Revista Intemperie

Crítica de la (sin)razón antiacadémica

Por: Felipe González Alfonso
claudio bravo

Felipe González denuncia el antiacademicismo, y los prejuicios que pesan sobre la teoría y la crítica literaria académica

 

Me parece pertinente aquí hacer unos cuantos alcances sobre cierto prejuicio bastante arraigado donde quiera que uno encuentre personas ligadas a la literatura. Me refiero a esa opinión que, con autosuficiente desdén, pretende invalidar la teoría y la crítica literaria académicas, en tanto les atribuye dos insuperables barreras que vedarían el acceso a los no especialistas: cierta frialdad en el trato a su objeto de estudio y el hermetismo de su registro lingüístico. Si bien estas características son, en variados grados, propias de la investigación académica —o de las investigaciones académicas, pues las hay de distintos tipos y para todos los gustos—, no debería interpretárselas como limitaciones, sino más bien como cualidades que apuntan a potenciar los resultados de su labor.

En cuanto a la acusación de frialdad, el error consiste en buscar una dimensión emotiva donde justamente se pretende suspender o racionalizar ese aspecto para producir, en la medida de lo posible, un conocimiento objetivo. Los textos críticos que incluyen en exceso lo afectivo suelen proporcionan poco conocimiento de la obra y nos hablan más bien del lector; es la llamada crítica impresionista. Esta es una aproximación válida como cualquiera otra, pero así como en la crítica académica uno no encontrará expresados los sentimientos del crítico, en el comentario impresionista tampoco hallará interpretaciones que puedan probarse recurriendo a ejemplos concretos del texto.

Sin embargo, ni siquiera es tan así de fría la cosa: en una parte importante de la crítica literaria académica aparecen bastante claros los posicionamientos políticos y, en consecuencia, los afectos y animadversiones del crítico. Escritores tan disimiles como Terry Eagleton y Harold Bloom, bien podrían decir lo que José Carlos Mariátegui: “No soy un crítico imparcial y objetivo. Mis juicios se nutren de mis ideales, de mis sentimientos, de mis pasiones”. Pero ojo, imparcial y no-objetivo no quiere decir antojadizo y arbitrario. El Cerro San Cristóbal no se encuentra objetiva e imparcialmente en dirección nororiente, pero yo podría probar con poco margen de error que esa y no otra orientación relativa tiene respecto de quien escribe en Pudahuel Sur.

Pasando ahora a la acusación de hermetismo u oscurantismo, el error consiste en exigir simpleza ahí donde se busca la sistematización y la profundidad. Cuando a Albert Einstein se le pidió en cierta ocasión que simplificara su teoría, arguyó algo así como que su teoría simplificada ya no era la suya. Las teorías, las verdaderas teorías cuyo fin es iluminar lo que antes permanecía en la sombra, utilizan un aparato conceptual, un lenguaje propio, no con el fin de dificultar la lectura o excluir a los no iniciados, sino para enfocar con mayor precisión su objeto y transmitir sin grandes equívocos sus hallazgos sobre él. Pero incluso el hermetismo y su hermana, la aridez estilística, resultan una generalización de la cual existen demasiadas excepciones en la investigación literaria, y pongo por ejemplo a Saúl Yurkiévich, cuyo estilo es tan poético como los textos que analiza; y a los ya citados: Harold Bloom, con su registro furioso, acongojado por la muerte de la vieja Estética, y Terry Eagleton, con sus textos divulgativos como Una introducción a la teoría literaria, tan sintético y llano que en ocasiones resulta superficial: ese es el costo.

Por lo demás, dos cosas a considerar: el lector “limpio de teoría” es un imposible, pues cualquier lector siempre se encuentra guiado por teorías inconscientes que han permeado a la atmósfera cultural en que nace y se le traspasan apenas comienza a respirar, sólo que las cree propias por haberlas adquirido sin darse cuenta. Por ejemplo, la siguiente afirmación —réplica a un comentario mío sobre las letras de Chinoy— ignora que propone lo mismo que dice odiar: “Me carga la teoría literaria, despedaza la poesía para convertirla en simples frases estudiables. Si no entiendes el todo, si el todo no te emociona en su conjunto, mejor no escuchar a Chinoy”. Es decir, propone una teoría estética para acceder, en este caso, a la música y las letras de Chinoy: se trata de captar emotivamente el conjunto de la obra y dejarse envolver con intensidad por ese sentimiento sin racionalizarlo. Esta persona debió decir: “Me carga tu teoría, es parcial y descorazonada, yo propongo otra teoría más satisfactoria, que invita a vivir sin comentarios ni disecciones la emoción que la obra produce en su conjunto”.

