Revista Intemperie

Crónica de una entrevistadora malintencionada: Carol Bensimon, la nueva literatura brasileña

Por: Nydia Pando
carol bensimon

Nydia Pando relata su encuentro con la escritora Carol Bensimon en la FIL de Guadalajara y ahondan juntas el tema de la bisexualidad como un viaje libre de condicionamientos y una oportunidad para crear una identidad sin fronteras

 

Me acerqué, posteriormente a su presentación en Destinaçao Brasil, después de haberla contactado por Facebook para obtener una entrevista: creí que me miraría sin muchas ganas, pero sonrió alegre al encontrarme. “¿Eres tú la chica que…?”, pero no acabó la frase en portugués porque recordó que habíamos acordado hablarnos en francés, viendo que ninguna dominaba mejor otro idioma –más que el propio, que no era el mismo–. De golpe, sin que pudiera digerir la sonrisa de la escritora que tanto había esperado conocer, llegó la encargada de no-sé-qué-cosa pero que, igual que Carol, cargaba un gafete de prensa: los ojos de la señora se fueron directo a mi pecho para darse cuenta de que yo era la única ahí sin uno. Se volteó cuando intenté alcanzarle la mirada desafiante –no sé bajo qué argumentos– y nos dirigió, a Carol y a mí, a la “Sala VIP de Prensa” de la FIL: nunca había estado en ese sitio. A lo lejos, alcancé a ver a Antonio Ortuño despanzurrado en un sillón blanco, cómodamente, hablando con dos individuos que lo grababan y le ponían un micrófono casi en los dientes: chucha, pensé, yo no traigo ni grabadora.

Al lado izquierdo de la sala había lo que reconocí antes que al mismísimo Ortuño –con su perdón–: bebidas alcohólicas y botana en open-bar. Pensé que, si me ponía idiota con Carol, siempre podía robarme un paquete de galletas saladas y un vaso de tequila antes de salir de la sala para sentir que había salido airosa de ésa. Pero Carol tocó mi hombro y me sacó del ensueño vicioso para introducirme de nuevo al porqué de mi presencia: las dos nos miramos mientras la señora importante nos veía agitada y desesperada, haciendo preguntas que nadie parecía escuchar. Carol me preguntó que cuánto tiempo había contemplado para la entrevista y me quedé embobada sin saber responderle. La señora se desesperó: le recordó que al día siguiente tenían una comida llena de gente importantísima y que no podía perderla de vista. Yo miré a Carol sin saber qué hacer, y ella hizo lo mismo al encontrarme la mirada:

-¿Te quieres quedar aquí?

Me negó con la cabeza. La señora se puso como loca y le vi levantar el labio superior como penoso TIC tras el estrés, pero trató de calmar sus nervios y yo sonreí poderosa: me iba a llevar en mi carcacha a Carol Bensimon, a beber cerveza y comer papas en los cafés hipsters tapatíos.

Cuando salimos de la FIL, le pregunté a Carol –ya empezando la entrevista, sin que ella lo supiera, probablemente por mi falta de profesionalismo–, qué pensaba de esos cuartos VIP: me confesó que no veía la hora de escaparse. Me dio gusto pensar que, por primera vez, la respuesta piloto que me daba un escritor extranjero en un encuentro de la FIL no era para decepcionarme, sino para recordarme por qué me gustaba tanto.

Carol Bensimon es una escritora brasileña nacida en Porto Alegre, no harán más de treinta y tantos años, que un día se fue a La Sorbona y escribió una novela escalofriantemente buena. A México no vino a hablar directamente de ella, porque hasta el día de hoy no ha sido traducida al español. Sin embargo, sí vino a hablar de la nueva literatura brasileña, de la que, definitivamente, ella forma parte.

