Revista Intemperie

El paternalismo del voto obligatorio

Por: Vidia Gutiérrez
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Vidia Gutiérrez profundiza en las razones de la abstención, y emplaza al sistema político a hacerse cargo de ésta, antes que imponer ir a votar por obligación

 

Si me dieran un peso por cada vez que me han insultado por decir que no voto sería millonaria. Es sorprendente que la sola idea de la abstención ponga a la gente en una posición tan agresiva que se cierran a considerar la posibilidad de que existan argumentos en su favor, cayendo más temprano que tarde, en la descalificación, tanto al planteamiento como al interlocutor. Y, además de sorprendente, resulta ser una estrategia muy poco inteligente; en estos tiempos en que la abstención se levanta como un gran tema de preocupación lo lógico sería tratar de convencer al electorado reacio en vez de confrontarlo de manera pedante y autoritaria. Porque eso, obviamente, no seduce, más bien ahuyenta.

Pero ¿para qué seducir si se puede obligar? Increíble que los mismos que se apuran a acusar de flojos a los que no votan busquen el camino más fácil para conseguir que la gente acuda a las urnas, clamando por el voto obligatorio. Pensar que cualquier fenómeno social se arregla con leyes es el sillón nacional de don Otto. Y, lo más grave, es un portazo a la discusión, al diálogo, prácticas que están en la base de la democracia, tanto o más que la acción de votar. Pero los demócratas suelen ser muy poco democráticos a veces. En este tema no se aceptan dos opiniones, hay que votar y eso es un dogma. Punto. Fin.

Hay quienes toleran el debate, pero no como intercambio de opiniones, sino como ejercicio de convencimiento que se verá delatado en algún punto de la conversación. Es el momento del argumento estrella: nos costó mucho recuperar el derecho a voto como para permitir que la mayoría – sí, la mayoría– no lo haga. Yo no sé, puede que me equivoque o que me traicione la memoria, pero siempre he tenido la impresión de que la lucha que dimos fue por recuperar la democracia, no sólo el derecho a voto, como ejercicio vacío.

¿Y por qué es un ejercicio vacío? Principalmente porque es un placebo: el lugar de ser una forma más de participación social, la reemplaza. Se nos señala que votar es la única manera de cambiar las cosas, lo que por supuesto excluye cualquier otra forma. Obviando, además, el hecho de que, tras 25 años de disciplinada concurrencia a las urnas, seguimos planteando la necesidad de cambios en los mismos temas.

La desmotivación del electorado es una consecuencia lógica de ello. El poder real de incidencia a través de voto es tan escaso que pierde su sentido. A nuestra democracia le falta más democracia, de manera que la gente se sienta tomada en cuenta en los proyectos e involucrada en la toma de decisiones. Pero, en vez de hablar de ello, la discusión se desvía hacia la obligatoriedad del voto.

Se acusa al voto voluntario de poco democrático, sobre la base de cifras que indican que la abstención es mayor en las comunas pobres (“los que quieren voto voluntario no quieren que seamos todos iguales”, he llegado a escuchar). Pretender solucionar eso por medio de una imposición legal no es otra cosa que paternalismo y una forma de clasismo que no le reconoce al pobre ni siquiera el derecho a elegir no tomar parte de un ejercicio que le es ajeno y que sólo le reporta beneficios –incluso monetarios- a la clase política.

Paternalista es también el intento de separar aguas entre quienes no votan por opción y los que no lo hacen “por flojera”. El voto nulo o blanco sería el instrumento adecuado para cuantificar el descontento y permitiría emitir el veredicto. Lo que no se entiende es que la necesidad de conocer y mensurar las razones sólo apunta a la abstención. Nadie parece preocupado por saber cuántos de los que votan por un candidato lo hacen por real convicción, por orden de partido, porque es una figura de la farándula, por no perder el voto o porque es el mal menor.

Una preocupación genuina por la abstención y por revertir la situación no necesita saber nada más que esto: la gente no vota porque no encuentra motivos para hacerlo. Para revertir esa situación hay que ofrecer buenas razones, no amenazar con sanciones. De este modo, la abstención sería un instrumento eficaz para mejorar la calidad de la política e impulsar cambios que hagan cada vez más democrático nuestro sistema. Jamás la votación nula o en blanco ha generado tanta preocupación como hoy lo hace la abstención.

 

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