La teoría es, precisamente, como el aire que respiramos; no podemos escapar de él, pero al menos podríamos escoger el que en verdad queremos respirar si antes nos damos la molestia de informarnos dónde el aire es más puro y dónde está cargado de toxinas. De otro modo estamos condenados a subsistir con el que se nos impuso desde un principio y nos parece el único. Por ejemplo: a estas altura resultan persistentes lugares comunes tanto la idea de que la racionalización mata la magia del arte —y de aquí viene el antiacademicismo—, como la exigencia de extrema originalidad a la obra literaria —que sería la expresión de una individualidad, de un “genio creador” único e irrepetible—; ambas nociones pertenecen a una comprensión de cuño romántico, filtrada por las vanguardias. Es decir, se trata de un modo determinado de comprensión que tiene su propia historia, pero no es el único. Nuestra cultura “post” —por hacer un contraste— es más afín a la mezcla de registros que al estilo personal, y suele incorporar perspectivas teóricas a la literatura y el arte

Si bien en su tiempo —con harta razón y corriendo verdaderos riesgos— los ismos o vanguardias históricas se volvieron contra las rígidas y excluyentes prescripciones académicas y el consiguiente secuestro del arte por parte de la instituciones, creo que hacerlo ahora no entraña ningún riesgo, ninguna subversión. Lo que en un contexto es progresista, en otro puede ser conservador. Ahora ese alegato suena más bien a un gesto políticamente correcto, que cualquier hijo de vecina reproduce sin riegos para su integridad y con el solo fin de vender una imagen irreverente. Lo que propongo, por cierto, no es una defensa fanática de la academia, si no un abandono de los clichés falsamente subversivos que sólo exaltan el ego de quien los enuncia. Se trata de cultivar un auténtico espíritu crítico, es decir, uno informado y sistemático, observador de los matices.

Por otra parte, hay que agregar algo de fácil comprobación: mediante la vía atmosférica los mismos críticos antiacadémicos han adoptado una gran variedad de temas y conceptos de cuño académico que se oponen al establishment. La preocupación por las literaturas relegadas por la alta cultura y el consiguiente culto a los “márgenes”, a los “bordes”, al intelectual y la cultura periféricos, etc., han configurado un criterio casi universal para la evaluación de los textos literarios entre los reseñistas. De modo que la academia tiene bastante más influencia —para citar de nuevo a Mariátegui— sobre el “bohemio puramente iconoclasta y disolvente” de lo que él estaría dispuesto a reconocer. Hace poco Alberto Fuguet comentaba —la idea era “molestar” un poco a la academia— que prefería a los escritores ocultos, no tan estudiados y celebres: en vez de García-Márquez, Cabrera Infante. No sólo son profusos los estudios sobre el (para nada desconocido) escritor cubano, sino que el gesto de desenterrar autores “injustamente olvidados” y así relativizar el canon, ya se practicaba en las academias desde antes del nacimiento de Fuguet.

Por último, el antiacademicismo tiene una arista ideológica que lo emparenta a ciertas corrientes de talante más bien reaccionario: el irracionalismo y el antiintelectualismo son propios de las ideologías fascistas. Cuenta la leyenda que Joseph Goebbels, ministro de propaganda de Hitler, dijo una vez que cuando oía la palabra “intelectual” le daban ganas de sacar la pistola.

El crítico o el buen lector en general, creo yo, debería volver los ojos sobre sí y reconocer cómo operan en su interior las teorías secularizadas y los lugares comunes que, sobre todo por medio de la escuela (ese aparato ideológico) ha asumido irreflexivamente y que —sin él saberlo— determinan su lectura. Sólo en tal caso podría ejercer su rango de libertad —“sacarse las ataduras”, “echar a volar la imaginación”—, es decir: adoptar, subvertir o acomodar a su gusto tales enfoques estereotipados. Para esto, una buena parte de la teoría y la crítica literaria académicas podrían serle de ayuda —al crítico y al buen lector—, más que resultarle un obstáculo. Al menos si está dispuesto a dejar de lado sus prejuicios y su añejo egotismo rockero.

 

Foto: Autoretrato, Claudio Bravo

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7 Comentarios

  1. Patricio dice:

    Yo creo que diste en el clavo al titular tu columna como la sinrazón. O sea, usted, señor Felipe González, está situado en el punto de origen que define, traza, lo irracional de lo racional. Creo que ese acto ya evidencia la ficción necesaria de establecer, clasificar, enunciar, sentenciar y, por lo tanto, jerarquizar los instintos de la creación. No es sólo un mecanismo propio de la lógica burguesa, separar el sujeto del objeto, y creerlos como dos dimensiones por separado. La objetividad y la neutralidad son las coartadas y simulacros del conocimiento que deviene en poder institucional y mercancía. Ningún crítico podrá auscultar el instinto de sobrevivencia y muerte de la cración; y eso quiere intentarlo, aproximarse, ha de hacerlo con la misma lógica de su “objeto” de crítica: letras sangrando. Porque tal como dijeron por ahí, no hay grandes obras sin pasión, y si la crítica busca desentrañar y sistematizar (qué palabra más productivista)una expresión orgásmicamente universal alejándose de toda “subjetividad” y ser “lo más objetiva posible”, decantará en simples golosinas insipidas y digeridas sólo entre los críticos, los académicos, leyéndose sigilosamente en complicidad con el negocio de las revistas científicas.

