Revista Intemperie

Las graves deficiencias del electorado chileno

Por: Vidia Gutiérrez
Elecciones Municipales

Vidia Gutiérrez lanza una mirada crítica sobre los fallos y vicios de nuestro electorado a pocos días de la próxima elección presidencial y parlamentaria

 

La calidad de la democracia chilena es muy baja. El sistema binominal decide de antemano quienes llegan al Congreso, independiente de la votación que obtengan. También sufrimos la existencia de sólo dos fuerzas políticas que se alternan en el poder y hay numerosas trabas para la creación de nuevos partidos. Y además está la imposibilidad de que los chilenos voten en el extranjero, derecho asegurado incluso en países criticados por “poco democráticos”. Estas son algunas de las piedras en que tropieza nuestro orgullo cívico y que son temas que suelen estar en el debate público.

Pero de lo que no se habla mucho es de la calidad de electores chilenos y del ejercicio muy cuestionable de su derecho a voto.

Muchos votan sin siquiera tener un candidato que los represente. Votan por “no perder el voto”. Votan por “el mal menor”. Incluso muchos deciden su voto por las encuestas, apostando a ganador. Pocos ejercen el voto informado, o se informan, pero eso no cambia su opción, que está decidida de antemano por criterios totalmente subjetivos. La campaña Marca tu Voto es una muestra de eso. Muchos de los que llaman a marcar AC en la papeleta, votan por Bachelet, aunque ella no apoya la idea de una Asamblea Constituyente. El voto por ella no está decidido por los compromisos de campaña o por su gestión anterior (durante la cual no se promovió un cambio de Constitución). Votar por ella, entonces, más que un voto consciente, parece ser una cuestión de fe.

Este cuestionamiento no pretende implicar que haya que entregarle el voto a alguno de los otros candidatos a Presidente. No se trata de decidir el voto por descarte. Si no hay un candidato que me represente ¿por qué votar? Si los candidatos tuvieran que ganarse cada voto, posiblemente se esforzarían por representar efectivamente a sus electores, en lugar de representar a sus partidos. Actualmente, el voto es voluntario, y antes de eso, la inscripción en el registro electoral era voluntaria. No votar es también una opción política y, de hecho, la abstención ha emergido como una fuente de preocupación transversal en la clase política. Hay ahí una cantidad importante de votos a ganar y un electorado potencial mucho más exigente, uno que necesita ser convencido, uno que no votará por inercia.

Esto no es válido solamente para las elecciones presidenciales. En las parlamentarias, si bien son los partidos los que toman las decisiones mucho antes de los comicios, los votantes refrendan esa decisión con su voto. A pesar de ello, parecen no sentirse parte de aquello, y el Congreso suele aparecen en las encuestas entre las instituciones con menos confianza y credibilidad por parte de la ciudadanía.

Lamentablemente, las críticas que recogen los estudios de opinión rara vez se reflejan en la intención de voto: mientras se clama por una renovación del parlamento, se sigue votando por las mismas personas que proponen, desde hace décadas, las grandes coaliciones. Algunas de ellas se han reelegido varias veces, pese a que para hacer campaña dejan de asistir al Congreso entrabando el trabajo legislativo (sin dejar de percibir dieta), una de las actitudes más criticadas por los mismos que les dan el voto. Los partidos, a su vez, interpretan la exigencia de renovación de manera particular, ofreciendo cupos a hijos o nietos de figuras políticas: caras nuevas, apellidos viejos; y aunque carezcan de más mérito, consiguen altas votaciones por parte de los que más tarde se quejan del nepotismo.

El mismo hecho de criticar al sistema binominal por ser poco democrático, y al mismo tiempo descalificar a quienes no desean participar en él, resulta incoherente.

Si es por medir el compromiso democrático de cada persona, cabría preguntarse qué hacen los votantes después de las elecciones. ¿Participan en algún tipo de movimiento ciudadano? ¿Se informan acerca del trabajo legislativo de sus representantes en el parlamento? ¿Influye esa información en sus posteriores preferencias electorales? Todo parece indicar que no, que la mayoría de ellos simplemente se va para su casa, delegando el grueso de la actividad política en los partidos, pese a que son también instituciones que marcan escasos niveles de confianza en la opinión pública.

La democracia ha terminado por ser el simple acto de depositar un papel marcado en una urna, algo que se hace sin más sentido que seguir la corriente. La mala calidad de los electores es parte de la mala calidad de la política chilena, y acaso, su principal responsable.

 

Foto: La Tercera

Un comentario

  1. epineux dice:

    Si alguna vez hubo una conciencia cívica de lo que representa elegir a un candidato para dirigir los destinos de este país, ésta terminó exiliada en aquellos días oscuros de la dictadura. Si nuestra educación sigue estando basada en criterios que sólo apuntan a un objetivo basado en el desarrollo económico, entonces dificilmente podremos salir de este estado de ignorancia. La situación se ve agravada porque para el grueso de la población no hay instancia alguna en que se pueda recibir algún tipo de estímulo para crear conciencia de lo que significa un estado democrático y las responsabilidades que esto conlleva. Mientras no se instale como tema país la necesidad de educar verdaderamente a la población, entonces seguiremos sufriendo este rio revuelto con la consiguiente ganancia para los pescadores de siempre (en todo caso, hay plantas que florecen hasta en el pavimento, así que no todo está perdido).
    Ah! y para los que no votan porque consideran que nada los representa, yo le insto a que vayan a votar igual, que escriban en el voto sus demandas o aunque sea para dibujarle bigotes a los candidatos. Hay que hacer notar que estamos activos y que el ausentismo no se confunda con desidia, que de esta última se alimenta el status quo y las pocas ganas de cambiar las cosas.

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