Revista Intemperie

Cecilia Pérez, actriz

Por: Federico Zurita Hecht
Vocería sobre  ley de orden publico.

Imaginando que  el gobierno de Sebastián Piñera es una obra de teatro, Federico Zurita analiza el rol de la ministra vocera como uno de los principales personajes de esta obra empalagosa

 

Las siguientes palabras van a parecer un ataque personal, pero no lo son. Que no quepa duda de aquello. Este texto en su conjunto tiene una pretensión rigurosa. Esta es, hablar de un asunto de la realidad como si se tratara de una obra de teatro, sosteniéndome en el concepto “teatralidad”, y, por tanto, busco articular las ideas de forma semejante a como se desplegarían en una crítica de teatro.

El asunto de la realidad que me interesa es el gobierno de Sebastián Piñera a partir del rol que juega en éste la ministra Cecilia Pérez. Siguiendo esta idea, esta crítica considera como criterio de análisis la identificación de los posibles significados de la forma de declamación de una de las actrices del montaje Gobierno de Chile 2010-2013, en la construcción de su personaje.

Me refiero a la actriz Cecilia Pérez en el rol de “Cecilia Pérez, la ministra vocera”, un personaje construido a través de exageraciones en la forma de decir sus parlamentos. De esta forma estas exageraciones se presentan como gesticulaciones, como fingimiento y como falta de equivalencia entre lo que el personaje hace y dice, por un lado, y lo que piensa, por el otro. Digo personaje y no persona, pues, como crítico de teatralidades, no tengo cómo saber qué piensa la persona (actriz) y tampoco es fundamental para esta reflexión. Pero, claro, cada quien decide en qué proyectos discursivos participa y eso, de alguna forma, dice algo de cada uno de nosotros. Del personaje puedo hablar porque su lógica (en este caso “ilógica” controlada) se articula a partir de lo que hace, dice y piensa durante el desarrollo de la acción dramática.

Hay dos asuntos que debo explicar antes de seguir. Primero, Gobierno de Chile 2010-2013 es considerado, en estos párrafos, como una teatralidad, siguiendo la definición de Juan Villegas: “Entendemos ‘teatralidad’ como un discurso en el cual se privilegia la construcción y percepción visual del mundo. La teatralidad social es tanto una práctica como una construcción cultural. Como práctica social constituye un modo de comportamiento en el cual los seres sociales […] actúan como si estuvieran en el teatro […]. Como construcción cultural constituye un sistema de códigos de sectores sociales que codifican su modo de percepción del mundo”.

Segundo, la exageración de la declamación de la actriz Cecilia Pérez al representar a su personaje “Cecilia Pérez, la ministra vocera” no implica, aquí, avanzar en función de querer afirmar si ella es buena o mala actriz. Adhiero a la crítica teatral que es capaz de equilibrar el análisis de las formas de una representación en función de su rol en la obtención de un significado, por lo que me niego a hacer afirmaciones que digan si una obra es “buena” o “mala”.

A través de esta decisión metodológica, busco más bien lograr interpretar la eventual posición discusiva que ostenta determinada producción teatral a partir de la explicación de la coherencia entre formas y sentido. Esa coherencia permite que los significados de las obras formulen juicios conservadores o progresistas sobre algún asunto de interés específico, y yo, desde mi posición discursiva (que no puedo ignorar, porque soy un sujeto histórico), “juzgo” esos juicios a partir de lo eficiente (o no) de su articulación estructural. Pero si esa coherencia no logra concretarse, ni siquiera es posible postular qué quiere decir determinada propuesta teatral. Ahí no queda más que decir (y sostener a través de argumentos) que esa obra fracasa como construcción discursiva. ¿Esa es una “mala obra”? Tal vez. No lo sé. Prefiero decir: no presenta coherencia.

Si he partido este texto diciendo que lo que caracteriza el desempeño de la actriz Cecilia Pérez es la exageración en su declamación, podría creerse que lo que sigue es postular que la teatralidad Gobierno de Chile 2010-2013 es incoherente y, por tanto, ni siquiera es posible decir qué significa, porque el bajo nivel de las actuaciones distorsionaría cualquier posible intención discursiva. Por el contrario, creo que esta teatralidad social, que dura cuatro años y que ya está próxima a terminar, es tremendamente coherente. Por tanto, puedo entonces detenerme a señalar qué significa y juzgar su significado. Y al decirlo, puedo yo también “juzgar” sus juicios. Si Cecilia Pérez exagera en sus gestos al darle vida a “Cecilia Pérez, la ministra vocera” es porque eso es lo que ella debe hacer para que su personaje se desarrolle conforme a las necesidades discursivas de todo el montaje teatral, necesidades que en este caso avanzan hacia la formulación de una visión conservadora de la realidad que busca ocultar las contradicciones de ésta para, finalmente, instalar en la comunidad que ve esta teatralidad la aceptación de esas contradicciones. Por tanto, se trata de un montaje peligroso. Y el rol de la “ministra vocera” es parte central en esto. Veamos.

Hace un año, cuando Golborne y Allamand (otros dos personajes de esta teatralidad) eran precandidatos a la presidencia, “la ministra vocera” dijo: Sigue vigente la instrucción del Presidente de prescindencia total de las campañas políticas y territoriales de nuestros dos candidatos. Creemos además que ha sido una decisión sabia, que ha permitido que los ministros estén 100 por ciento abocados a sacar adelante los proyectos y a que no se politice el gabinete en un periodo de 15 meses donde tenemos que avanzar a tranco firme para poder responderle a los miles de chilenos que eligieron al Presidente Piñera”.

