Revista Intemperie

El día que le regalé un libro de Leonart a Novak Djokovic

Por: Juan Carlos Echazarreta
djokovic nadal pinera

De cómo Juan Echazarreta interrumpió su lectura, fue a una clínica de tenis, trabó contacto con los ídolos deportivos y practicó su spanglish

 

UNO. Es martes en Santiago y hace un calor de la gran puta. Me junto con la Elisa a almorzar en Providencia. Podría contarles que almorzamos en La Jardín o en el Holm; pero ni yo me lo creería. Sin duda sería mucho más esnob, más literario, si cabe ser literario, pero no podría permitirme ser tan farsante y arribista; tan ahuevonado, en definitiva. Lo cierto es que almorzamos en el McDonal’s y estuvo la raja (mientras comimos). También es cierto que me había comprometido en acompañar a la Elisa a una entrevista de trabajo que me daba un poco de paja. Pues bien, como soy precavido (no, eso sería mentira). De nuevo: Pues bien, intuyendo que la espera sería larga tuve la feliz ocurrencia de llevarme un libro en la mano. Era un libro que había empezado a leer hace un par de días: Lacra, la novela más reciente de Marcelo Leonart. Terminamos de comer, nos paramos de la mesa y enfilamos rumbo a la entrevista. Apenas la Elisa entró a la oficina sentí la infame amenaza de un tifón intestinal que sin embargo pude aplacar con una pastilla de carbón que compré en la farmacia de en frente. Esperando la recomposición homeostática abro el libro de Leonart y me pongo a leer. Han pasado casi dos horas y la verdad es que no me he dado ni cuenta. Es más, la novela era tan descarada y divertida a la vez que habría rogado para que esos inquisidores de recursos humanos alargaran el interrogatorio de rigor y así yo pudiese leer otro poco.

DOS. La Elisa es actriz y también es madre, así que está buscando pega en una aseguradora, muy a su pesar. Lo noto en su cara tan pronto la vi atravesar la alardosa mampara de la compañía de seguros. Viene acercándose a mí y le pregunto cómo le fue. Yo creo que bien, me dice, aunque en la parte de las láminas (test de rochard?) vi dos angelitos amariconados besándose. ¿Y les dijiste la verdad? Sí, responde. Chuuuu –resoplo con la mano en la cabeza–. Ella ríe y se encoje de hombros. Y yo me río con ella. Le doy un beso en la mejilla y salimos de la mano.

TRES. Caminamos por Tobalaba, bajo la sombra recortada de los edificios. La Elisa, mi libro y yo, formando un trío que yo necesito y que ella tolera con aplomo desde que nos conocimos y somos pareja trío. Me pregunta si acaso sabía que Djokovic y Nadal iban a dar una clínica de tenis para los niños de la Teletón hoy en el Estadio Español. No, no tenía idea, le digo. Me parece rara la noticia y entonces acudo a mi omnisapiente teléfono móvil (mucho más inteligente que yo, definitivamente) quien me confirma que es verdad, que la Elisa tiene razón, que Nadal y Djokovik –número 1 y 2 del mundo– en 20 minutos más estarán en el Estadio Español, a solo un par de cuadra desde donde estamos. Paramos al primer taxi, nos subimos y partimos.

CUATRO. El portal del coño recinto está atiborrado de gente. Pacos, reporteros, críos vestidos ridículamente de blanco, sosteniendo sus pelotas gigantes cuya única función es que el ídolo de marras estampe su rúbrica a la rápida. (O sea: ninguna función). Y entonces nos abrimos paso como dos ratas, sorteando y trampeándole a la gente, hasta que chocamos de frente con la piedra de tope: un simio vestido insensatamente de terno que, antes de dirigirle la palabra siquiera, nos dice: ¡Solo para socios! La Elisa es socia, pero yo no. Ergo: ella puede entrar y yo no. Pongo cara de torero, me encomiendo “al fary” y adopto un rictus monárquico, onda Carlos V, y avanzo mirando al humanoide de traje por encima del hombro, y éste me martilla una mirada no exenta de sospecha y contrariedad, pero que, a fin de cuentas, no sirve de nada, porque me abre la puerta igual. Ingreso y camino sin darme vuelta. La Elisa, más atrás, saca su carnet de socia y entra también. Yo desaceleró el tranco y ella me pilla a unos cien metros de la entrada. Vaya, ¡Qué morros tienes! Sois un guarro, me dice, resueltamente dicharachera, con su tórrida sonrisa de siempre. ¡Qué te peten, zorra!, contesto, en jocosa sintonía, con mi peregrina sonrisa: todo un atentado a la ortodoncia.

