Revista Intemperie

La pierna de Rimbaud

Por: Nicolás Cruz Valdivieso
la pierna de rimbaud - francisca yanez

 

En 1891, Arthur Rimbaud volvió a Francia, después de largos años en África tratando de hacer fortuna como comerciante e incluso como traficante de esclavos. Gravemente enfermo, en el hospital de Marsella se vieron obligados a amputarle una pierna, pero el poeta de todas formas falleció pocas semanas después. Arbitrariamente basado en este hecho simbólico de la literatura, este cuento pone en escena un par de borrachines vagabundos que se disputan un curioso trofeo literario. Con este relato delirante de Nicolás Cruz, ilustrado por Francisca Yáñez, inauguramos en Intemperie nuestra sección de creación literaria. 

 

El mes de Mayo de 1891, un vagabundo llamado Gerard halló una pierna carcomida por la gangrena entre los cubos de basura de un hospital del puerto de Marsella. Maravillado ante el insólito hallazgo se quitó el largo abrigo con que se protegía en las noches a la intemperie, envolvió con el la pierna y se encaminó hacia la habitación que alquilaba, una de las cientos de ratoneras en que se dividían las buhardillas de los edificios de la ciudad.

Al llegar bebió la última copa de vino que quedaba en la garrafa, encendió su pipa y apoyó la pierna contra la pared, observándola detenidamente bajo la luz de las velas. De la observación de la extremidad sacó seis conclusiones que, a falta de pluma, garabateó con el corcho quemado del tapón de la garrafa sobre un periódico viejo.

1) Sin duda se trata de una pierna derecha pues los dedos del pie van creciendo de derecha a izquierda de menor a mayor tamaño, como suele suceder en los pies de dichas piernas.

2) La pierna tiene vello y una musculatura masculina.

3) La pierna ha sido cortada casi de raíz, a unos veinte o veinte y cinco centímetros sobre la rodilla.

4) Esta pierna derecha ahora me pertenece a mí: lo que la calle da, nadie tiene derecho a quitarlo.

5) Debo hacer algo cuanto antes para salvar a la pierna de la descomposición.

6) Necesito un trago con urgencia.

Se aseguró de que la llave de la puerta estuviese echada para evitar que la dueña de la pensión entrase a husmear y llamara a la policía, o muriera de un infarto al encontrarse de golpe con esa extremidad arrancada que descansaba apoyada contra la pared. Gerard salió en busca de una nueva botella de vino y de Michel, un compañero de copas y andanzas que vivía a unas calles de distancia y podía ayudarlo a decidir los pasos a seguir con el extraño hallazgo.

Una vez frente a la pierna, Michel le dijo que cuatro de las seis conclusiones eran incuestionables. Que la sexta podía ser solucionada rápidamente con la ayuda de un descorchador; que en el cuarto punto no estaba de acuerdo ya que, en su opinión, nada pertenecía a nadie, ni siquiera las propias piernas, pero que si el hombre no la había reclamado luego de haberle sido amputada, y él la había hallado en un basurero le parecía justo que la conservase. No conforme con eso, Michel aportó una séptima y octava conclusión, que luego de pasar el corcho por la llama, grabó en carbón sobre el periódico.

7) La pierna perteneció a un vagabundo.

8) La pierna fue cortada en las últimas 48 horas.

Mientras Gerard descorchaba la botella y le daba un largo sorbo, Michel le explicó que todas las evidencias estaban ahí. Tomando la pierna y acercándola a sus ojos le mostró las callosidades en la planta del pie, la corteza de hongos que las rodeaban, las uñas roídas y ennegrecidas por la humedad, la piel curtida por el sol y las noches a la intemperie.

—No sólo es un vagabundo —dijo con un gesto que a Gerard le pareció serio y enigmático a la vez,—Es un vagabundo que pasó largos años en el otro continente.

—¿África? —preguntó Gerard, sintiendo las tripas contraerse y su espíritu animarse al contacto con el vino barato.