  2. Ignacio Álvarez dice:

    Una excelente columna. Logra al menos poner en duda el imperio de los juicios antiacadémicos anteriores a la reflexión. ¿Por qué puede ser errado querer conocer un objeto de manera sistemática? No le tengo tanto miedo al lenguaje del académico como a las ganas de desterrar a la academia, al paper o al crítico sistemático de la discusión sobre la literatura.
    No leo los intereses jerarquizantes que ve Patricio, en todo caso. Está bien que las letras sangren, pero también pueden ser pensadas.

  3. Gustavo dice:

    Este es un problema que tiene hartas aristas, pero muy interesante de ser desentrañado. Hay muchos mitos que circulan en torno a la academia y su relación con el resto de la sociedad. Digo mitos en el sentido que le da Barthes a la palabra. Me interesa agregar que, contrario a lo que comúnmente se piensa, la teoría no agota los objetos (como si los absorbiera hasta dejarlos estériles). La teoría abre la percepción hacia nuevas posibilidades y nos permite reencantarnos con las cosas. Suena un poco romántico, pero es solo por mencionar uno de sus usos más prácticos. Aunque claro, como señalas, debemos hacernos conscientes de lo que está implicado en nuestras “estructuras del sentir”, en términos de Williams. La teoría, si bien se le ve en muchos casos como un enemigo -bajo la forma de “ideología orgánica” funcional a los intereses del poder-, tiene también un potencial emancipador; genera rupturas y momentos de distensión. Volviendo sobre la apertura a nuevas posibilidades que mencioné hace unas líneas, la teoría nos permite construir futuro; horizontes alternos. Como apuntas, incluso cuando se la quiere negar, se está haciendo de alguna forma teoría; dicho ejercicio tiene una conexión no fortuita con sistemas de pensamiento plenamente identificables (e historificables). Creo, en lo personal, que sería interesante distinguir y analizar los tipos de teorías, desde las que se han “enfriado” y poseen un carácter museológico, pasando por las que navegan como platillos voladores por la sociedad, hasta aquellas que circulan como una energía que le otorga dinamismo al sistema mismo. Todas estas teorías pueden o no ser reconocidas expresamente por quienes se adhieren a ellas, al igual que todas poseen un grado de eficacia y afianzan una determinada concepción de mundo. Eso sería. Buen artículo. Un abrazo!

  4. sergio dice:

    Estando de acuerdo en general en tu perspectiva general del tema (que nunca debe faltar la buena y necesaria intelectualidad en la literatura) sigo sin descartar ciertas prácticas textuales, excepcionales por cierto, que abusan de la paciencia de un lector instruido y para qué decir de uno corriente.

    Hay ocasiones que siento que el critico, ensayista o teórico tiene clara una idea, la que puede ser bastante simple en su enunciación y el hombre dificulta el proceso de comunicación, lo que tiene por consecuencia una recepción sesgada, equívoca de esa misma idea y que hace necesario que “alguien” la interprete por y para el lector.

    Esa creación del necesario intermediario que venga a desglosar los términos, a descifrar la nomenclatura (que ha hecho incluso editar diccionarios especializados), me hace mirar con sospecha esos textos que no pueden hablar por sí mismos.

  5. Ismael dice:

    A los contertulios que visitan este sitio y comentan la columna de González: les invito a leer en el siguiente link un interesante ensayo del académico argentino Alberto Giordano, aquel que se titula “La superstición ética del lector” pp 9-17. Lo que ahí dice me parece sugerente.

    http://www.lectorcomun.com/descarga/95/1/razones-de-la-critica-sobre-literatura-etica-y-politica.pdf

  6. González olvida que los instrumentos para comprender la teoría no están universalmente distribuidos. Eso, más que una reacción emparentada con el fascismo, es una crítica a la desigualdad.

  7. Felipe González dice:

    Ignacio Andrés, ese es un punto importante, no lo olvidé, lo que sucede es que, como ves, me enfoqué en las criticas epistémicos hacia a la academia, que no necesariamente apuntan a la desigualdad. Lo que planteas sería tema para otra columna, aunque hay buenos textos académicos que critican el poder-saber de la academia(hay también autocrítica). Por ejemplo, el libro de John Beverly, “Subalternidad y representación”.

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