Revista Intemperie

Una entrevista gratuita y de calidad a Andrés Neuman

Por: Juan Carlos Echazarreta
andres neuman

Juan Echazarreta relata su encuentro con Andrés Neuman, sus intercambios sobre la poesía chilena, Bolaño, Parra, Pinochet y el sexo, y termina por sacar sus propias conclusiones

 

Subsuelo: submodernidad

Me subo al Metro, como todas las mañanas. Traspaso las compuertas y trato de hacerme un espacio entre el gentío aplatanado de los trenes. Rostros ensimismados, casi ausentes, y lánguidas miradas que se esquivan indiferentes. El hedor pesado de los cuerpos apretados. Jóvenes, artistas, empresarios, peluqueros, putas y no tan putas. Niños aferrados a las manos de sus padres y padres aferrados a… sus líneas de crédito. Todo en orden, claro. En el orden caótico de un transporte público moderno, interconectado. En el orden de sus rutinas lisérgicas: «es increíble que la civilización haya producido esta especie orden ciudadano subterráneo, o debajo de la conciencia, si se quiere, tan conectado con la materialidad burguesa y también proletaria…», me dice Andrés Neuman, poeta y narrador argentino en la sobria cafetería del hotel. Y agrega: «es como si Batman se hubiera vuelto burgués».

*

La literatura de salón

Al final de la escalera me engulle el sol reseco de diciembre. Camino por Av. Pedro de Valdivia rumbo al Hotel Orly: una antigua mansión afrancesada convertida, hoy, en esa variante reducida —a escala íntima— de la —gran— hotelería que conocemos con el nombre de hotel boutique —el colmo de la siutiquería—. Pregunto por el señor Neuman en la recepción. Me dicen que espere y entonces me acomodo en un amplio salón. Frente a mí, hundidos en los sillones, tres veteranos conversan de libros, locuaces y apasionados, como si desvariaran en un cenáculo. Una voz clara y galante, salida de otro tiempo, habla de literatura con la autoridad y elocuencia propias de una eminencia. Un señor bastante mayor, calvo y de anteojos donosianos, les comenta a los demás ciertas infidencias de su relación personal con Enrique Lihn, algunas minucias de la correspondencia que sostuvieron durante el exilio. De pronto las palabras quedan como suspendidas en un mar quieto que desemboca, enseguida, en un cómodo silencio, de esos que sólo surgen al alero de esa clase de conversadores, casi extintos, que se saben escuchar. Respetuoso, comparto ese silencio pactado tácitamente, y ellos, en tanto, lo notan y me miran y me hacen sentir como quien te abre las puertas de su casa. «¿Qué fue lo que vino después de la antipoesía de Parra?», interpelo al señor de anteojos donosianos, de entrada. Este me responde con suma sencillez, como si fuera su alumno, su nieto acaso, o un conserje inoportuno: «La poesía no termina en la antipoesía, ni tampoco la antipoesía termina en Nicanor Parra ¿Me entiende? En Chile hay una larga tradición poética. Hoy se lee menos poesía, es verdad; pero hay grandes poetas publicando: Oscar Hahn, Juan Cristóbal Romero, sin ir más lejos, quien acaba de recibir el premio Pablo Neruda de Poesía, de cual tuve el honor de ser jurado». «Tiene razón», le digo. «¿Cómo se llama usted?» «Yo, Juan. ¿Y usted?» «Pedro. Pedro Lastra», agrega.

Pedro Lastra es, desde luego, poeta, y también un renombrado académico de las letras. Durante muchos años trabajó como profesor de Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Nueva York. Esto, sin embargo, no lo sabía. «¿Y a qué se dedica usted?», irrumpe con esa siempre infausta pregunta. «No sé muy bien a qué me dedico, la verdad. Estudié Derecho, pero vivo la literatura y vine aquí a hacerle una entrevista gratuita y de calidad al escritor Andrés Neuman. Se ríe al escuchar el uso deliberado de ese par de adjetivos ultramanidos. «¿Se está alojando aquí Neuman?», pregunta. «Sí, claro, debe estar por bajar». «Qué interesante, no tenía idea». Y agrega: «Me encantó El viajero del siglo». «A mí Hablar solos».

