Revista Intemperie

Un tríptico inquietante

Por: María José Navia

cuando hablabamos con los muertos

María José Navia comenta lo último de Mariana Enríquez, Cuando hablábamos con los muertos, un libro inquietante sobre el terror, los espíritus y el mal

 

Hace algún tiempo leí en la revista Dossier una entrevista que Leila Guerriero le hizo a Mariana Enríquez. En ella (tremenda entrevista/perfil, léala ya), Enríquez comentaba que una buena canción le parecía tanto o más valiosa que una novela. (La cita exacta es “Yo escucho una canción perfecta y me parece mejor que cualquier novela”). Subrayé esa frase. La tuitié. La guardé. Me cayó bien Enríquez. Aunque no había leído nunca nada de ella.

Eso, hasta ahora que la recientemente estrenada editorial Montacerdos publicó el inquietante tríptico (tres relatos maravillosos, siniestros, perturbadores, fulminantes), Cuando hablábamos con los muertos.

Son 140 páginas y uno quisiera que no se acabaran nunca. Que en la última se escondiera una llave secreta que llevara a nuevos pasadizos y rincones, o un tablero de Ouija para comunicarse con nuevas historias, nuevas voces. Tres cuentos que hablan de desapariciones y miedos, de dolores y deseos que, cuando se vuelven realidad, hacen temblar el mundo.

En el primero, “Cuando hablábamos con los muertos” un grupo de amigas se junta en distintas casas a jugar a la Ouija. Al comienzo, se dedican a llamar a espíritus cualquiera, hasta que una de ellas se empecina en querer comunicarse con sus padres desaparecidos (“Estaban desaparecidos. Eran desaparecidos. Nosotros no sabíamos bien cómo se decía”. En sus intentos, los espíritus que encuentran se ponen nerviosos al ser consultados por sus paraderos y la historia va adquiriendo ribetes perturbadores a medida que avanzan las pesquisas. El primer cuento también – y este es un comentario de fan, de esos que no pueden evitarse aunque tal vez no venga tan al caso de mi argumento– tiene uno de los mejores comienzos que he leído y, de alguna forma, hace presagiar la maravilla que se tiene entre manos: “A esa edad suena música en la cabeza, todo el tiempo, como si transmitiera una radio en la nuca, bajo el cráneo. Esa música un día empieza a bajar de volumen o sencillamente se detiene. Cuando eso pasa, uno deja de ser adolescente. Pero no era el caso, ni de cerca, de la época en que hablábamos con los muertos. Entonces la música estaba a todo volumen y sonaba como Slayer, Reign in Blood.”

En el segundo relato, “Las cosas que perdimos en el fuego”, los periódicos y los espacios urbanos empiezan a llenarse de historias de hombres que, por celos o bruta maldad, desfiguran a sus mujeres bañándoles los rostros con alcohol para luego prenderles fuego. Del horror de la violencia se pasa a la brutalidad de la convicción de un grupo de mujeres que comienzan a incendiarse para así inventar una belleza nueva. La decisión es perturbadora y conmueve; la forma en que se describen los rituales de quema es simple y magnífica: “La mujer entró al fuego como una pileta de natación, se zambulló, dispuesta a sumergirse: no había duda que lo hacía por su propia voluntad, una voluntad supersticiosa o incitada, pero propia.”

En el último relato (ese que se lee con cuentagotas, para que no se acabe; ese momento en toda montaña rusa en que levantas las manos porque ya viene el vértigo y la caída deliciosa) “Chicos que vuelven”, dos personajes, Pedro y Mechi, investigan las desapariciones de chicos y chicas en Argentina. A través de trabajo detectivesco, búsquedas de archivo o escrutinios en internet se empieza a dibujar un mundo de ausencias que parece superponerse al de la realidad de Buenos Aires. Hasta que un día, los chicos comienzan a volver. Tal cual estaban al momento de desaparecer. A pesar de los años, a pesar de sus supuestas violentas muertes (“Mechi a veces temblaba de furia ante tanta cobardía, tanta puerilidad. Quería que alguien empezara a gritar por televisión, que aullara, que dijera ‘esto es más raro que la mierda, quiénes son estos chicos, quiénes son’”. Y en lugar del alivio y la vuelta a la normalidad, se desata una inquietud que bordea lo monstruoso y una ola de desesperación entre las familias y los habitantes de la ciudad:  “Pocos salían y nadie se acercaba a los parques donde vivían los chicos. Ellos seguían sin hacer nada, simplemente estaban allí”.

Es rara la mezcla que se encuentra en los cuentos de Enríquez: una sonoridad y plasticidad maravillosa del lenguaje, con la textura de los modismos argentinos y expresiones que alcanzan siempre la nota perfecta, junto a una prolijidad de descripciones y una narrativa bella y profundamente inquietante que recuerda a los mejores cuentos de Shirley Jackson o Steven Millhauser, o bien a su compatriota Samantha Schweblin o incluso Roberto Arlt.

Se trata de tres cuentos como tres canciones perfectas. Cuando hablábamos con los muertos es como esos discos que dan ganas de escuchar una y otra vez. Una melodía que ya no se va más de la cabeza.

 

Cuando hablábamos con los muertos

Mariana Enríquez
Montacerdos, Santiago, 2013

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