—Exactamente. Y por lo visto volvió no hace mucho —dijo Michel indicando la geografía de la pierna. Pasó la yema de los dedos suavemente por las cientos de picaduras y marcas que ambos observaban e indicó las más antiguas que tenían tonos más claros dentro de la piel, y las relativamente nuevas que tenían relieve.

—Son las medallas del errante —concluyó levantando su botella.

—Si es así, era un general —contestó Gerard y chocó emocionado su botella con la de Michel.

En las siguientes horas continuaron bebiendo e intentando visualizar al hombre que había poseído la pierna. A medida que la noche avanzaba fueron convenciéndose de que el anterior dueño debía de haber sido un gran hombre, en caso de que las cosas en la operación hubiesen salido mal, o continuaría siendo un gran hombre, si la amputación de esa pierna había conseguido detener a tiempo la gangrena que mostraba la extremidad.

Cuando se acabaron la última botella cayeron en la cuenta de que si no hacían algo pronto todas las andanzas, desdichas, aventuras y miserias, junto a todos los amaneceres en tierras africanas y zarpes desde el puerto de Marsella vividos por esa pierna arrancada llegarían irremediablemente a su fin, se esfumarían en la descomposición de la carne.

Miró el fondo vacío de la botella, Michel dijo que creía saber quién podía ayudarlos. Antes de salir, Gerard escribió sobre el reverso del antiguo diario dos simples instrucciones y lo metió enrollado en su bolsillo.

1) Salvar la pierna.

2) Conseguir vino.

Al detenerse frente al viejo portal Michel le dijo que esperara mientras conversaba con su amigo y averiguaban qué solución podían darle al asunto. Gerard le observó en silencio mientras sostenía entre sus brazos el chaquetón bajo el que escondía la pierna.

—La necesito —le dijo Michel y extendió los brazos. Gerard le entregó la pierna a regañadientes, con la suavidad con que habría entregado a un recién nacido y vio desaparecer a Michel escaleras arriba.

Unos minutos después oyó un silbido desde las alturas y al levantar la vista se encontró con la cabeza de Michel, que lo llamaba desde una de las ventanas del cuarto piso.

Al entrar en la sala tuvo la impresión de que todos los integrantes del bosque estaban ahí reunidos, en el último refugio que tenían en Marsella. Se echó sobre un sillón y fue hundiéndose bajo el peso de la mirada de todos esos animales, de las cabezas de ciervos, venados, de las decenas de aves de todos los tamaños y colores que estaban atrapadas con las alas extendidas en mitad del vuelo. De animales que a sus ojos parecían pequeños roedores, medianos roedores y enormes roedores con cuernos cortos que clavaban sus ojos estáticos en él. Para olvidar su presencia fijó la vista en una placa grabada de metal que adornaba una de las paredes, estaba rodeada por cuatro cabezas de felinos que hacían el gesto mudo de gruñir. La placa anunciaba en grandes letras: «Benoit Saintard, taxidermista». Se hundió en el sillón y se preguntó si la sensación de mareo que le invadía era producto del fuerte olor del lugar, del vino, o de lo complicado de la palabra que seguía al apellido Saintard. Bostezando vio las letras bailar frente sus ojos y deformarse hasta perder consistencia. Antes de darse cuenta roncaba estirado sobre el sillón.

Lo primero que vio al abrir los ojos fue a Michel sonriente, acompañado por un anciano de aspecto sucio que fumaba una larga pipa de madera.

—Digámoslo en palabras simples, mi amigo —arremetió el anciano dando largas chupadas a la pipa—. La taxidermia comprende básicamente la separación de la piel y el montaje de la pieza. La primera consiste en desollar al animal y limpiar la piel, a la que se aplica una sustancia a base de arsénico para evitar que se corrompa. El montaje consiste en rellenar la piel con estopa, algodón o aserrín, sobre un armazón de alambre que sostiene interiormente todas las partes y sirve para mantener al animal sobre un soporte. Ahora reemplace todas las veces que dije la palabra animal por la palabra pierna y se hará una idea de lo debemos hacer si pretendemos salvar su pierna… o sea, la pierna. ¿Entiende?