Una vez leí a Longino decir que un texto era poético cuando, en él, se encontraban momentos sublimes. Algo así. En resumen, si un texto tienen momentos de taquicardia, de ansiedad que provoca voluntad de comerse la página o tatuarla entera para que nunca se borre porque es eso, justo eso, lo que alguna vez sentimos como lectores y nadie había expresado tan bien; entonces la obra es poética. La obra es arte. Ahora, por ejemplo, de lo que Longino hablaba se reduciría a los fragmentos o citas que nos empeñamos en publicar vía Facebook (porque en Twitter no caben). Así conocí A todos nos encantaban los cowboys: leí un primer fragmento y quise leérselo a todo mundo, como si estuviera leyendo el currículum de uno de mis brazos (el izquierdo); de un pedazo de mi vida. Cuando leí ese fragmento, tuve ganas de sacudirme; supe que tenía que tener la novela entera.

Nos bajamos en calle Libertad después de que un viene-viene me pidiera para un ‘chesco’ a cambio de ‘darme lugar’, le besó la mano a Carol y luego a mí mientras yo sentía un trágame tierra como si el señor fuera un tío o familiar muy orgulloso de sus acciones en una ciudad donde se tiene que pretender para sobrevivir a los lobos. Le expliqué un poco el entorno mientras Carol me hablaba apasionada de la bisexualidad proyectada en La vie d’Adèle, siendo éste uno de los temas evocados en A todos los encantaban los cowboys:

“Pero dije bisexual. Muchachas y algunos muchachos. […] Con los muchachos me quedaba por inercia. Con las muchachas, por encantamiento. Con los muchachos todo transcurría como un guión de comedia romántica para el gran público (excepto que yo fingía justamente el papel que me correspondía). Con las muchachas todo comenzaba, continuaba y acababa en el más puro melodrama.”

La novela gira alrededor de Cora, quien un día emprende un viaje con una vieja amiga y, mientras recorre el camino, recorre también sus recuerdos, sus experiencias y los silencios que en ese viaje comienzan a hacer ruido.

Carol me explicó, después de pedir agua al mesero porque no bebe cerveza (¡!), que su literatura tendría que estar marcada, definitivamente, por el lugar de donde viene: Porto Alegre, había dicho ella misma antes, es el rincón silencioso de Brasil, donde los gauchos han marcado su temperamento como callado en comparación a otros sitios del mismo país. Bebiendo desde el popote el gran vaso transparente, hacía una pausa para después decirme que eso, creía, marcaba el estilo de los escritores gauchos: más allá de la violencia en tierra brasileña, más allá de la condición de mujer, del nivel económico o el interés, la literatura de los gauchos era introspectiva, haciendo honor a su temperamento; a la caída queda del agua de los cinco ríos entorno a Porto Alegre.

Para la autora, aunque me cueste llamarla así, tan formalmente, después de haberme dejado humanizarla, su identidad brasileña tuvo un rompimiento mucho antes de París, antes de adorar a los cowboys, antes quizá de encontrar polvo de pared entre sus pasos pues, me decía embarrando una papa frita en salsa picante, que en el sur de Brasil no te sientes brasileño: la identidad es otra, la sensación es otra. No hay un carnaval todos los días; hay muchas voces quedas. La idea de salir de Brasil, fuera a París o a otro sitio, nace como lo hace el amor al exterior: por la libertad de identidad que esto provoca.

Las dicotomías ella y los otros en su última novela, no espontáneamente, trae consigo también el condicionamiento de los demás; las decisiones en una sociedad que limita y lo condena todo, generando el desprecio por la exigencia social por parte del que apenas descubre quién es.

Entre risas, censurando detalles deliciosos que me llevaré hasta la tumba de alguna de las dos, brincamos al tema de la infancia, pues Carol Bensimon era de esas hijas únicas; niña pequeñita que, aburrida, seguía a figuras en hoteles y sitios ajenos para crearse historias, para enterarse de otros mundos, para salvarse del zumbido que en la niñez sustituye la soledad: soliloquios que terminarían en narraciones con constantes monólogos.

Pesarosamente, cuando ya casi no quedaban papas, la escritora me explicó que la novela no era autobiográfica: “Yo no soy Cora; creo que ella son muchas personas. Viajé tanto para construir este libro…”. Le pregunté entonces, cuando volví del baño y reflexioné mis emociones ajenas a esta entrevista, qué pensaba de la FIL: “Hay escritores que crean un personaje de sí mismos. Yo prefiero crear a Cora y a otros tantos; yo no puedo hacer eso: pretender ser otra de la que soy para recibir la atención ‘del escritor’”.

