Revista Intemperie

La perla del mercader a la nueva narrativa chilena

Por: Pablo Torche
casa volada

Pablo Torche celebra Casa volada, la primera novela de Francisco Ovando que acaba de ganar el Premio Bolaño del 2013

 

Ganadora del Premio Bolaño del 2013, y finalista del Gabriela Mistral, Casa volada bien podría considerarse la novedad literaria del año, sobre todo con el antecedente de que su autor, Francisco Ovando (1989) ya había obtenido varios premios y menciones honrosas en diversos certámenes, incluidos versiones anteriores del premio Bolaño, el concurso de revista Paula, y el Premio Grifo de la UDP.

La novela es ciertamente alucinante para tratarse de una obra debut. Versa sobre la historia de David, un joven estudiante de literatura, que vive en una pensión ocupado principalmente en disquisiciones sobre la pintura de Valenzuela Puelma, y en particular sobre La perla del mercader (“un cuadro de la muerte, la fatalidad y el deseo”). El trío lo completan la vieja Justiniana (dueña de la pensión), y Alina, una joven que se presenta como su sobrina y que llega a la pensión a competir con las ínfulas literarias de David.

Los eventos de la novela se articulan en torno a una extraña afición, que comienza a dominar a los personajes, y que consiste en el intento de descifrar el futuro a través de distintas artes adivinatorias (entre las que adquiere especial relevancia la ornitomancia). Pero no es lo que ocurre lo importante en Casa volada, el argumento es más bien un trámite para dar lugar a reflexiones fastuosas, “voladas” y completamente intrépidas, en torno a los temas que mueven la novela con notable pujanza: el deseo, la muerte, el arte, e incluso el amor. El recorrido de la novela no es así tanto a través de eventos como de la rápida profundización en aspectos que se tornan cada vez más esenciales respecto de la naturaleza del arte, el destino y la vida.

En este sentido, se trata de una novela completamente atípica en el escenario de la literatura chilena joven (perdón por el adjetivo, tenía que ocuparlo al menos una vez en esta crítica), emparentándose quizás únicamente con el Díaz Klaassen de El hombre sin acción, que contiene también pasajes espectaculares de vuelo casi metafísico.

Casa volada está hecha de lenguaje y de atmósfera. La atmósfera recoge buena parte de la tradición literaria nacional: la casa asfixiante, impregnada de locura, la familia fragmentada y en decadencia, el ambiente hecho de oscuridad, de sobrentendidos, velos que cubren y sexualidad reprimida, perversión y amor enfrentados.

El lenguaje, en concordancia, está hecho de sombras y de pensamientos, de delirio y de vacilantes ensayos de lucidez, y no rehúye las grandes ideas, lo profundo y lo fundamental, por el contrario, más bien las busca, se enfrenta a ellas.

Quizás el verdadero deseo que domina esta novela, sea el de descorrer el tupido velo que se tiende sobre lo oculto, lo denegado por nuestra cultura rápida y utilitarista. Un velo hecho a veces de consignas panfletarias o agendas sociopolíticas, el tupido velo de lo “políticamente correcto”, que parece a ratos lo único que vale la pena decir, lo único que tiene sentido y que es “útil”. Casa volada se atreve por el contrario a asomarse del otro lado, preguntarse que hay más allá del día a día, a internarse en la locura que se esconde detrás de la realidad, en el mundo sumergido hecho de impulsos y de escombros, lo que queda de esa esencia en la que nos apoyamos.

A través de este tour de force, que nunca pierde el ritmo, Casa volada recala finalmente en el amor, a través de la cadencia de dos cuerpos meciéndose, que me recordaron el “rítmico jadear de los amantes” de Germán Carrasco. Un final que se interna en la cópula y su respiración, y busca un lenguaje para recrear esa fauna y esa flora, también arrasada por cierta prosa manida del mercado. “Nos volveremos fauna corrupta e ignota, órgano desaforado en el manoseo, tacto húmedo.” “Tendría que ausentarme de su carne y la esperma caería en el polvo, haciendo el barro primordial en el que nos dormiríamos entrelazados y hechos agua, esperando la brisa que vendría a refrescarnos las espaldas desnudas, cediendo a la cadencia del ruido leve que harían las flores oscurecidas al cambiar de forma”.

Casa volada depara muchas sorpresas al lector, más allá de la sorpresa ínsita de toda novela debut, sorpresas y revelaciones propias de la alta literatura, y que el lector sin duda disfrutará y agradecerá.

 

Casa volada

Francisco Ovando
Cuneta, Santiago, 2013

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