Gerard negó con la cabeza mirando alternativamente a Michel y al taxidermista, y un poco más allá, a las cabezas de los animales que seguían observándolo fijamente desde las alturas.

—Volvamos a hablar claramente, mi amigo. Nunca en mi vida he hecho algo parecido y, si ve el estado de la pierna dudo de que el resultado sea óptimo ya que gran parte de la piel está dañada —dijo el anciano pasando una larga uña por la pierna. Por un segundo Gerard sintió una cosquilla recorrerle la pierna derecha—. Por lo que tenemos dos opciones, o se olvida de la pierna y la devuelve al basurero donde la encontró, o salvamos lo poco que queda de ella.

—Haga lo que sea necesario para salvarla —dijo Gerard mirando fijamente al anciano.

—Aunque le aviso que será costoso, ya que toda la piel que debo quitar a la pierna debe ser reemplazada con otros materiales.

—Haga lo que sea necesario para salvarla —repitió Gerard poniéndose de pie y estrechando la mano al anciano.

Al salir del edificio no fue necesario mirar la lista, su cuerpo fue el encargado de avisarle que necesitaba vino. Decidió tomar el camino largo hacia su habitación para respirar un poco de aire fresco y tratar de olvidar que no tenía dinero ni para pagar al taxidermista, ni para más vino. Turbado por estos pensamientos extravió el rumbo en algún punto del trayecto y, cuando salió de sus pensamientos, se dio cuenta de que estaba perdido. Mientras intentaba encontrar el camino un pequeño bulto en la distancia llamó su atención. Incrédulo, se acercó hasta estar a centímetros de él. Al moverlo con el pie pensó que estaba soñando, que aún se encontraba en esa habitación de paredes cubiertas por animales y que en cualquier momento se despertaría. Volvió a mover la bolsita de cuero con la punta del zapato y el sonido de las monedas le sobresaltó. Se agachó cautelosamente, miró hacia ambos lados de la calle y, al abrir la bolsita, se dio cuenta de que dentro de ella descansaba una cantidad de monedas suficiente para pagar a Saintard y beber cuanto vino quisiera. En ese momento, bajo la luz de los faroles de la medianoche, creyó que no había sido el azar el que lo había llevado hasta esos cubos de basura a las afueras del hospital, sino el destino. El mismo que le había hecho torcer el rumbo por calles desconocidas y le había puesto frente a la bolsa con dinero.

Cuando recogió la pierna, lo primero que llamó la atención de Gerard fue lo liviana que era. Lo segundo, los injertos de piel de cerdo que reemplazaban la piel necrosada.

—Un trabajo de joyería, mi amigo. Ni aunque su dueño la tuviese enfrente sería capaz de reconocerla —dijo el taxidermista observando con gesto satisfecho su obra.

Gerard observó las costuras que unían la piel de cerdo a la piel humana, envolvió la pierna en la chaqueta y pagó al anciano.

—Déjeme preguntarle una cosa, amigo —dijo el anciano, acompañándolo hasta la puerta—. ¿Es un gran amuleto de la suerte?

Esa noche, después de recostarse sobre el colchón roído que adornaba una esquina de la habitación, Gerard se vio a sí mismo zarpando del puerto de Marsella en un barco carguero, acompañado de un hombre de rizos rojizos y ojos azules, cuya pierna tenía injertos de piel de cerdo. Se vio vagando junto a él por calles de ciudades desconocidas, buscando alimento en gigantescos campos cubiertos de basura con palomas y buitres sobrevolando sus cabezas, durmiendo bajo un puente a las orillas de un río en el que se reflejaban la luz de los faroles y flotaban formas oscuras que parecían ser cuerpos. Se vio a sí mismo desatornillarse una pierna y entregarla, con gesto solemne, al hombre que le observaba con una sonrisa en medio de un rostro en el que se fundían el niño que un día había sido y el anciano que emergía prematuramente entre sus rasgos. Vio al hombre desatornillándose la pierna con injertos y entregársela.

