Revista Intemperie

FILSA en el ojo (y los 5 falazos)

Por: Juan Carlos Echazarreta
filsa

Juan Echazarreta visita la feria y se escandaliza con el precio de la entrada, y los del interior por cierto, y reflexiona además en torno a algunos libros adquiridos

 

Bajo a pie por la Costanera, bordeando el río Mapocho. Me dirijo a la inauguración de la Feria Internacional del Libro de Santiago (FILSA 2013). El sonido del río absorbe el histérico fragor de la calles. Es viernes y son las 3 de la tarde. Una mezcla de esmog y ansiedad enturbian el aire. A lo lejos ya se ve la imponente fachada neoclásica de la Estación Mapocho. Sigo bajando. Camino por Cardenal José María Caro y, antes de cruzar el puente Bandera, paro. Una familia viene caminando en dirección contraria y se detienen alrededor de un basurero. El padre ve algo en la basura que le llama la atención y llama a su hijo mayor. Juntos escarban dentro del tarro. Pasmado, paso al lado de ellos e intento no mirarlos para no avergonzarlos. Un poco más allá me freno y los miro disimuladamente. Sacan sobras, las huelen y las echan dentro de un bolso. El padre llama a su mujer que está mirando el río unos metros más adelante. Paty, vamos a almorzar, oe, le grita. El hijo menor, como intuyendo que le va a tocar la peor porción, aprovecha un descuido de su padre para hundir la cabeza al interior del basurero de metal. El niño no encuentra nada. Pero le cuelga algo viscoso de una mano, algo que se parece a una clara de huevo o a un gargajo. El niño se chupa la mano. Veo a la familia alejarse río arriba con su almuerzo y a mí ya se me quitó el hambre.

Cruzo el puente Bandera y quedo frente a la Estación. La insolente opulencia de su fachada, una opulencia barroca y distante, me dejan perplejo, aturdido. La gente ya ha comenzado a agolparse en la entrada. La FILSA parte a las 4 y avisaron a última hora. En efecto, falta una hora y, en vez de irme, decido quedarme, esperar. Acomodo la raja en el cemento, al borde de una escalinata. Arriba, se escindieron las nubes y sol taladrándome los párpados aquí abajo. Saco una novela de Ford Madox Ford, avanzo un par de páginas pero también me parecen demasiado distantes y entonces lo vuelvo a guardar. Prefiero observar y aprovecho de confirmar mi tesis sobre las palomas.

Anoto: las palomas de la Plaza de Armas, al igual que las de la Estación Mapocho, son más feas que las que gorjean en las plazas pitucas de la precordillera: las de acá andan más sucias y más chasconas, son más guatonas y más gamberras y tienen mucho más trajín que sus congéneres del barrio alto, que son más bien pusilánimes, menos escurridas, y que, normalmente, lucen bien peinadas con sus pecho tornasol.

Tras mi ocioso cotejo ornitológico vuelco la mirada al cartel rojo que promociona esta feria del libro y leo una vez más su desafortunado eslogan: FILSA pa’l que lee. Que quede claro: digo desafortunado no por cartuchismo ni por trastornos fálicos, como esos pacatos, seudo defensores de la moral, que mandan cartas al Mercurio, sino porque me parece que su consigna es implícitamente discriminatoria y tácitamente excluyente. FILSA pa’l que lee. ¿Y pal que no? ¿Pico?

La verdad es que el eslogan no me causa extrañeza ni tampoco me sobresalta en demasía, al contrario, me hace sentido, pues está en plena concordancia con una serie de políticas rastreras —impartidas por éste, y los demás gobiernos— que operan bajo la lógica de la mercantilización de la cultura en desmedro de la identidad nacional, de la individual, y sobre todo de la calidad artística, imposibilitando, asimismo, el acceso igualitario a la educación y a la cultura.

Primer falazo al lector: son un cuarto para las 5 y todavía no abren las puertas.

Segundo falazo al lector: las puertas se abren y resulta que hay que pagar 2.500 pesos para acceder a comprar libros.

