Revista Intemperie

Copuchando en una lengua artificial

Por: José Ignacio Silva A.

colores descomunales

José Ignacio Silva celebra la segunda entrega poética de Christian Anwandter, que intenta ajustar el lenguaje diario a un reporte de exploraciones “metafísicas”

 

Dentro de los poetas nuevos que están haciendo sus armas en Chile el nombre de Christian Anwandter (Santiago, 1981) circula desde hace ya tiempo. Autor de Para un cuerpo perdido -un libro promisorio, y de una factura afianzada y renovadora-, realiza, tras cinco años, una nueva entrega, Colores descomunales (LOM, 2013).

Se percibe un cambio en estos cinco años de distancia entre ambos libros, la escritura de Anwandter se ha modificado, pareciendo tender ahora a la contracción, a la economía expresiva. Si en Para un cuerpo perdido los versos se caracterizaban por un carácter robusto y enérgico, a saber:

Yo nunca descarté
besar el muslo amargo. Aun cuando veía
el vaho en la ventana tocar quise
tu cuerpo. Qué importaba que las calles
de nieve se cubrieran y que blanca
la aldea se perdiera en el silencio
intacto del invierno

Colores descomunales el autor opta por la sugestión, por cargar un lenguaje cotidiano en las palabras, de significado y posibilidades, (“No pensís tanto en la línea dijo el culiao”), desembocando en una fragmentación, como sucede hacia el final, en la sección “Galpón de honduras”, pero siempre con la intención –lograda- de mostrar una trastienda de lo escrito, un rico espesor de lo expresado, cotidiano y a la mano en la superficie.

Anwandter ahora sitúa en sus textos mesas de comedor, comidas, automóviles y en la propia labor y la conciencia de poetizar, todo dotado de un punto de fuga:

Buena imagen, llamarnos a nosotros
mismos: ‘pobres esponjas de lo real’,
no tanto por la simplificada acción
de absorber cuanto nos rodea
(…)
Lo que absorbemos
rara vez se expulsa –aunque estrujemos-,
y cuando se hace, es como un espejismo: una compra
para absorber más de los objetos,
chupar de su nuca más sustancia,
indigesta…

El autor despliega una baraja de peripecias expresivas, y ante esta habilidad surge la impresión de que son formas de rellenar un vacío, pero no de forma inoficiosa, sino para nombrar de múltiples maneras los elementos del paisaje,

un poder
en un paisaje
en todo caso atravesado
por las cosas por el verso
y tajado por la visión
de un cielo pálido

y más allá

ansias de nitidez
de precisión
de colocar al mundo
en su lugar
y contemplarlo

Sí hay continuidades entre los dos libros de Anwandter, y que dibujan su identidad poética. En ambos libros se percibe una intención de alejarse de un lenguaje superficialmente trabajado, una voluntad de ajustar el lenguaje diario a un propósito y una dimensión diferentes, superiores, si se quiere.

En este sentido es tan importante lo que se incluye, muchas veces mínimamente, en la página en blanco y lo que se omite. He ahí un juego de destrezas, de inteligencias y de opciones poéticas claras que en Christian Anwandter se denotan ponderadas y sustanciosas, aún cuando ya ciertas formas de disponer el poema, fragmentarlo y haciendo transpirar a la puntuación, no sea precisamente una táctica novedosa, no deja de ser efectiva, y que, al retroceder para volver a observar el libro en su conjunto, permite vislumbrar un poeta que se esfuerza por desarrollar una capacidad de situarse en diversos espacios y discursos, mediante un lenguaje trabajado en múltiples y trascendentes modalidades, gracias al oficio del autor. 

Colores descomunales es otro reporte de las exploraciones metafísicas (lo diremos así) que el autor hace del lenguaje, sin descarte alguno de cualquier vertiente. Un trabajo de inteligencia que, es de esperar, no tarde otros cinco años en manifestarse.

 

Colores descomunales

Christian Anwandter
(Ilustración de portada por Cristóbal Schmal)
LOM, Santiago, 2013

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