Al despertar, con las imágenes del sueño aún frescas en el interior de los párpados, envolvió la pierna y las pocas pertenencias que tenía en el chaquetón y lo anudó todo con un trozo de cuerda. Asomó cada tanto la cabeza por la puerta, esperó a que no hubiese nadie a la vista, y echó a correr escalera abajo dejando atrás la buhardilla. Recobró la respiración en una esquina, escribió con grandes letras sobre el diario.

1) No volver a la pensión de la Sra. Polain.

Siguió su camino hacia la habitación de Michel sacudiéndose la culpa, sabiendo que en los tiempos venideros necesitaría esas monedas más que la Señora Polain.

—Me niego a perder una pierna sin haber conocido más que las calles de este maldito puerto —fue lo primero que le dijo a Michel apenas éste le abrió la puerta. —¿Que pierna? —preguntó Michel, aún confundido por el sueño.

—Esta pierna —respondió Gerard golpeándose con fuerza la pierna derecha—. O esta otra —insistió, golpeándose la pierna izquierda con excitación—. Cualquiera de las dos.

—¿Por qué tendrías que perder una pierna? Una pierna no es cualquier cosa, para perderla así como así.

—Uno nunca sabe lo que puede pasar mañana. Supongo que él nunca pensó que perdería la suya.

—¿Y eso? —preguntó Michel, mirando el chaquetón a los pies de Gerard.

—Ya te lo dije, no pienso perder una pierna sin haber conocido más que estas calles.

—¿Adonde quieres ir? —dijo Michel divertido volviéndose a meter en la cama y a abrazar a la almohada.

—A cualquier parte —respondió Gerard caminando en círculos por la pieza—. Nadie nos va a extrañar. La ciudad no nos va a extrañar. —¿Y has pensado que haríamos fuera de Marsella?

—Lo mismo que aquí. En todos lados hay basureros donde encontrar comida y cielo bajo el que dormir. —¿Te parece una buena razón para partir?

—Una razón más que suficiente. Al menos él conoció África —dijo Gerard mirando el chaquetón y a Michel con gesto decidido.

—Con una condición. Si vamos a viajar tenemos que hacerlo sin mapa de ruta —dijo Michel. Y señaló con su dedo huesudo la punta del diario que asomaba en el bolsillo del chaquetón de Gerard.

—Me parece una condición justa —respondió rompiendo el diario en pedazos y lanzándolo a los pies de la cama.

—Toma —dijo Michel lanzándole un largo morral que guardaba bajo la cama —. No puedes andar por ahí con una pierna envuelta en eso.

Unas horas después, cuando dejaban atrás las últimas casas, Gerard tuvo la impresión de que estaba iniciando un viaje que ya había realizado, que esa primera hilera de árboles que separaba la ciudad del campo ya la había cruzado con anterioridad. Tuvo también la certeza de que una vez que traspasara la línea que separaba la ciudad de lo desconocido ya no habría vuelta atrás. Apretando el morral contra el pecho caminó hasta ver que más allá de la cortina de árboles el campo se ofrecía con todo su esplendor.

Esa primera noche, luego de dormir sobre los fardos de paja de un granero abandonado, Gerard volvió a ver en sueños al hombre de los rizos rojos. Lo vio más joven que en el sueño anterior, adolescente y desnudo. Estaba sobre un colchón, entrelazado con un hombre mayor con barba que le observaba con ternura y deseo en la mirada. Vio al hombre mayor liberarse con delicadeza del abrazo, levantarse de la cama y acercarse en punta de pie hasta un atril donde había un gran lienzo en blanco sin perder de vista al adolescente. Vio al hombre tomar un pincel que tenía la punta untada en pintura roja. Observó las formas del pincel mutar lentamente hasta convertirse en una alargada pistola cuando se percató de que la gota que colgaba de la punta del revólver no era pintura, era sangre. Vio al hombre dirigir el arma hacia el cuerpo inerte del joven. Cuando el dedo se cerraba en torno al gatillo un leve ruido hizo a Gerard abrir los ojos y, con horror, se vio enfrentado al hombre de barba que, con una sonrisa en el rostro, se aprestaba a disparar sobre su cuerpo desnudo. Se preguntó que sentido tenía la segunda visita del hombre a través de sus sueños.