Sobándome, entro a la Feria. El techo es altísimo, y la superficie, mastodóntica. Pienso en lo hermosa que tiene que haber sido esta estación de ferrocarriles en los sesentas; en su infinidad de detalles y en sus altas cornisas metálicas, muy beaux arts. Imagino a Jorge Tellier, petaca en mano, leyendo un poemario de Dylan Thomas a la espera del próximo tren al sur. Percibo que a más de 100 años de su construcción el edificio aún conserva una antigua prestancia gala. Bordeo la Feria por la derecha y la observo desde la panorámica. Me asalta como un déjà vu y recuerdo que, años atrás, estuve parado en este mismo lugar, viendo un concierto de Bone Thugs N Harmony. El aire espeso y marihuaniado del rapero recital ha sido reemplazado por un impoluto olor a plástico. Todo parece ordenado, bien distribuido y correctamente iluminado. Más que Feria, diría, esto es un gran mall del libro. El ambiente, en general, es agradable y ameno. Con la salvedad de aquella voz de barítono trasnochado, de locutor de ofertones de supermercado, que anuncia presentaciones de libros y firmas de autores en los stands.

La feria se divide en 3 bloques: en el primero se reúnen las multinacionales y, si les soy sincero, no se ven mayores novedades, no hay nada que no se haya visto ya en las grandes librerías capitalinas, y las ofertas son más bien escasas y exiguas. No obstante, logro encontrar un libro interesante: Qué viva la música, de Andrés Caicedo, editado el año pasado por Alfaguara. En Random House, en tanto, pillo otros dos: Lo último de McCarthy, The Counselor; y Chronic City, de Jonathan Lethem. No me llevo ninguno.

Tercer falo: tengo una sed de buey, una caña bukowskiana, y entonces me acerco a la cafetería a comprar una bebida: pago luca por una Coca-Cola en lata. Sóbate.

Anoto: La caña es como la política: sin llorar.

Me arrastro hasta al segundo bloque, donde se ubican las editoriales independientes y otras no tan independientes que, a punta y codo, logran extender sus negocios a dos, tres países, a lo sumo. También hay instalado unos stands cuyo tema hace alusión a la cultura de ciertos países (Portugal, Haití, Ecuador, por ejemplo) que, en vez de exponer lo mejor de su literatura nacional, se limitan a mostrar un mezquino catálogo turístico-cultural de su patria. A pesar de esto, es en esta sección de la Feria donde precisamente se encuentra lo más interesante, lo más barato y novedoso.

Me tomo mi tiempo en cada stand. Ojeo títulos, leo contratapas, y, en algunos casos, leo la primera página. Así voy recorriendo el catálogo de cada editorial —o librería, en su caso—. De pronto, me topo con las pequeñas editoriales chilenas haciendo soberanía, a la deriva, en medio de un mar de libros. Las editoriales Cuarto Propio, Das Kapital, Chancacazo y La Pollera presentan atractivos ejemplares de autores nacionales: Mellado, Nona Fernández, Alejandra Costamagna, Luis Felipe Torres, José Edwards, Daniel Hidalgo, entre otros. LOM también tiene lo suyo: Diaz Eterovic, Varas. Unos pasos más allá, Ediciones UDP exhibe su excelente catálogo a precios muy razonables. El trabajo de esta editorial ha sido tenaz. Tienen una colección de poesía y de ensayos de primer corte. Sus novedades para esta feria son En tránsito, de Alberto Fuguet y Poco hombre, de nuestra excelentísima y premiada yegua apocalíptica: Lemebel, don Pedro, quien será galardonado en la sala Camilo Mori, hoy lunes 4 de noviembre con el Premio José Donoso.

En uno de los stands saludo a Camilo Brodski, de Das Kapital, y le pregunto cómo va el negocio. Me dice que bien, que no se gana plata, pero que le da para seguir imprimiendo. Creo que esta es la realidad que le afecta a casi todas las editoriales independientes del país, acogotadas por la chabacanización de la cultura y el imperio transnacional.

Anoto: Editoriales independientes: hay que trabajar como chino para sobrevivir como editor, y si te queda tiempo, como escritor peliento. ¡Todavía quedan unos pocos valientes!

Después de tantear varias ofertas, decido llevarme Lacra, la última novela de Marcelo Leonart, un tremendo escritor, sin duda: irónico, implacable y mordaz, uno de esos narradores que, como Bolaño, como Céline, te lanzan encima raudales de furia para terminar sacudiéndote el seso. Eso fue la sensación que tuve mientras me devoraba cada cuento de La educación, uno de los mejores libros de cuentos que he leído. 11 lucas me cuesta Lacra, y las pago sin dolor, pues sé que me estoy llevando algo bueno.

