Revista Intemperie

Mención honrosa Primer Concurso de Opinión Cultural Revista Intemperie 2013

Por: Intemperie
banksy

Como Revista Intemperie nos es grato comunicar la mención honrosa del Primer Concurso de Opinión Cultural Revista Intemperie 2013

 

En el contexto del Primer Concurso de Opinión Cultural Revista Intemperie 2013  en el que resultó ganadora la columna “El conjuro o el diablo los cría y el cine los junta, presentada bajo el seudónimo Chico Jarpo, el jurado ha decidido también otorgar una mención honrosa a la columna “Carentes” presentada por Bernardita Bravo bajo el seudónimo de Victoria Ventura.

De la columna “Carentes”, reconocida con una mención honrosa, el jurado destaca “su capacidad para hablar sobre la soledad femenina desde un punto de vista original y crítico, y discutir con fuerza la forma en que conceptos como el amor corren el riesgo de transformarse en productos de mercado. La columna logra presentar distintas perspectivas de análisis para abordar temas como la carencia afectiva, la banalización del deseo amoroso y el sueño del amor como mera fantasía cosmética”.

El jurado felicita calurosamente a Bernardita Bravo.
Atte.

Comite Editorial Intemperie.

 

Carentes

Curiosamente, las revistas orientadas a un público femenino –generalmente manejadas por mujeres- suelen ser cómplices de lo mismo que reprochan: presentan a la mujer como un ser incompleto, con atributos que “necesitan arreglo”: promueven la cultura de la carencia, y como de lo que no hay tiene que haber, aparece el gasto y la inversión. Todo sea por pertenecer a un patrón -el de la delgadez, el de la tendencia de este otoño, el del clásico “los hombres las prefieren rubias”-, aunque sea a costa del sentido común (que aunque común se echa de menos) y la noción de la medida (que más valdría tenerla a veces, por lo menos en pequeñas dosis). En materia de amor la cosa no es muy distinta: cuando el amor es demasiado, es difícil administrarlo, se vuelve grotesco. Así como gastar tanto dinero en cirugías estéticas puede resultar absurdo (“me puse pantorrillas”, le explicó una mujer a otra en el camarín de un gimnasio), no habría que gastar tanto amor en un otro; en ambos casos las modificaciones de conducta y estados de ánimo pueden ser comprometedoras (no tanto para el agente como para el que las padece o simplemente observa). La sociedad y sus caprichos se impone: así como estoy obligado a disimular las canas, estoy obligado a enamorarme, “como todo el mundo”. No puedo ser de aquellos que nunca han amado, pues no hay de ésos y de llegar a haber, no están muy a la vista y por lo tanto, “no existen”. Si no me baño, si no me pongo desodorante ni me afeito, soy un desecho social. Si no amo, también. No reparamos en algunos principios fundamentales[1] que vienen junto al fenómeno amatorio y que desbaratan su valor.

1. La inadecuación: desviación con respecto a una finalidad primera (o sea, yo mismo). Enamorarse apunta a un fuera de línea, no es cómodo; debo empezar a compartir el sillón, entre otros muchos objetos que en un principio fueron diseñados para una persona.

2. La acumulación: la sobreabundancia de sentimiento -amar siempre será excesivo- nos convierte en seres frenéticos. No sólo nos abalanzamos sobre el objeto amado, sino que también empezamos a acechar lo que nos ofrece el medio (más bien los medios de producción). Si antes pasábamos una tarde tranquila y en soledad en el hogar, ahora inventamos viajes complacientes, compramos regalos complacientes, comemos complacientemente. Se trata de acaparar con el fin de preservar al otro.

3. La percepción sinestésica: este principio puede ser muy peligroso; al tomar por asalto el mayor número de canales sensoriales de manera simultánea (cuando amamos queremos oler, degustar, oír, mirar y tocar al otro a la vez y todo el rato) nos volvemos simplemente medios tontos. En vez de agudizar nuestros sentidos de manera que nos informen, nos vuelve hiperestésicos: experimentamos al otro de manera extrema.

4. La mediocridad: amar no es novedad, es cosa de masas. Se asume una posición media y nos rige un principio de heterogeneidad donde puedo amar a uno, luego a otro, y después a ese de allí y así a muchos.

Así como el culto de la carencia provoca el culto al dinero (bajo la forma de mercancías para aniquilar esas carencias y volvernos, por fin, más “bellos” gracias a diversas prótesis), el culto amoroso no hace más que intensificarnos a nosotros mismos; prueba de esto la premisa de que es mi deseo lo que deseo, y el ser amado no será más que un agente de él. No es que quiera aprender, ver cómo mira ese otro (y qué es lo que mira); lo que quiero es mirarme a través suyo.

Pero podemos hacer el ejercicio inverso: situarnos en el lugar que niega lo recién afirmado y convertir estos principios en cualidades amorosas: qué mejor que el fuera de línea si eso lo provoca un ser que amo; qué importa gastar (dinero y sentimientos) si eso y él/ella me hacen feliz a pesar de la pérdida (que veo como una ganancia; el amor sigue siendo un producto, como los productos que vemos en las revistas); qué otra situación -además de ciertas experiencias con algunas drogas-, pueden provocarme esa hiperestesia donde la vigilia ya no supone un orden impuesto por la mirada de otros sino una especie de sueño extático; quién dijo que nos interesa tanto no ser de la media cuando hablamos de amor (donde lo que se quiere es complicidad, saber que al otro le ha pasado más o menos lo mismo que a uno).

Sí, podemos hacer este juego de por sí hiperestésico, donde el amor puede llegar a ser, aunque sea a ratos, una postal rosada y siempre sonriente. Pero es ese a ratos lo que genera preguntas: ¿quiénes son esos que aman? Y por lo tanto ¿cómo aman? “Se trata solo de hombres con todas sus debilidades y con toda su suciedad física y anímica”, dijo Thomas Bernhard en “El sótano“. Por lo tanto, digo yo, no es raro que amen de manera “inadecuada” o “mediocre”, ni que esos mismos hombres se pregunten, cada tanto o bastante seguido, ¿por qué la gente no consigue lo que (o a quien) quiere?;  “Existía todo lo necesario para satisfacer a todo el mundo; sin embargo, todos tienen lo que no quieren. Quizás usted consiga entenderlo, pero para mí no tiene ni pies ni cabeza”[2]. Razonable, porque generalmente, en materia de amor nada tiene mucho pie ni cabeza, y un amor puede ser perfecto cuando el paso del tiempo no le afecta, cuando nadie lo colma más que un único destinatario, y puede ser igualmente perfecto cuando es frágil, cuando un día se acaba y esa carencia es suplida con otro amor, así como la falta de labios puede ser solucionada con bótox.

 


[1] Estos principios, junto con otros, forman parte de la definición de lo “kitsch”; ¿habría entonces, concordancias de sentido entre ambos?

[2] Ford Maddox Ford en “El buen soldado”.

 

Foto: Banksy

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