Revista Intemperie

Las loquillas aventuras de una chica bien

Por: José Ignacio Silva A.
tesoros perdidos

José Ignacio Silva comenta la última entrega de Leo Marcazzolo, un texto al que la ausencia de editor le juega una mala pasada

 

En un rubro donde los egos inflados, las victimizaciones iracundas y una literatura complaciente y pagada de sí misma están a la orden del día, no deja de ser sano que haya escritores que opten por dejar de ser el epicentro de su obra y se enfoquen en lo que puede ofrecer el mundo que los rodea. Algo así sucedió con la periodista Leo Marcazzolo, quien le puso una pausa al columnismo liviano y autorreferente (con temas como su matrimonio, su maternidad, su separación y su manga gástrica) en el que se desempeña, para darle relieve a las historias extrañas que rastreó en su carrera reporteril.

De esta forma nace Tesoros perdidos, una compilado de trece textos, que fluctúan entre la crónica y el reportajes (no queda claro), sin fechas o lugares de publicación, y que apela, sin duda, a la curiosidad del lector, a la compulsión por las historias poco comunes y los personajes que encienden el morbo como si fuese un interruptor. Marcazzolo aspira a montar un circo de fenómenos que incluye, entre otras atracciones, a un boxeador que se queda atrapado en un pantano, un psicólogo criminalista peruano que pierde la chaveta y mata a un sospechoso o vistazos testimoniales a una fiesta swinger.

Hasta ahí todo muy prometedor, pero el panorama cambia al leer el libro, publicado por Calabaza del Diablo. La ausencia de un editor detrás de este volumen es patente. Gazapos por doquier, puntuación deficiente, exceso de muletillas, entre otros ripios, abundan. Erratas que no son consignadas acá con un afán de control de calidad, sino porque le juegan una pésima pasada a la autora, que a las claras estuvo muy abandonada en la loable empresa de alejarse de la columna rosa. Digámoslo sin rodeos: Tesoros perdidos es un libro de mala factura, lo que no ocurrió, por ejemplo, en la novela Papá y Mamá, donde la autora sí recibió la respectiva asistencia editorial, requerida con urgencia. En efecto, queda la sensación de que el libro pudo haber mejorado bastante si es que alguien se hubiese dedicado a trabajar en él, darle una mano a la autora, tenerle algo más de cariño a su trabajo y no dejarla botada con textos que –como cualquiera- necesitan de un pulido. Un ejemplo de esta desinteligencia editorial se ve en la crónica que Marcazzolo dedica a los perros vagos de Valparaíso. Ahí la periodista apunta: “Por la tarde [los perros] toman el sol y por las noches muestran los colmillos cuando aparece la Chevrolet Luv del Servicio Nacional de Salud (SNS), que es su mayor enemigo”; un editor atento habría sido capaz de avisarle a Leo Marcazzolo que el Servicio Nacional de Salud dejó de funcionar en Chile en 1979, y que en realidad el organismo que tenía en mente era el SESMA y, en específico, su equivalente a la zona donde ocurre la acción, esto es el Servicio de Salud de Valparaíso y San Antonio. Un editor podría haber evitado que el insuficiente reporteo de la autora (bastaba una pasada por Google) llegase al libro, pero en este caso, ya es tarde.

Con todo, no todas las velas del entierro corren por cuenta de la editorial, la autora del libro también hace otro tanto. Hemos hablado en más de una ocasión del auge que vive la crónica, un vigor que ya se lo quisieran otros géneros flojos, como la narrativa. Sin embargo, los textos que componen este libro carecen de ese potencia. Así pasa, por ejemplo, en “Noches de vino y olvido”, donde Marcazzolo pasa revista a la realidad del pueblo de Graneros, donde escasea el trabajo y sobran los borrachines, las peleas callejeras y los prostíbulos, una historia que no tiene mucho de tesoro oculto o joya rara, cuando esa realidad es pan de cada día en el grueso de los pueblos de provincia, al menos los de la Zona Central de Chile. Asimismo –y ya ciñéndonos a las pautas del oficio periodístico-, se echó de menos una presentación de los personajes, algunas señas que les dieran algo de profundidad, o bien alguna reflexión ante las situaciones adversas descritas –ni hablar de sentido crítico-, que tampoco está en la construcción de las crónicas. La autora no se mete mucho en lo que cuenta, opta por incluir dos o tres cuñas de personajes relacionados con el tema, y con eso, más descripciones ambientales, pareciera que se las arregla. Además, estas crónicas están del todo desactualizadas. Las escasas pistas que la periodista incluye en “Guau no me mates”, indican que este texto canino se publicó hace diez años (Hernán Pinto aparece nombrado como alcalde), ¿qué pasó desde entonces?, ¿murieron esos perros porteños?, ¿siguen siendo los perros vagos un problema en el puerto?, quién sabe. Marcazzolo también dedica un texto a la proliferación de moscas en el poblado de Leyda, por la presencia de la planta de la avícola Champion, texto en el que la autora le hace una gambeta a la emergencia ambiental y se limita al efecto, a la imagen nauseabunda de pobladores esforzados que se tragan moscas o se les quedan pegadas en las narices. A estas alturas, sólo queda imaginar cómo sería una crónica de Leo Marcazzolo en, digamos, Freirina.

Párrafo aparte merece “La cantina del sexo grupal”, que es un testimonio en primera persona de una fiesta swinger. Acá el carácter de la autora vira desde el reporteo aventurero al conservadurismo rampante, que entra en shock ante la fornicación. Marcazzolo dejar ver la histeria y la repulsa que puede experimentar una mujer pacata al exponerse a una bacanal. Hecha esta salvedad, igual hay espacio para la siutiquería: “Y después, agarra a su pareja y le empieza a hacer el amor delante de nosotros. Como cuando sale el sol después de una tormenta”. Al menos Leo Marcazzolo reconoció con apreciable honestidad que este testimonio lo encaró sin ocultar un background conservador y de “colegio de monjas”, según sus palabras. Encaja perfectamente esta confesión con la aguda incomodidad que demuestra la periodista ante los cuerpos desnudos, malestar que se ve en la pieza dedicada a Playa Luna, donde el pudor que debe haber experimentado Marcazzolo debe haber sido casi agónico, rozando el asco: “Sólo rezo para que no se me acerque. Tiendo mi toalla y al segundo lo tengo parado justo al frente de mí. Le pido que tome asiento para no verle su «cosa»”.

En alguna entrevista radial se deslizó la posibilidad de que estas crónicas no son en realidad fruto ciento por ciento de trabajo periodístico, sino también de la inventiva de la autora, y que el cóctel croniquero que es Tesoros perdidos haya sido adulterado con una dosis de invención. Un juego algo ocioso y de un efectismo desinflado a estas alturas, donde se podrían sacar a colación clichés como referirse a una realidad que ha sido superada por la ficción, pero para qué. Tesoros perdidos es un trabajo periodístico fofo, plano, poco riguroso y cándido en exceso, que, para más remate, tuvo la poca fortuna de carecer de editor.

 

Tesoros perdidos

Leo Marcazzolo
La Calabaza del Diablo, Santiago, 2013, 126 págs.

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