone– existe más tiempo para asistir a este tipo de actividades, en comparación al resto del año en el que también se realizan muy buenos espectáculos, pero que por alguna razón que debiésemos explicar socialmente más adelante no son aprovechados como deberían.

En efecto, la agenda cultural durante todo el mes de enero es la que impone el Festival Internacional Santiago a Mil, que este 2014 cumple 20 años de existencia y que asoma como la principal –si no, la única– instancia que pautea las actividades de cultura y arte, con una tremenda, aparatosa y envidiable difusión en los medios de comunicación.

Lo que comenzó como un tímido proyecto de muestras de obras de teatro a precios que bordeaban escasos pesos (mucho menos de lo que en esos tiempos uno pagaba habitualmente por asistir a un espectáculo de cultura), con el tiempo cobró relevancia no sólo mediática, sino que también monetaria. Hoy estamos frente a una industria bajo el alero del nombre y el funcionamiento de una “fundación”.

En su primer año de existencia –por allá por 1994–, el Festival Teatro a Mil presentó cinco obras de teatro, a cargo de las compañía Teatro la Memoria, La Troppa y Teatro del Silencio, en escenarios precarios y muchas veces improvisados, porque a fin de cuentas el objetivo del encuentro era permitir el  acceso a la comunidad que durante el año no se acercaba a este tipo de espectáculos, dado lo costoso y lo ajeno que se encontraba a este tipo de instancias. No debemos olvidar tampoco que a mediados de los noventa todavía nos encontrábamos recuperándonos de la dictadura que nos apagó culturalmente durante más de 20 años, por lo que las políticas a favor de esta área eran inexistentes hasta ese momento. De ahí el nombre del festival; en realidad la idea era que el movimiento de quienes trabajaban en pos de la cultura, por esos días lo hacían “a mil por hora”, una expresión típicamente chilena que alude a moverse rápida y agitado. De todas formas, sus precios eran bastante accesibles a todo tipo de público.

Como la primera versión fue todo un éxito (no podemos olvidar la escasa difusión y apoyo que tuvieron las organizadoras), al año siguiente decidieron realizarlo otra vez, aunque en esa ocasión aumentaron, poco a poco, su presencia, los espectáculos y la difusión.

A mediados de los ’90 esta iniciativa era toda una novedad, considerando que nuestra democracia recién se estaba afirmando y el apoyo estatal a las artes y la cultura era muy escaso. Sin embargo, con el transcurso de los años el Festival Santiago a Mil se convirtió en una fundación, cuyo nombre en la actualidad es el Festival Internacional Santiago a Mil. Los escenarios, los espectáculos, los organizadores aumentaron; los precios también. Y su objetivo principal que era dar acceso a la gente que no se acercaba a la cultura por lo caro de los precios, se alejó mucho más, perdiéndose para siempre la oportunidad de abrir el espectro de público para consumir teatro, danza y música.

Pareciera que todo se fue a las pailas, en el momento en el que otros actores comenzaron a inmiscuirse en el asunto. Reconocido estatalmente como fundación en 2004, el proyecto original cambió su rumbo, se estableció un directorio y empezó a tomar forma de lo que hoy conocemos como Festival Internacional Santiago a Mil. No podríamos afirmarlo con certeza, pero sí tenemos el derecho a especular que el Estado, a través del Consejo Nacional de la Cultura y de las Artes, que auspicia este importante encuentro, quisiera y necesitara controlar los contenidos de las obras y espectáculos que se van a presentan durante el mes de duración. De otra forma no se explicaría que sea un directorio el ente que decide qué espectáculos de danza, teatro y música se presenten a precios desorbitantes que simplemente no se encuentran al alcance de la mayoría de los chilenos.

Lo que originalmente era un hermoso proyecto se transformó en una maquinaria e industria que presenta espectáculos para aquellas personas que pueden pagar entre 8 mil y 30 mil pesos por espectáculos. Nadie, en ese sentido, podría cuestionar la calidad de éstos (sería totalmente injusto e injustificado), pero el Estado, al parecer, se conformó con dar por concluido el período de la transición y asumió que como país ya estábamos maduros para pagar altos precios por ver una obra de teatro internacional. A eso, sumemos las facilidades de pago con la que nos seducen, como las famosas tres cuotas precio contado y los abonos cancelados con tarjetas de crédito, sin pie y sin intereses. Una verdadera industria del arte y la cultura.