En tanto, un señor canoso, que resultó ser el editor de Lastra y también del poeta afásico que está sentado a mi izquierda, y que no sé quién es, se pone de acuerdo con el poeta y académico para trabajar en algo así como en una nueva antología del cuento chileno. «¿Le gustó la de la Editorial Universitaria?», le pregunto a Lastra. «Claro que me gustó –me dice sonriendo–, sí fui yo quien la hizo. Carlos Santander, Calderón y yo. Queríamos poner un cuento de Bolaño, pero no pudimos comprar los derechos. Sus derechos ya ni si quieran le pertenecen a Jorge Herralde, sino que a un señor estadounidense que cobraba una suma irrisoria. Algo así como 30.000 dólares por un cuento». «¿Y qué cuento de Bolaño le habría gustado incluir?» «Un cuento del libro Putas asesinas que se llama Encuentro con Enrique Lihn». «¿Y a usted qué cuento le habría gustado?», me dice. El retorno o Los últimos atardeceres en la tierra, respondo.

Unos minutos más tarde, veo a la sombra de Neuman a través de la ventana de la cafetería. Me despido de Pedro Lastra, del editor y del poeta afásico, y me dirijo al otro salón, donde me espera Andrés Neuman, o más bien la barba de Neuman, porque el argentino es tan blanco como la pared, como la coca y como nieve, y como Michael Jackson, también.

*

Chile, país de poetas

Andrés Neuman (1977) además de ser una barba tupida, canónica, es un prolífico escritor que debutó muy joven —y con mucho éxito, además—, con la novela Bariloche (finalista del Premio Herralde). Luego vinieron El viajero del siglo (Premio Alfaguara) y Hablar solos, dos novelas que, en definitiva, lo consolidaron como novelista, sin perjuicio de que lo que más escribe es poesía. También narrativa breve, género que cultiva con pulso e ingenio, y que, sumados, en consecuencia, lo desconsolidan como novelista y lo consolidan con un escritor inclasificable.

Sus padres eran músicos y decidieron abandonar su país natal durante la dictadura, para radicarse en Granada, una ciudad pequeña situada al sur de España. «El tópico de quien no conoce Andalucía es que es pura alegría, puro jolgorio, como si fuera un eterno Carnaval de Río, sin embargo, en la zona oriente de Andalucía, y muy particularmente en Granada, se mezcla eso con el concepto del pudor y la austeridad, y esto lo conecto con los principios de no ostentar del arte musulmán, principios que, por lo demás, tienen una aplicación poética: las fachadas son sencillas, casi pobres, y lo suntuoso, en cambio, se guarda y se resguarda al interior. Es más, te diría que la verdadera belleza de Granada sólo se logra percibir en helicóptero, pues, desde la calles, no se percibe la belleza de los patios y jardines».

¿Esto tiene que ver con tu poética?

– Claro, siempre he pensado la poesía de esa forma. Una poesía que en su interior sea profunda, hasta contradictoria, pero que tenga una superficie sencilla y serena, y que al mismo tiempo vaya creciendo en inquietud.

¿Qué opinas de la etiqueta: “Chile, país de poetas”? Dicho de otro modo: en Chile ha habido grandes poetas, sin embargo no hay mucha gente que lea poesía, no hay mucha gente que lea, en realidad.

