Revista Intemperie

Un cuerpo ahí afuera

Por: Oscar Orellana
paul delvaux

 

Cae sin peso el tiempo; trae consigo más horas, más noches, más días, más gente, más conversaciones ¿para qué? Nunca eliges, la vida te arrastra aquí o allá. Te dejas llevar como empujado por una renuncia congénita, una cobardía sombría. No te asusta la oscuridad, pero sí la rotación de los planetas, la marcha del tiempo. El tiempo que te obliga a convertirte en una persona real; a aceptar el amor, tener una pareja, formar una familia, la moralidad. Todas esas estatuas burguesas. Aunque lo que de verdad te gustaría, sería bajar hasta esa zona sin acceso, ilegal, el pasto electrificado, y tirarte allí boca abajo el resto de tu vida, en donde no hay indicaciones y todo es oscuro, como si te reconociera. Hasta disolverte en ese estado de desaparición en el que uno se siente más presente que cualquier otra cosa que exista.

Estás en la sala de espera de un dentista, y también estás en el 23 de febrero de 1965, el día en que Max Aub anotó en su diario: No tengo miedo a la muerte. Tengo miedo a que sea aburrida. Tu primer diente postizo, ya no eres joven. Tampoco es que importe mucho. Calor insoportable, en la otra habitación unos niños maúllan; sus voces son el registro patológico del recuerdo. No te interesa una lectura psicoanalítica de tu vida. Quieres escapar de la especulación poética, de su falsa ternura. Desearías imitar las palabras, el comportamiento de los organismos que matan, que traicionan: ahí, en ese espacio, donde el hombre es más verdadero. Buscas el lenguaje de las autopsias, de las desollaciones, los abecedarios malévolos, forenses. El sacerdocio panóptico de los edificios, de los malls, de las cámaras de vigilancia. De esas cámaras que llegan a todas partes, excepto a las manos de alguien que justo ahora mata a una mujer de nombre Marta Peña Zamorano, para luego descuartizar y quemar su cuerpo. Un cuerpo que queda tirado como un animal dormido entre la maleza. La sangre todavía caliente que gotea desde sus oídos, la piel carbonizada, y sobre el cuerpo, un viento que toca a Marta suavemente, en un mundo que ya no existe para ella.

Pero todo eso ya no importa, porque esa mujer, que desde ahora se recordará como “la descuartizada” tenía un tatuaje y un historial policial de drogas y detenciones, que los noticieros repiten una y otra vez, desde esos estudios perfectamente iluminados, para informarnos en detalle. Para tranquilizarnos, mientras nosotros dejamos conectar la conciencia a un circuito de mensajes superpuestos, desmantelados, deconstruidos, desarticulados, dislocados de la nada. Una aislación, una amnesia gruesa, que nos permite un descanso para dar una caricia aliviada sobre las pequeñas cabezas de nuestros hijos, sin llegar a pensar nunca que mañana podríamos estar acariciando sólo un cráneo destrozado. La muerte violenta del otro; esa es la nueva pornografía. Una pornografía en pantallas de alta resolución, que satisface la promesa que la anatomía y el sexo ya no pueden cumplir.

De regreso del dentista te detienes en una galería donde venden libros usados, revistas de tejido y cotilleo, discos, postales de viejos militares nazis, comida para gatos y prótesis ortopédicas. Encuentras una vieja película brasileña de 1969 llamada Mató a la familia y se fue al cine. La compras para no verla. Prefieres permanecer en la penumbra del argumento, sin arruinarla. Te quedarás con ese extraño título en la memoria hasta olvidarlo. Comprendes que te has enamorado de tu propia muerte, que alargas la mano para cogerla y ella te responde siempre con indiferencia. Entonces todo lo que has venido haciendo no es más que una larga y patética declaración de amor. El necrófilo fue un personaje de moda durante el siglo XIX. En numerosas casas de citas y burdeles, se podía encontrar una habitación que tenía características muy particulares: todas las paredes estaban pintadas de negro, y sobre la cama, entre misteriosas figuras, incienso y cirios, una joven vestida completamente de blanco, a quien habían empolvado para así hacerla parecer todavía más pálida. Los ojos muy cerrados, sin respiración aparente. Siendo no pocos, quienes previo pago, concertaban con exagerado entusiasmo una cita con esa amante inmóvil, extraordinaria, irrepetible.

Decidir cómo gestionar la soledad es algo que se vuelve complicado. Ahora de pie en medio del dormitorio te parece que el silencio no finaliza nunca. Has visto cómo ese silencio lo deshace todo. Cruzas el pasillo dentro de un movimiento inútil, dramático. Duermes poco. Esperas que lleguen las frases completas, bien organizadas; las frases que cuentan el final de toda la historia. Todas las noches antes de acostarte reorganizas las sabanas. Duermes al descuido en esa cama seriamente construida. Vuelves a abrir el libro y a releer la historia de ese hombre que estuvo en la segunda guerra mundial. Aquel soldado que había visto como una granada le volaba la cabeza a uno de sus compañeros, el que ya sin cabeza, siguió corriendo por unos diez o veinte metros más antes de caer al suelo. Es la vida, piensas. La incomprensible fuerza de la vida. Y te preguntas cuándo caerás tú. Y mientras esperas la caída definitiva, decides que ya no volverás a dormir.

 

Foto: The Awakening of the Forest, Paul Delvaux

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