En los siguientes meses recorrieron sin timón los alrededores de Marsella guiados únicamente por sus brújulas internas. Escogían la ruta a seguir por premoniciones, que discutían acaloradamente junto al fuego, o por los nombres de los pueblos que mejor les sonaban al oído. Al entrar en cada uno de los pueblos y ciudades Gerard experimentó una extraña sensación de familiaridad, de estar viendo lugares por los que ya había deambulado, como si esas tierras que se abrían paso ante sus ojos ya estuvieran grabadas en su retina y memoria desde un tiempo que no conseguía recordar.

Durante las noches, con los ronquidos monótonos de Michel de fondo, pensaba en las palabras del taxidermista y se preguntaba si realmente esa pierna había llegado a su vida para cambiarle la suerte.

En su peregrinar Michel y Gerard se enfrentaron a la gigantesca Arena de Nimes, hipnotizados por el eco de voces que creyeron oír a través de las decenas de puertas, de los arcos que conformaban sus gigantescos muros; en las costas cercanas a Montpellier creyeron divisar en la línea del horizonte la sombra de un barco pirata, que se diluyó antes de que sus ojos fuesen capaces de dar crédito a lo que veían; se sentaron a beber una botella de vino entre la bruma del amanecer del puerto de Niza, rodeados por las embarcaciones de velas infladas por el viento; fueron robados por dos niños cuando se detuvieron a orillas del río Rodano y se echaron a descansar desnudos después de lavar la ropa. Sólo se salvó el morral, y fue porque Gerard dormía junto a él la improvisada siesta. Al despertar sólo vieron los cuerpos famélicos de los niños que se alejaban a la carrera y, unas horas después, vestidos con las harapientas vestimentas que obtuvieron de manos de un campesino a cambio de unas monedas, se sorprendieron que ese mismo río fuese el que atravesaba la ciudad de Avignón.

A finales de Octubre de 1891, en un cruce de caminos a las afueras del puerto de Marsella, Michel y Gerard fueron al encuentro que cambiaría para siempre sus vidas. Desde la distancia vieron un carruaje acercarse a gran velocidad, los caballos corrían desbocados y devoraban encegados las distancias. Las ruedas chirriaban y levantaban junto a los cascos una gran polvareda. Los gritos ahogados salían desde la cabina. Detuvieron su marcha y se hicieron a un lado del camino, vieron que el carruaje se ladeaba y que dos de sus ruedas quedaban suspendidas en el aire. Vieron al conductor soltar las riendas y hacerse un ovillo dejando al vehículo sin gobierno, entregado a su suerte. Hipnotizados observaron a la carroza avanzar y, al posarse las ruedas de nuevo sobre la tierra, el carruaje salió despedido del camino justo hacia ellos. Estupefactos, fueron incapaces de moverse, sólo atinaron a abrazarse en espera del impacto. Pero, cuando ya veían los cuerpos negros de los caballos sobre ellos, la carroza corrigió milagrosamente el rumbo y pasó a unos centímetros de ellos.

Mientras la carroza se perdía en dirección a Marsella y ellos recuperaban la respiración aún abrazados en medio de la nube de polvo vieron, a medida que el aire se disipaba, que de ella emergían los contornos de un hombre que caminaba a paso lento ayudado por una muleta de madera. Antes de que la polvareda se evaporase del todo, Gerard supo que esa silueta sin rostro que se abría paso a través de la cortina de tierra como una aparición, era el hombre que poblaba sus sueños desde el día que habían dejado atrás la ciudad.

—Ni siquiera se habrían molestado en limpiar la sangre de los cascos —dijo el hombre con rostro serio, clavando sus ojos en los de Gerard que, apretando el morral contra su pecho, fue incapaz de contestar.

—Qué manera estúpida de morir habría sido esa —dijo Michel soltando un suspiro.