– Lo interesante, para mí, del siglo 20 en la poesía chilena, es que en casi todas las épocas, y en los distintos movimientos estéticos, te encuentras con varios poetas grandísimos, y esto recorre todo el siglo, empieza con Huidobro inaugurando las vanguardias y termina en Parra, y de Huidobro a Parra te encuentras con Neruda, Lihn, Gonzalo Rojas, Jorge Tellier, Millán, y así, es para no parar…

¿Y qué es lo que vino después de Parra? Después de la antipoesía, quiero decir…

No me atrevería a hacer afirmaciones categóricas al respecto, pero sí tengo la impresión de que la poesía chilena, en la imagen colectiva y sesgada, pareciera haberse detenido en Parra. Lo de Nicanor es impresionante. Parra está sobreviviéndose a sí mismo, es casi un poeta póstumo, y aún sigue lúcido, trabajando, en traducciones, según me he sabido. Parra, en realidad, ha salido de su propia generación y de su propia época. Pero eso no significa que no hayan emergido otros excelentes poetas, de mi generación, sin ir más lejos, leí un libro que me pareció extraordinario: Colonos, de Leonardo Sanhueza, una especie de Edgar Lee Masters contemporáneo… perdón –hace una pausa– y no he mencionado a Zurita.

Ni tampoco a Oscar Hahn…

Claro, Hahn también está haciendo algo muy interesante —y muy distinto a lo de Parra—: una especie de micronarrativa en verso alucinada (…). Creo que el tópico (Chile, país de poetas) no tiene que ver con lo cuantitativo, ni tampoco es una cuestión cualitativa, sino que se relaciona con el lugar que tiene la poesía en el imaginario de un país. Creo que Chile, junto con Cuba, por razones de tamaño, son los países con más poetas por metro cuadrado, pero no es eso lo sorprendente. Lo sorprendente, insisto, es el lugar que ocupa la poesía en el identitario cultural de Chile.

¿Qué te parece Bolaño como poeta?

– En Tres hay muy buenos poemas, igual que en los Los perros románticos. Es obvio que las novelas de Bolaño se han devorado todo lo demás, es como si entre Los detectives salvajes, 2666, y quizá Nocturno de Chile, hubiesen triturado todo lo que hay a su alrededor, y eso es lo que pasa con todo obra maestra. Pero creo que la obra de Bolaño no puede comprenderse cabalmente sin contrastarla con la poesía. En la narrativa de Bolaño la persecución y la búsqueda de la poesía son centrales… Pensemos, por ejemplo, en Los Detectives salvajes, que es la búsqueda de un horizonte utópico que tiene que ver con un secreto poético. Es decir: estos jóvenes, estéticamente subversivos, no buscan una revolución política, pues ya están desolados al respecto, son post-utópicos políticamente. Ahora bien, en la novela esa utopía está reemplazaba simbólicamente por una utopía poética. Y eso tiene que ver con la educación vanguardista de Bolaño.

Pareciera ser que en este país a Bolaño no lo quieren mucho, sobre todo los escritores de su generación.

– Y bueno, Bolaño hizo todo lo posible por molestar cuando volvió aquí.

Sí, claro. Pero me parece que lo que criticaba tenía un fuerte componente estético. Es, quizás, algo que pasaba en Chile, me refiero a eso que los escritores escribían para alcanzar la respetabilidad y no para construir una obra  

– Es cierto, y eso no tiene que ver con Chile solamente, sino que con una escala de valores predominante en muchos lugares de Latinoamérica, que son sociedades todavía oligárquicas en sus estructuras de poder, por lo tanto, la aspiración de las buenas familias no tiene que ver con la cultura sino que con el manejo del poder a otra escala. Por ejemplo, en México —país al que quiero mucho y al que regreso constantemente—, subsiste toda una tradición de escritores mexicanos cuya máxima aspiración es pertenecer al cuerpo diplomático del país. ¡Cómo si ser escritor no fuese un fin suficientemente alto! A mí esto siempre me ha asombrado, porque no se me ocurre nada más maravilloso, y al mismo tiempo más sencillo y más pedestre, pero más acabado en sí mismo, que dedicarse a escribir, es decir, nunca se me ocurrió que la escritura pudiese servir para ser otra cosa que no sea seguir escribiendo. Y entonces Bolaño toca ese nervio, que tiene que ver con las oligarquías latinoamericanas, en donde la literatura se practica como un medio para alcanzar un fin: eso que Bolaño llamó «la respetabilidad».

