Revista Intemperie

Esclavitud y suicidio detrás del capitalismo

Por: Chico Jarpo
foxconn

Artículo publicado originalmente el 05/01/2014

 

1. No es de extrañar que en las recién pasadas navidades se haya producido una mengua considerable de la sonajera de niños en las calles. El motivo: las ruedas de los patines raspando el pavimento han sido reemplazadas por los destellos iridiscentes de una pantalla. No pasará mucho tiempo antes de que la tecnología le aseste el golpe final a la bicicleta, y ésta se desangre  en estertores metálicos en las bermas de San Diego.

2. Foxconn es una empresa de origen taiwanés, pero cuyas filiales se encuentran en su gran mayoría repartidas en territorio chino (otra postal de los flujos transnacionales). Habilidosa para mantener un bajo perfil dentro del mundo empresarial, pese fabricar y ensamblar para gigantes como Apple, Microsoft, Sony, Dell, es decir, iPads, iPhones, Xbox, Playstation, Kindle, etc. (los números impresionan, se dice que Foxconn acapara el 40% de la producción electrónica a nivel mundial) comenzó a ser conocida a partir del 2010 y no precisamente por sus sorprendentes réditos.

Ese año se inició un inusual registro de suicidios. Uno tras otro los  empleados de la multinacional tragaban por última vez la caliginosa angustia con que los suicidas hacen buche antes de saltar, y se precipitaban desde los últimos pisos de los edificios de la compañía. El escándalo sacó a la luz las deplorables condiciones laborales que mantenía la empresa: jornadas laborales de 60 horas semanales, rutinas de trabajo monótonas, malos tratos, etc.

A partir de ahí las medidas que se adoptaron resultan cruelmente risibles: mallas extendidas en las plantas bajas para que los trabajadores no se azoten contra el pavimento y anexos de cláusulas contractuales donde se estipula el compromiso de los trabajadores a no suicidarse en las dependencias de la empresa.

Su mayor sucursal ubicada en Shenzhen es un recinto amurallado denominado Foxconncity. Ahí reside parte importante de su planilla de empleados. Al interior de esta ciudadela existen supermercados, hospitales, bancos, restaurantes, y su propia cadena de televisión. Parece ser que en pleno siglo XXI la pulpería ha regresado con grotesca mueca de capataz a dirigir con renovados bríos la fábrica trasnacional.

El capitalismo, a diferencia de lo que sus apologistas propugnan, sólo es capaz de innovar sus estratagemas de explotación, que es a fin de cuentas, el único principio que obedece. Cualquier otra medra en términos de bienestar social o es una cándida ilusión o una perniciosa mentira.

3. Se desgarran los papeles de regalo con dedos ansiosos. Jirones de esmerados cambuchos se acumulan en el suelo.  Emergen espléndidos artilugios electrónicos: pantallas, palancas, botones, carcasas.

La calilla es como el pan de pascua,  a casi nadie le gusta, pero todos tienen una.

4. En el libro del intelectual caribeño C. L. R. James Los jacobinos negros, que relata la hazaña que significó la revolución haitiana, conducida por ex esclavos, se consigna cómo las masas de ciudadanos franceses salieron a la calle a proclamar la abolición de la esclavitud apenas comenzaron a recibir información de las paupérrimas condiciones en que se encontraban los afrodescendientes en las colonias. De modo similar, durante el periodo más feroz e infame del apartheid se produjeron importantes movimientos globales que llamaban a boicotear económicamente los productos provenientes de Sudáfrica.

5. El sol pincha las molleras. La gente se apila sobre un disco de sombra que a medida que pasa la mañana va disminuyendo su radio. Al otro lado de la puerta el guardia se pasea en actitud felina. Cada vez que pasa cerca del umbral las personas se apretujan hacia adelante. En algún lugar indescifrable del tumulto un niño se larga a llorar. Una al lado de otra la gente mira hacia adelante como si viese un altar, una pegada a la otra, miran al frente como hacia un estrado. Parecen palitos de fósforo esperando que un fuego los consuma. Finalmente el mall abre sus puertas.

Los noticieros dedican por lo menos veinte minutos a reportear las novedades navideñas. Entrevistan a los gerentes generales de las cosas comerciales. Con una sonrisa corcheteada a los pómulos mascullan afiebrados monólogos de temporada. Dicen: modelos, marcas, novedades, aplicaciones. Nadie a ciencia cierta podría determinar exactamente cuándo termina la franja comercial y empieza el informativo.

Los niños prenden sus equipos. Desjarretan la carátula plástica. Toman el disco. Insertan el juego. Toman la palanca. La cadena de montaje se detiene. Los trabajadores insertan la pieza correspondiente. Vuelven a poner sus brazos en posición de espera. Esperan. Pulsan el botón. Eligen un personaje.  No conocen bien el juego. A poco andar pierden. Se concentran. No es fácil dominarlo. Avanzan otro poco, pero mueren. Tiene otra vida. Pero vuelven a morir. Otro empleado de Foxconn levanta la cabeza de la cinta transportadora y descubre en el cielo despejado el dulce vértigo del silencio,  la promesa de unas sosegadas tinieblas.

 

Foto: edificio rodeado de mallas de seguridad en la “ciudad” Foxconn de Shenzhen, China (Forbes Conrad/Bloomberg)

 

Artículo publicado originalmente el 05/01/2014

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