Como la vemos a diario en las noticias, mientras leemos la cita tomada de un ejemplar de La Tercera de diciembre de 2012, podemos recrear en nuestra conciencia cómo debe haber exagerado ciertas expresiones para concretar su gesticulación, su fingimiento, su impostura. Esto no es teatro realista, y por tanto que gesticule de esa forma no corresponde a algo condenable para los responsables ideológicos de este montaje. De hecho es útil. Ya diré por qué. Ahora es importante decir que lo curioso en la declaración del personaje es que al hablar de esta prescindencia por parte de los ministros del gobierno de participar en las campañas de los candidatos de la Alianza, esta ministra precisamente no está ejerciendo esa orden (tal vez porque la orden es una falsa orden que debe decirse con algún fin ideológico). El resultado: el personaje de esta obra afirma algo, pero hace lo contrario: difunde la supuesta transparencia que caracteriza a su sector político. Seis meses después ella afirmará, aún siendo vocera, que votará por Allamand, consolidando sus contradicciones. Está bien, “Cecilia Pérez, la ministra vocera” está siendo representada impecablemente por la actriz que la encarna.

Otro ejemplo (y con dos es suficiente). Cuando la “ministra vocera” llora, luego de que Harald Beyer es destituido de su puesto de ministro de educación, su lagrimeo empalagoso (y ridículo, podríamos decir en este intento por develar esta formulación discursiva) se articula como un nuevo fingimiento. Pero a estas alturas, el personaje (que ha protagonizado un nutrido número de episodios similares) se ha construido insistentemente siguiendo la búsqueda de una coherencia formal que permita el despliegue de su utilidad en el sentido total de la representación. Y si en ese momento no hubiese exagerado, si no hubiese “sobreactuado” (podríamos decir también), habría caído en una incoherencia. Así, al fingir de forma vulgar, la actriz Cecilia Pérez no traiciona jamás la lógica del personaje del que se hace cargo. Esto es así, porque ni ella ni Golborne (que no ha hecho nada ilegal, porque su conducta acaparadora, aprovechadora y perversa que, incluso, ha inculcado a sus hijas, se realiza bajo el respeto del estado de derecho) ni Piñera ni Chadwick son los villanos de esta obra de teatro. Los villanos aquí son los estudiantes que lideran el movimiento estudiantil que, atentos a las necesidades nacionales, hacen circular “cantos de sirenas” (como dijo Piñera en un arranque poético) y que hoy “sacaron provecho electoral” (absurdo que se lo he escuchado decir incluso a autodenominados progresistas); los funcionarios municipales en paro que, como la misma ministra Pérez afirma, sólo quieren presionar al gobierno en período electoral; los miembros del parlamento que rechazan la Ley Hinzpeter porque, según Piñera y Pérez y Chadwick, no desean la paz para el país; los que quieren educación gratuita y de calidad porque, eventualmente, estarían propiciando que los más ricos no paguen algo que sí pueden pagar (una de las joyitas del fingimiento de los protagonistas de esta obra). La “ministra vocera”, así, busca presentarse como uno de los personajes más queridos por el público al cual piensa dirigirse esta representación y convencerlos de que ellos no son villanos. Y la “ministra vocera” hace tan bien su trabajo que su impostura funciona.

¿Pero cómo funciona? ¿Qué busca este montaje teatral al presentarnos a un personaje con contradicciones así de visible? Una respuesta posible es que la estrategia discursiva de la que participa la conformación de esta encantadora gesticuladora (pero empalagosa a fin de cuentas) que ni se molesta en ocultar sus imposturas, es la de naturalizar el acto de fingir para, así, volverlo cotidiano y que los espectadores dejemos de cuestionarlo cada vez que el gobierno lo haga. Una vez ocurrido esto, cualquier funcionario de gobierno ya ni siquiera tendrá que esforzarse en ocultar las contradicciones que defiende, pues sólo bastará con fingir un poco, como “Cecilia Pérez, la ministra vocera”, y así, como ella, hasta puede parecer encantador. El espectador dirá: “nada debe ser cambiado, todo lo que ocurre es normal, ese que me está mintiendo está incurriendo en una conducta habitual, por qué yo tendría que cambiarla, si la ministra, que es tan querida, lo hacía tanto”.

Esa falsa conciencia, entonces, permitirá que el fortalecimiento de la estructura de poder sea más sencillo a través de la falta de cuestionamientos. Si lo pensamos en términos de la teoría teatral, esta exageración busca precisamente lo contrario de lo que la misma conducta busca el Teatro Épico propuesto por Bertolt Brecht, en el que la gesticulación no realista, la exageración, busca mantenernos conscientes de que lo que vemos es teatro y no la realidad, para que así el público no se emociones y, en cambio, reflexione, y pueda, luego de contemplar en el teatro las perversiones de nuestra sociedad, transforma el mundo. La diferencia con el teatro del gobierno está en que, aunque la actriz Cecilia Pérez gesticula de forma no realista, sí quiere convencernos de que es honesta y, por tanto, le baja la exigencia a la construcción de la “verdad”.

Con lo anterior, ya podemos afirmar que la actriz Cecilia Pérez actúa de la forma apropiada para que el personaje “Cecilia Pérez, la ministra vocera” participe del montaje teatral Gobierno de Chile 2010-2013 de modo eficiente, produciendo la naturalización de la falsedad, porque así el gobierno del que ella forma parte despliega su falsa conciencia sin que a un gran porcentaje de la población se le ocurra cuestionarlo. Cecilia Pérez hace bien su trabajo, y por eso, muy probablemente ella será llamada a actuar en futuros proyectos teatrales junto a otros muy buenos actores de su sector. Debemos estar atentos a su carrera.

 

Foto: La Tercera

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