Revista Intemperie

El reemplazante, una serie irremplazable

Por: Chico Jarpo
el reemplazante

Chico Jarpo critica la forma en que se retrata el clasismo y las injusticias sociales en la televisión, y alaba la denuncia que es capaz de realizar El reemplazante 

 

La premisa es bien conocida: por circunstancias azarosas un profesor nuevo llega a hacerse cargo de un curso conflictivo (desde Al maestro con cariño con el memorable Sydnei Potier, hasta 187, con Samuel L. Jackson poniendo orden entre los alumnos como si fuesen culebras reptando por la cabina de una avión, pasando por una protagonizada por Michelle Pfeiffer en la que lo único memorable era la banda sonora que incluía Gánster Paradise rapeada por Coolio).

A partir de esa manida fórmula, El reemplazante ha logrado algo inédito en la televisión abierta. Por un lado ha conseguido representar la magnitud de las contradicciones del sistema neoliberal chileno, mientras que al mismo tiempo ha retratado a la población de una forma estilizada y cruda.Y es que cualquiera que esté dispuesto a hacer el ejercicio de pasar lista al repertorio de personificaciones de los sujetos populares que han instalado los medios televisivos en los últimos años, podrá constatar lo burdo y lamentable de sus resultados.

Desde las torpes aproximaciones llevadas a cabo por las “áreas dramáticas” (que de áreas nada, a no ser de que se las homologue a la 51, porque o no existen, o de ser reales, están atiborradas de especímenes alienígenas que poco y nada conocen de la realidad terrestre), que juegan al degradante contraste entre clases sociales: Pobre rico, Dama y obrero, Dos por uno, hasta la supuesta mirada objetiva de los “departamentos de noticias” (lujosos departamentos con vista al sector oriente).

En estos últimos predominan por lo menos tres tipos de construcciones de lo popular. La primera y más consuetudinaria de ellas la denominaremos de crónica roja. Su veta es criminal, por tanto su diversidad resulta contingente y exponencial: narcos, lumpen, lanzas, y recientemente, encapuchados y anarquistas. Sin embargo, durante las últimas décadas, y acompañados de fenómenos como el de la UDI popular (no hay chiste que supere la yuxtaposición de los términos) se han constituido dos categorías más. Me refiero a la plañidera, esa de la miseria de violín y moco tendido, con vértigos de barrial y sabañones; la pobreza postrada y tísica, que tan bien se aviene con el gasto focalizado y con la actitud benéfica adoptada por ciertos sectores de las clases altas. Contigua a esta, se encuentra la gozadora, la de la cumbia sabrosona y la feria libre: populosa, festiva y superficial.

A pesar de ser a primera vista dicotómicas, ambas contribuyen a un mismo fin: miseria y jolgorio configuran el mito del buen pobre.

El reemplazante ha dislocado estas fórmulas de representación para proponer una mirada compleja, en donde sin dejar de referir la precariedad necesaria para articular un discurso cuyo eje sea la justicia social, sea posible, (y aquí precisamente radica el mérito) que intervengan sujetos actuantes en la trama. Estos personajes que se revelan ante la adversidad apabullante del sistema, constituyen el reverso de aquella imagen dócil que han impuesto las posiciones paternalistas de las clases dominantes. Y es que cuando el objeto popular se convierte en sujeto, se genera una visión antagónica de la realidad. El potencial de este movimiento es que dentro de él, el espectador se ve impelido a tomar partido mediante procesos de identificación.

Un gran aliado de este giro que propone El reemplazante lo propicia la estética. Existe en su realización una factura depurada, con ángulos de cámara ágiles e innovadores (para una serie chilena al menos). Su banda sonora está compuesta por un hip-hop inspirado e incendiario. Los guiones percutan un lunfardo concreto y macizo como cuneta. Pero no sólo eso, existe en la serie una propuesta de belleza poblacional. En ella la lontananza de la postal santiaguina desplaza a la torre de Paulman, para reemplazarla por la copa de agua de Pedro Aguirre Cerda. A su pronunciado hormigón lo ciñen nubes tostándose despaciosamente por los filos bermejos de un atardecer. A contraluz de esa mortecina luminosidad crepuscular, basculan en los cables del pasaje un par de zapatillas guachas. De esta forma, el paisaje “marginal” asume de pronto su centralidad en la vida de la ciudad.

Los productos culturales pertenecen a su tiempo, a su historia, a su contexto social. Son manifestaciones profundamente arraigadas, aunque sus realizadores salgan a desconocerlo con porfía. Además de esto el propio sistema de producciones determina posiciones y oposiciones por parte de sus agentes dentro de su estructura. Esa es la razón por la cual debemos ponderar El reemplazante dentro del sistema de representación chilena. De lo contrario podríamos caer en desvaríos (sublimes, pero desvaríos al fin y al cabo) que nos impulsarían a decir cosas tales como: “Prefiero el Mocito a los Gremlins, porque la monstruosidad está trabajada de manera más sutil en la primera de ellas”. Es por eso que hay que reconocer que dentro de la historia de ficciones nacionales El reemplazante es una obra descollante e inédita.

Por último, cada capítulo de la serie suma una arista más a la crítica contra el sistema neoliberal (salud pública deficiente, migración de países limítrofes). Y si bien es cierto, esto pudiese observarse como una digresión que debilita la línea argumental que en un principio sólo atañía a la educación, el gesto de no parcelar las temáticas, responde a una decisión ideológica que busca instalar una crítica orgánica y mordaz.

 

Foto: TVN

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