*

Pinochet y sus larvas

A. Neuman: Me estaba acordando de un texto de Bolaño que está en Entre paréntesis, se llama Fragmentos de un regreso al país natal, en el cual Bolaño va en el avión y dice: «Mi hijo duerme plácidamente. Mi mujer, Carolina López, también duerme plácidamente. Los dos son españoles y es la primera vez que viajan a América. Yo no duermo. Yo nací en Chile. Soy chileno. Estoy despierto y sostengo mentalmente las alas del avión». Más allá de si el avión europeo se va a caer o no el pasajero europeo cree que el avión no se va a caer. Entonces es un rango distinto de pasajero: es un pasajero que confía en el avión como confía en el Estado, o como confía en una serie de abstracciones que se sostienen en el aire de una forma más o menos inexplicable. Un latinoamericano, en cambio, desconfía. Desconfía de la estabilidad de un avión como desconfía de cualquier artefacto institucional.

J.: Es verdad, aunque creo que en el Chile de los últimos años existe cierta estabilidad a nivel institucional que, desde luego, no nos pone en un rango europeo, pero que dista mucho de la desconfianza bananera que sufrió Bolaño al volar hace más de una década. Ya no es como viajar en AeroPerú. Tengo la impresión que Chile, tanto a nivel privado como gubernamental, existe cierta estabilidad institucional, y el problema, quizás, no radica en la estabilidad, sino en la catatonia legislativa del constituyente opusfachus para implantar dicha estabilidad en la Constitución del 80, ya sea para no soltar el poder o para no repetir la historia. Lo cierto es que, con los años, todo esto ha devenido en una excesiva rigidez, que todo lo obstaculiza, que todo lo burocratiza, que nos aparta, a los ciudadanos, de la toma de decisiones…

A. Neuman: Claro, lo que llamamos estabilidad también podría llamarse inmovilidad o secuestro institucional. Hay ciertas estructuras socioeconómicas del Pinochetismo, incluso 30 años después, que no han podido desmantelarse… en esta campaña he escuchado la idea de reformar la constitución, de liberarla de su pecado de origen, dicen, y ojalá que lo hagan… Pero digo, Chile ha caminado casi asumiendo que la herencia Pinochetista es intocable, incluso la izquierda, es como si lo dejaran siempre pendiente. En ese sentido, este país hizo una transición bastante extraña en que la figura dictatorial da paso a una democracia pactada a cambio de la cual no se le puede castigar ni pedirle cuentas a nadie.

J.: Es como si Pinochet y sus larvas hubieran entregado el poder lleno de amarras ideológicas. Una constitución que es un nudo en el zapato.

A. Neuman: Fijáte, tú mencionaste la palabra amarra, es interesante porque en España se cita con frecuencia una frase de Franco que dice: «Atado y bien atado». Hay metáforas similares entre Pinochet y Franco, en el sentido de dejarlo todo amarrado y bien atado, es decir, no se trata de quien está o quien vendrá sino de que estructura queda.

J.: ¿Crees en la democracia?

A. Neuman: Primero habría que entender a qué nos referimos con democracia. Yo no sé si cuando hablamos de democracia nos referimos a Atenas, a la toma de la Bastilla, al post Pinochetismo o al Estado social demócrata de Suecia.

J.: Refirámonos a la democracia representativa.

A. Neuman: Lo trágico es que si decimos democracia representativa nuestra generación siente que está pronunciando un oxímoron. En España, y en muchos lugares de Latinoamérica, el problema es que la democracia representativa ni si quiera nos representa. Entonces tú me preguntas ¿Crees en la democracia representativa? Y yo te digo: el problema es todavía más triste, es que la democracia no nos parece representativa. O sea: ojalá pudiéramos descreer de algo llamado democracia representativa porque significaría que existe. En España, por ejemplo, todavía se está discutiendo el tema de las listas abiertas, que tampoco existen: tú votas a un partido en una candidatura cerrada y entonces ganan una serie de señores que no sabes quienes son, y si sabes quienes son, no puedes sacarlos de ahí (risas). Más que democracia representativa —diría yo—, lo que hay es una macro política de partido en donde uno pone el sufragio en una urna —nunca mejor llamada urna—, electoral o funeraria, u otra (risas)… Lo que hay es un relevo de poder entre un partido y otro: es una suerte del Madrid-Barça de la democracia. O sale campeón uno u otro, y los demás ni siquiera compiten, o si compiten lo hacen solo simbólicamente.