CINCO. Cuando llegamos los jugadores ya pisaban la cancha. Esto es una clínica de tenis, es decir, no juegan entre ellos sino que solamente paletean con los pacientes parapléjicos de la Teletón, los cuales, en esta ocasión, tienen la posibilidad de cumplir su sueño raqueteando, desde la infortunada parálisis de su silla de ruedas, con sus millonarios y atléticos ídolos que, por compromisos con la empresa privada, realizan estas edificantes performances de caridad y compasión. De lejos, observo a Nadal. Levanta un abductor, luego el otro, hace un pequeño skipping y se lleva la mano al culo para acomodarse los calzoncillos: ¡Nadal es tan competitivo que calienta hasta para jugar con los parapléjicos! Veo a mi amigo Yogúr dentro de la cancha y le hago una seña y entonces me paso la baranda y me parapeto al fondo, en una esquina de la cancha. Tengo tantas ganas de jugar que sería capaz de pedir una silla prestada. En fin. Se termina el evento y los jugadores acuden a sacarse fotos con los niños de la Teletón. Primero lo hace Djokovic, muy cerca de donde estoy yo, apoyado, Lacra en mano. Acto seguido lo hace Nadal y entonces las cámaras, los niños y los guardias, toda la atención, en definitiva, se desplaza hacia el mallorquín. “Nole”, en tanto, permanece en su sitio, a escasos metros de mí. Decido acercarme hacia él y de golpe me asalta una rara sensación de frío y calor, de fervor, quizá. Y me siento poseído por esa pulsión tan sudaka en virtud del cual, al toparnos con una celebridad, nos ponemos (hiper)generosos, farkianos, sintiendo el deber categórico de regalar hasta los calcetines. Yo lo único que llevo conmigo es el alunado y desternillante libro de Marcelo Leonart. ¡Novak, recieve this book, as a gift, the story of Chile, the terribul story of chile, written by the most terribul of raiters!, le digo en mi inglés del Cachapoal (más parecido al de Zizek, que al del de los Huasos Quincheros, inexplicablemente). Me dice: Gracias, en correcto español. Le entrego el libro y examina brevemente la portada, y luego me mira y me dice: ¡But friend, this is Serbia! No, no, is a pic del río Mapocho, el Sena de Santiago –le explico–, solo que más cochino, y sin water. Un wáter. Thank’s, dude, me dice. Y se acomoda el libro debajo del ala como si fuera un termómetro y luego se va junto a los organizadores. En esta parte del relato podríamos decir que Novak resultó ser un lector voraz, que se leyó Lacra en el avión y que, al llegar a Serbia, se lo recomendó personalmente al primer ministro y que luego Lacra se convirtió en un best seller no sólo en Serbia sino que en todos los países de la ex Unión Soviética, y que, por fin, Leonart alcanza la consagración como escritor y vive de una vez y para siempre de sus legítimos derechos de autor (y entonces ya no tiene que hacer más televisión para poder hacer teatro)… Y también podríamos decir que Novak Djokovic, el mejor tenista balcánico de todos los tiempos, le pone Marcelo a su hijo menor, y no en honor a Marcelo Ríos sino que por Marcelo Leonart, de raiter. Podría decirlo, es cierto; pero sería una estupidez del porte del Costanera Center, una impostura imberbe, un disparate, una burrada, porque lo más probable es que Lacra ni si quiera haya podido entrar al bolso reserva que el serbio guardaba en el camarín. Puesto así, difícilmente haya conseguido llegar al Sheraton, y menos al avión. Así pues, lo más franco que les puedo decir es que mientras gozaba la novela de Leonart me había propuesto escribir una reseña de la misma. Reseña que ahora, dicho sea de paso, no puedo escribir, porque perdí el libro y no alcancé a leerme el final. Porque le regalé Lacra al serbio Novak Djokovic, número dos del mundo, el mejor tenista balcánico de todos los tiempos, a la vulgar manera en que una fanática neurótica le lanza un peluche a Arjona, absolutamente convencida en su idiotez de que el osito volador compartirá luego un pedacito de cama con el guatemalteco en un rinconcito de su Quinto piso. Y resulta que yo soy neurótico pero no huevón (no del todo, al menos). O tal vez sí, porque ahora tengo que salir a comprar el libro otra vez.

(Continuará… con una reseña poco ortodoxa)

 

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3 Comentarios

  1. Matías Román Brañes dice:

    Que rico es leer una buena historia un día lunes por la mañana, me reí mucho. Estaré a la espera de otra aventura de Echazarreta.

  2. Fakir Libidinal dice:

    Sublime. Lo disfrute harto, entrando al fondo y no a la forma, me gusta cómo hiciste camino al caminar ese día. Pues, los eventuales planes que tenías para esa calurosa tarde de verano, los mandaste a la misma mierda para alimentar, desde el club gallego, tu sentida y frustrada pasión: el tenis.

    Que esa pluma no se detenga,
    LO DEJO PLANTEADO

  3. Ivo dice:

    jajajjajaja grande Chaza !!! un abrazo

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