Revista Intemperie

Un videojuego de la transición democrática

Por: Joaquín Escobar
ninos extremistas

Es una constante abusiva de la literatura chilena considerar lo pretérito como parte de un paraíso perdido, dice Joaquín Escobar, explicando porque cree que Niños extremistas, de Gonzalo Ortiz, supera esta visión.

 

Whisky barato, viejas gasolineras que explotan, un bar llamado La Cucaracha, una cabaña escondida en un bosque y un vecino con moléculas de Ned Flanders oxigenan las páginas de esta entretenida novela. Niños extremistas de Gonzalo Ortiz Peña es un texto dinámico donde un cineasta, después de seis años, regresa a su ciudad natal para realizar un documental. En un contexto donde recién ha finalizado la dictadura, el protagonista se vuelve a encontrar con sus amigos de infancia: un ex frentista y un poeta; y entre latas de cerveza y radiocaseteras donde rechina La Polla Records, el trío asalta un banco y hacer volar la torre de subestación eléctrica de la ciudad.

Interesante es la propuesta de Ortiz Peña quien traslada las problemáticas de la transición democrática a la ciudad de Penco. Se escapa al convencionalismo literario de señalar a Santiago como el espacio único de las transformaciones políticas propiciadas por la dictadura; ahora nos internamos en los bosques y playas de la octava región para observar desde esta óptica los procesos ocurridos.

Hallamos una comunidad pequeña donde todo es conocido: desde los baches que adornan la calle principal hasta el policía que patrulla por el pueblo. No estamos ante la vorágine de una metrópolis, ahora nos situamos en cuatro esquinas fantasmales donde se conservan las prácticas del recién concluido régimen militar: “tengo recién diecinueve años de edad y la dictadura ha terminado en los papeles, no en la práctica. La democracia aquí es aparente, fingida, postiza”.

Al lado del camino quedan estos tres amigos frente al discurso imperante del Chile la alegría ya viene; y lejos de sentarse a contemplar como el tren huye con ellos abajo, expulsan grandes dosis de rabia contra lo que los rodea. Paralelamente a esto, es novedosa la dualidad melancolía-rabia en torno al pasado que proponen los personajes. Es una constante abusiva de la literatura chilena considerar lo pretérito como parte de un paraíso perdido; si bien es cierto que Niños extremistas igualmente recurre a esta variable, también los personajes manifiestan odio contra una parte de la ciudad, lo que se evidencia cuando contemplan con satisfacción el choque de un camión contra el que fuera su liceo.

En algunos pasajes el texto se torna débil en la construcción de los personajes a partir de su discurso político. Reflexiones infantiles y carentes de originalidad no logran hilar un diagnóstico interesante sobre el contexto en el cual transcurre la novela. En contraposición a ello sí es interesante el vínculo que establecen con la madrugada y el ocio, allí los personajes comparten pequeños átomos con las creaciones de Irvine Welsh y Daniel Hidalgo; en esas fiestas donde hay “más jabas de cerveza que invitados” la narración alcanza hilarantes momentos. Los amigos habitan un monótona cotidianeidad que describe el cineasta: “Desayuno a las dos de la tarde un plato de arroz con huevo frito. Salgo sin esperar nada, afirmado en la reja enciendo un cigarrillo”.

Aquella habitualidad es producto de un sistema de libre mercado que comienza su perfeccionamiento durante los años en que se sitúa la novela. El modo de producción capitalista los relega a ser parte del baile de los que sobran, y desde esa histórica derrota se rebelan (sin un sustento ideológico partidista) contra el conformismo de la rutina que habitan.

La novela se divide en tres capítulos: en el primero y el tercero el cineasta oficia de narrador desde el presente en el cual transcurren los hechos. En el segundo, son los cuadernos del poeta escondidos en una cabaña quienes detallan cómo y cuándo se conoce el grupo de amigos. En largos pasajes Niños extremistas alcanza un vértigo similar a los sucesos que encontramos en las novelas de aventuras. Los personajes parecen un grupo de piratas de la década del noventa que huyen, roban y se emborrachan en los bosques de la ciudad. La dinámica e intensidad que apreciamos en las escenas finales convierten el relato en un videojuego de la transición democrática; en ese lugar donde los antihéroes de la consola vagan por las mismas calles desde donde no se escribe la historia oficial.

 

Niños extremistas

Gonzalo Ortiz
Sangría editora, Santiago, 2013

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