—Quizás una muerte estúpida sea la consecuencia lógica de una existencia estúpida —dijo el hombre, con los ojos aún clavados en los de Gerard. En esa mirada, colmada de azul, se enfrentó a fragmentos de la vida del hombre. Supo del éxodo del hombre desde su pueblo natal cuando era sólo un adolescente. Vio el cuerpo pálido retorcerse al ser forzado por uno, por dos, por tres soldados, sucesivamente, y sintió la misma fascinada repulsión que el joven al tiempo que los soldados entraban y salían de él uno tras otro, desgarrándolo, y vaciándose en su interior. Vio el vino correr cual sangre derramada sobre las mesas de las tabernas, el humo del hachís llenando el aire, la noche eterna en las calles de París reflejada en el espejo en que se habían vuelto los globos oculares del hombre. Vio al pintor de barba levantar el arma contra el joven y descargarla sobre su mano en una estación de trenes, y sintió una embestida de dolor en su mano derecha, como si el acero desgarrase también los tejidos y carne de su mano. Vio esa misma mano vendada deslizando la pluma sobre el papel, llenando pliegos que le parecieron escritos en sangre y pólvora. Vio cientos de cuernos de marfil llenando una carreta que se perdía en tierras africanas. Antes de cerrar los ojos y caer desmayado, incapaz de resistir el ardor que la mirada provocaba en sus ojos, vio los dientes afilados de un serrucho cortando la carne y la sangre brotando a borbotones y supo que el amputado no sólo era el hombre que habitaba sus sueños, sino también el dueño de la pierna con la que cargaba hace casi cinco meses.

Las semanas siguientes Michel y Gerard continuaron su caminar por pueblos y ciudades, pero algo había cambiado. Algo que hacía que el mismo pan rancio que antes llevaban a sus bocas sin problemas ahora les produjera náuseas, que los caminos donde habían dormido profundamente les parecieran infinitamente más duros bajo las espaldas, que ya no levantaran los ojos del suelo y no se dirigieran la palabra durante horas en su caminar, sintiendo que lo que los rodeaba era parte de un sueño que había durado más tiempo del debido. Algo que no sabían de que forma nombrar se había desprendido de ellos esa lejana mañana, mientras el vagabundo amputado se perdía con ayuda de su muleta en dirección a Marsella.

Una noche, sentado frente al fuego, Michel dijo las palabras que, desde hacía semanas, rondaban por la cabeza de ambos.

—Ya podemos volver, ¿no? Ya vimos lo que teníamos que ver y anduvimos lo que teníamos que andar.

—Ya podemos volver —respondió Gerard con los ojos clavados en el fuego—. Pero antes tenemos que hacer una última cosa.

Se quedaron en silencio con la vista clavada en el fuego hasta que las llamas se volvieron brasas y luego ceniza. Cuando el amanecer despuntaba más allá de las montañas cavaron una pequeña tumba de sesenta centímetros de largo, treinta de ancho y cuarenta de profundidad. Allí enterraron la pierna. Una vez que la labor estuvo cumplida Gerard miró a los ojos a Michel. —Por el gran vagabundo —dijo Gerard solemnemente.

—Por el gran vagabundo —respondió Michel, vertiendo lo que quedaba de la botella de vino sobre la tierra húmeda de la tumba.

Bajo las primeras luces del amanecer del 10 de Noviembre de 1891 emprendieron el regreso a Marsella sin saber que, en ese mismo instante, en una sala común del Hospital de la Concepción, el gran vagabundo abrazaba la muerte bajo la caricia de su hermana, única testigo y compañera en su última hora.

 

Nicolás Cruz  Valdivieso (Chile, 1981), escritor y guionista, Licenciado en Literatura Creativa y con estudios de guión en la ciudad de Buenos Aires, autor del volumen No le debo nada a Bolaño y otros cuentos (Editorial Foc, 2012). El 2012 su cuento “No le debo nada a Bolaño” obtuvo el 1er Premio del Concurso Animita Cartonera, y ha obtenido también reconocimientos en el concurso de cuentos Premio Juegos Literarios Gabriela Mistral (año 2006) y en el Certamen Hispanoamericano de relatos Letra Turbia 2011 de España.

 

Ilustración: Francisca Yáñez

 

Artículo publicado originalmente el 05/01/2014

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