J.: ¡Aupa, Aleti!

*

Borges

La novela es un género de segundo orden, decía Borges, pues su paradigma estaba en el siglo diecinueve. Según él, había otros géneros más breves, como el cuento, la historia policial o la poesía, que tendrían más oportunidades. Primero: ¿Compartes esta opinión? Segundo: ¿Qué pasa con los géneros en el siglo veintiuno?

– Uno: (risas) La autojustificación no tiene límites en nuestro gremio literario, ¿no? Uno tiene a veces la sensación de que toda teoría literaria no solamente tiene que ver con lo que está haciendo el escritor, lo cual, en realidad, está bien –porque teoría y práctica tienen que tener algún tipo de sinergia–. Ahora bien, las opiniones son disfraces de las autojustificaciones, y entonces ahora me dices: Borges pensaba que la novela no tenía sentido en el siglo veinte, que es un tremendo disparate, y que el futuro era el cuento y la poesía, casualmente los géneros que él mismo cultivaba… Lo cierto es que Borges no leyó con ningún interés ni a Nabokov ni Beckett ni a Dos Passos ni a tantísimos escritores que hicieron algo revolucionario con la novela del siglo veinte. Borges, para empezar, era un lector muy impaciente de novelas y jamás tuvo ganas de leer 500 páginas. Borges era un lector muy intenso y muy elegante, y sobre todo era un excelente relector. La genialidad de Borges consistía en la extracción de conclusiones originales de textos leídos y releídos una y otra vez.

– Dos: No me interesan muchos las profecías, ni me siento capaz de hacerlas. Solemos distraernos y perder mucho tiempo en la actividad profética, que es parte de la lógica política y neoliberal… nos han educado, o mal educado, para que hagamos profecías, es decir, a delegar el presente. Has visto que todos los medios de comunicación conspiran para que tratemos de adivinar cuál será el siguiente paso, y eso es una forma excelente de ausentarnos del paso en el que estamos, donde nos están jodiendo y dando por el culo. A mí me interesa donde estamos ahora, o donde nos han puesto, o donde hemos dejado que nos pusieran. Ahora bien, dicho esto, no estoy seguro que sea la clave de nuestra época la división genérica, pero, si hubiera que pensar en esos términos, me parece que nuestra época tiene que ver con el emborronamiento de los límites genéricos más que con la batalla de los mismos.

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Culear, viajar, leer…

En tu primera novela Bariloche, y también en la más reciente, Hablar solos, están presentes el tema del sexo y el viaje. Si lo anexo con el excelente ensayo de Bolaño: Literatura + Enfermedad = Enfermedad, me queda la sensación que la única manera de vivir el presente en su estado puro es culeando y viajando. ¿No te parece?

–Sí, viajar y follar son presentes absolutos.

Elena, la voz protagónica de Hablar solos, repite constantemente una frase: dice: «Para perdonar algo necesito arrepentirme de algo peor». Esa culpa, ¿con qué se relaciona?

Probablemente Elena tenga una educación judeocristiana.

—…

— Pensaba en que la manera en que un cuidador vive la muerte de un ser querido reproduce, a escala intima, la estructura del apocalipsis. La idea central de Hablar solos consiste en explorar la enfermedad del cuidador, es decir, de quien enferma cuidando al enfermo. Dicho de otro modo: un cuidador se ve abrumado por la certeza de un final, y eso le provoca una ansiedad anticipatoria permanente, que lo instala en una tragedia: si no piensa en el futuro, si no piensa en la pérdida inminente, no se sentirá preparada para afrontar la pérdida cuando ésta se consume, pero si cultiva esta anticipación, preparándose para la pérdida, entonces dilapida el poco presente que le queda de ese ser querido. Y eso genera una parálisis emocional, de la cual, como tú dices, sólo se puede salir cogiendo, o leyendo, que, al final, son dos formas de moverse sin cambiar de lugar. Bueno, habrá quien coja caminando, pero normalmente…

¿Podríamos sostener, pues, que culear, viajar y leer son formas de encontrarse consigo mismo en la temporalidad del presente?