Cuarto falo (o falo al cuello): hay un stand que agrupa a ciertas editoriales argentinas que, en mi opinión, tiene los libros más novedosos, tanto en su diseño como en su catálogo de autores, mas no en el precio. Veo a Sergio Parra comandando el stand y no sé si debo pasar por ahí; es difícil que Sergio no te enchufe un libro, el tipo hace bien su pega y la verdad es que pocas veces me ha decepcionado. Echo un vistazo y clavo la vista en una novela de Alfred Hayes, editado por la Bestia Equilátera. Hasta ahora no he leído nada del autor; el libro me entró por la portada: original, sutil, seductora. Y también por el título: Mi perdición. Pregunto cuánto vale. Ese está a 22, me dice Sergio. Me agarro la cabeza y le digo: ya, lo llevo. ¿Algún descuento? No. Sóbate. Sóbate. Sóbate.

Quinto y último falo: llevo mis dos libros en la mano y estoy ansioso por ojearlos con más detalle. Me desplazo hasta la cafetería y en la fila me encuentro con Hernán Rivera Letelier. Cabreado de firmar libros, le pregunto. Emborrashao, me contesta con su voz sibilina y con esa cara pícara que tiene, entre de zorro y de liebre. En fin. Me penetran en la caja, al hacer el pedido: 3 lucas por un expreso y una mineral.

Me siento a descansar y a hojear mis libros.

Anoto: Pico total = $39.500

Anoto: Los libros en Chile son carísimos, su valor está hipertrofiado, en ocasiones, se paga 5 veces el costo de producción y, por si fuera poco, hay que soportar la recarga de un siniestro 19% correspondiente al IVA. Ya se ha dicho: la educación, la cultura, son un derecho; sin cultura no hay progreso. El progreso no tiene nada que ver con las cifras macroeconómicas que usan los tecnócratas para meternos el falo.

Abandono la feria algo decepcionado. Con un menoscabo patrimonial importante. Al menos me llevo un par de buenos libros, me consuelo. Decido hacer una última parada antes de huir definitivamente del barrio. Es de noche, y todo parece consumirse en una honda oscuridad. Camino por General Mackenna, esquivando ebrios, mendigos, travestis, lanzas y vendedores de humo. Las luces rojas de los puticlubs iluminan las veredas. Entro a un tugurio innominado, abellacado y sin putas. Tengo hambre y sigo con sed. Me hago un espacio en el mesón. Pienso en esa familia que hoy tuvo que recoger su almuerzo de la basura y me pregunto si tendrán algo para engañar al estómago esta noche. Qué se va a servirse, me dice el viejo chorro al otro lado del mesón. Pipeño nomás, respondo. Me hace un giño y se tira la chaqueta Harley, abierta y sin mangas, que ostenta con zarpado orgullo. Parece ser un tipo burdo, matón, pero valiosísimo. Me sirve un vaso del pipeño más dulce que he probado. Y de a poco me voy aburguesando: pido una chela, un whisky. Chupo en el mesón, parado. De fondo, una cumbia huachaca revolviendo el local. Tú soy gringo, me pregunta el viejo choro. Le digo que no, que soy chileno. Pero chileno de aquí, insiste. No, chileno de allá, contesto. Empino el codo, me pego un trago, y otro, y otro más, y me cago de la risa con el bullying que le hace un curao a otro más curao. Aduana, me espeta el viejo choro, dejándome la boleta encima del mesón de una sola palmada, antes de entrar a servirme el último trago. Ya sabía que era chileno así que, a lo menos, se representó la posibilidad de que podía vacúnamelo con un perro muerto. Saco la billetera, pago. Toma la plata y la guarda en una caja de los años cincuenta. Le digo: la zorra la caja. He, contesta, tiene cualquier año. Termino de vaciar el vaso y me despido. Chao, viejo choro, le digo. Chao, gringo sapo, responde él.

Camino hacia el paradero y cruzo de nuevo el puente Bandera. Se ve mucho más sórdido y desolado bajo la espesa negrura de la noche. El torrente fecal del río desciende iluminado con la luna. En la ribera, bajo el puente, un vagabundo se calienta las manos en torno a una fogata. El hombre escucha mis pasos y me mira hacia arriba; los ojos pasteados, desorbitados, brillan en lo oscuro. Me sigue con la mirada y, con una voz de alquitrán, me pide una colaboración. Me meto la mano al bolsillo y le tiro un par de monedas. Vale, guacho, dice, juntando las palmas, agradecido. Sigo caminando hasta el paradero. Me siento a esperar la micro. Después de una larga espera, la veo aproximarse y luego frena frente a mí. Me subo, y desaparezco. Sin plata y con libros. Atrapado, en un monstruoso solipsismo.

 

Foto: FILSA

Un comentario

  1. Ivo dice:

    gracias gran Chaza por sacarme a pasear por la feria del pico … un abrazo !

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