No sabía si pedir otra cerveza, y en eso llegó un señor a interrumpirnos cuando por fin habíamos regresado al enfrentamiento de Cora y sus padres frente a su des/orientación sexual –instantes de tensión y complicidad entre sonrisas y miradas que me rehúso a explicar egoísta-: “Encantado, mademoiselle”, me dijo coqueto. “Hablo español, señor.” El hombre comenzó a hacer preguntas y ninguna de las dos supo cómo explicarle que la entrevista ya había tomado lugar sin él en la escena. Tardo un rato en entenderlo y alejarse. Carol continuó y me dijo paciente: “Si me preguntas qué orientación sexual tenemos al nacer, te diré que creo que nacemos bisexuales. La gente condena a los homosexuales por ser lo opuesto a los heterosexuales, pero los bisexuales ni siquiera son tomados en cuenta; creen que la bisexualidad es una etapa que se acabará en uno de los dos, cuando en realidad no ocurre así. Uno puede ser bisexualidad toda su vida, y aun así elegir a una sola persona.”

Le dio frío por no tomar cervezas y, aunque insistí, se rehusó risueña: “La protagonista escribe frases feministas en jeans andrajosos, ¿la autora lo hace en textos literarios?”, le pregunté, sugiriendo un abrupto monosílabo, pero Carol Bensimon me explicó: “no quiero hacer literatura comprometida. Quiero hablar de seres humanos sin género; más allá de la lucha feminista. En esta historia no hay violencia en la ruta; no hay hombres heroicos y mujeres callejeras confundidas como putas. Es la historia de seres humanos más allá de concepciones sociales de género; supongo que ésa es mi visión; ése es mi feminismo. La historia aborda la voluntad de completar la identidad. La idea del viaje sin condicionamientos determinantes.”

Pedí la cuenta cuando la vi sacudirse por el viento frío que golpeaba su espalda. Me firmó su libro más reciente, el que me sacudió, escribiendo mal mi nombre. Subimos a mi carcacha de vuelta y la ayudé a ponerse el cinturón, todo eso sonriendo. Mientras caminábamos, sentía una insatisfacción por lo haber podido conseguir antes la novela, por no poder leerla en una tarde al no hablar portugués.

Hoy, a dos semanas de haberme encontrado con Carol Bensimon, tengo ganas de salir con pancartas a las puertas de las editoriales para que alguien se ponga a traducirla, editarla y publicarla. Pero manifestarse en la calle contra los poderosos, aunque está de moda, no suele traer buenos resultados. Sin embargo, soy consciente de que la noche de la entrevista en ese barrio hipster no se repetirá, y saco la lengua engreída por ello.

“Porque el menor sentir ya es riesgo”, decía uno de sus primeras obras, porque sentir implica una relación con el otro, la pérdida de control; “nos aterra perder el control”, contaba Carol. Sentir es, me explicaba, también una pérdida de identidad, una forma de ser en la medida que el otro lo permite. El menor sentir ya es riesgo, pienso desde que leí esa frase hasta ahora que redacto, Carol ya bien lejos, uno de los himnos de nuestra generación.

La historia de viajes como búsqueda de sí mismo, la sensación de insatisfacción hacia lo convencional, la bisexualidad como arma de ambigüedad elegida hacia la condena que exige que te decidas por un lado en la estación de tren; el enfrentamiento contra la tragedia social con un discurso sin violencia, uno que juega al mundo posible donde no tocan, por una vez, los monstruos que se esconden debajo de la cama, sino sólo –¡sólo!– los que deambulan dentro del que duerme en ella. Después de esa entrevista, después de traducir la mitad del libro, sabiendo que he dejado ir partes imperdibles en ello, lo he constatado: a mí también me encantaban los cowboys.

 

Foto: Roberta Sant’Anna

2 Comentarios

  1. Pablo dice:

    Qué gran entrevista! Dan ganas de leer más de Nydia y de Carol

  2. juan dice:

    maestra!…
    el justo equilibrio entre la crónica y la entrevista!

Deje su mensaje

Debes estarsuscrito para enviar un comentario.