– Yo creo que sí. Uno constantemente necesita regresar a su centro, y evidentemente que ese acercamiento tiene mucho que ver con la lectura, los viajes y el sexo. No existe —creo— la plena salud, uno está en constante homeostasis, recuperándose, equilibrándose, y este proceso se realiza mediante el contacto con una otredad. En definitiva, es en el otro y/o con el otro donde uno logra mirarse con mayor nitidez y también acercarse a ese centro que, paradojalmente, cuando lo tenemos más cerca, cara a cara, gambetea y pasa, dejándonos tirados, humillados, lejos.

*

A modo de epílogo

Como esto es una entrevista gratuita y de calidad. Es decir: buena, honesta. Santa, si cabe. Impecable y bellísima también (!). Pues no he querido abrirle las puertas a la mano negra del lucro, que por lo demás, tampoco ha sonado, cosa que ni si quiera inquieta a este irresponsable. Lo que quiero decir, en realidad, es que, sin perjuicio de la opinión de mí editor, me he tomado la atribución de escribir 3.900 y pico de caracteres (pico), porque quise que esto no solo fuera una simple entrevista, pues, como ya se habrán dado cuenta, además de permitirme uno que otro juego o digresión, también les he contado la historia de la entrevista. ¿Para qué?, dirán. Para mostrarles que la literatura, o la cultura, si se quiere, puede ser abordada como una experiencia en sí misma, cabal. Digo: no como un medio sino como un fin; no como un simple tópico culposo de un modelo que se aprovecha de nuestra comodidad, de nuestra indolencia. Por tanto —y permítanme que me ponga pendenciero, rabioso—: este texto se lo escupo a toda esa ralea de editores serviles y adulones que trabajan con el culo en flor a la espera de una onerosa penetración de los poderes fácticos (iba a decir fálicos); a esos señores directores, que en rigor los dirigen, pues manipulan la información en conformidad a los caprichos del mercado, que en realidad son los caprichos de cierto sector, que se acostumbró a follarnos de rebote. Escupitajos aparte: esta entrevista, que se niega a ser una simple entrevista, y que pelea entonces por convertirse en un relato, para lograr persuadirlos, por una buena causa (su ano), debe continuar. Así pues, con la excusa de la gratuidad y conformidad a esta noble causa, me tomaré la atribución de violar cierta legislación penal y acaso alguna norma referente a la propiedad intelectual en función de un final lírico y de calidad. Pues bien: imaginemos entonces que el entrevistador, que realmente no es un entrevistador, y que ocasionalmente es un narrador, un ácrata circunstancial y un mal educado, y un eximio cuidador de anos, claro, camina hacia la cordillera por Av. Providencia y pasa por fuera de la librería Qué Leo, o no, mejor por fuera de la Altamira, y entonces decide entrar, y, sin que lo vean, deja caer en su mochila un libro que se llama La ley de Snell del poeta Leonardo Sanhueza —poeta a quien este mal nacido no conocía antes de realizar la entrevista—. Imaginemos, luego, que el entrevistador camina flagrantemente, sin ningún tipo de conciencia anal, por las veredas repletas de la Av. Providencia y que al final se detiene justo en la mitad de un poema del libro robado que dice: El nuevo juego es esparcir las hojas secas / sobre el respiradero del metro / y replegarse a esperar el estallido. / Son salvajes, Marilyn. Y se ríen / no sabes cómo. No sabes. Imaginen, pues, que el estallido se produce, que un montón de hojas secas bailan fúnebres en el cielo, y que el entrevistador, inexplicablemente, sale ileso. No sabes cómo. No sabes cómo me he divertido escribiendo esto, Marilyn.

 

Foto: La Tercera

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