Atrás quedó ese público más humilde que aplaudía con vehemencia junto a sus hijos al terminar la obra de teatro, los bailes de danza o el concierto veraniego, porque para ellos 8 mil, 12 mil, 20 mil pesos, tienen otra importancia para su vida y no la de perder el tiempo en arte y cultura. Se anhelan iniciativas tan hermosas y emprendedoras como la de las compañías jóvenes, de artistas que realmente quieren trasladar teatro, danza y música a las poblaciones para que este asunto sea transversal y no unos pocos –los que habitualmente pueden pagar esas cifras considerables– puedan disfrutarlas.

Punto aparte para analizar la excesiva concentración de actividades artísticas y culturales durante enero y su amplia difusión. Me pregunto qué pasa el resto del año, por qué hay tanto eco en abril y mayo sobre las obras de teatro, de danza y de música.

Entonces tenemos que los shows gratuitos que se realizan en la calle son los más populares, los que congregan a un gran marco de público provenientes de distintos lugares de la ciudad, porque el pueblo pide a gritos ser saciados de cultura, disfrutar de estos espectáculos en familia, tomarse las calles, como se hacía originalmente, cuando no existían ni las cuotas, ni los abonos ni los elevados precios como derecho a consumir cultura.

 

Foto: Stgo a Mil

4 Comentarios

  1. Francisco dice:

    Se nota que el señor Valdivia hizo la nota sentado en su escritorio, sin siquiera moverse de él para averiguar, mostrar y resaltar sólo las partes que servían para su indiscriminadamente subjetivo escrito.

    Si bien hay cierta realidad en lo que señala, sobre todo a partir del punto de la “industrialización” de la cultura (¿qué tópico de la vida nos queda sin este afecto?), incluso a nivel mundial, hay que ver el trabajo que hay detrás a nivel específico, cosas que no se averiguan por internet.

    Correpondería que sus críticas fueran fundamentadas con el otro lado de la moneda, como son las muestras gratuitas realizadas en varias comunas – sobre todo de bajos recursos – de la capital. muchas de las cuales se trabajan directamente con organizaciones locales.

    El problema del periodismo es que cree tener la absoluta razón, sin siquiera darse el trabajo de hacer investigaciones exhaustivas acerca de lo que se está escribiendo, además de siempre presentar solo un lado de la cancha. La objetividad absoluta no existe, pero trate de acercase a ella, si pretende informar con altura de miras y sentido común.

  2. cesar dice:

    Es verdad. Me acuerdo las veces que ha venido La Pequeña Gigante y, como es gratuito y muy masivo, las calles se llenaron de familias enteras disfrutando el espectáculo. Todo, sin pagar un peso. Ansiamos cultura gratuita, no comercial!

  3. rebeca dice:

    es verdad cuando se inicio teatro a mil que era a mil y la mayoría gratis fui mucho al teatro ahora es la feria de una semana y cuando se es jubilada es muuuucha plata.

  4. Maria dice:

    Lo que justifica que Carmen Romero y sus secuases se hagan ricos con Teatro a mil son estas muestras para “Comunas vulnerables”, asi que no es un efecto de la filantropia señores, es la “retribucion” que entrega la Fundación Teatro a Mil a cambio de las donaciones que reciben a través de la Ley de Donaciones.
    No se dejen engañar, por muy bueno que sea que se realicen obras de teatro en nuestros territorios locales, eso no elevará la valoración del populo de su propio patromonio cultural, y posiblemente servirá (como en Pedro Aguirre Cerda), sólo para justificar la mediocre gestión del Departamento de Cultura, que se cuelga de esta actividad una vez al año y luego descanza en un par de fiestas masivas.
    La cultura no se defiende con espectáculos, no trayendo cosas de afuera como si fuesemos estupidos que deben educarse, no se hace con un par de talleres que nacen y mueren. La cultura local la hacemos todos nosotros y todos nosotros la debemos mantener, la debemos valorar como nos valoramos a nosotros mismos y por esto la debemos defender.
    Basta de mediocridad, basta de escudarse en COMPRAR un SHOW y creer que con eso se eleva la cultura del país.

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