Revista Intemperie

De Ajmatova a las novelistas rusas contemporáneas: un canon olvidado

Por: Nicolás Poblete
sergey larenkov

A propósito de “El oficinista” de Guillermo Saccomanno, Nicolás Poblete reivindica la vertiente femenina de la frecuente frase “Hay que leer a los rusos”

 

Como ha dicho Paola Ehrmantraut, “esta novela se anima a llevar al lector al borde mismo del abismo en donde la disolución amenaza a la sociedad que se ve sumida en un caos de violencia tan infinito como normalizado: ataques terroristas, represión estatal, truculentos crímenes domésticos, son presentados en la novela con el mismo tono neutro y frío en el que se narra el pronóstico del tiempo”.

El oficinista se ambienta en una ciudad (argentina) arrasada por la catástrofe, a partir de un argumento prosaico: el empleado se enamora de una secretaria. Lo que vemos en las páginas de la novela son ecos de la precariedad en la que se encuentra la clase media, “un proceso que comenzó décadas atrás pero que vio uno de sus momentos explosivos en las manifestaciones del 20 de diciembre del 2001 y la subsecuente crisis de la que todavía no se ha repuesto”, señala Ehrmantraut. El telón de fondo nos muestra bandadas de niños asesinos, helicópteros que parecen enormes insectos panópticos y jaurías de feroces perros clonados.

El oficinista resultó ganador del Premio biblioteca breve Seix Barral 2010 y, como ha señalado Ramiro Rivas, nos lleva “por una senda en donde no se sabe a ciencia cierta qué es real en los acontecimientos narrados y qué es ficción imaginativa en el personaje protagónico”. La novela comienza con un epígrafe de Franz Kafka: “Una experiencia que, por su exceso de soledad, sólo puede llamarse rusa”. De hecho, en una entrevista Guillermo Saccomanno comentó: “Siempre tuve ganas de escribir una novela rusa… Me gusta mucho la literatura rusa, soy especialmente aficionado a la del siglo XIX hasta principios del XX: Turgénev, Isaak Bábel, Dostoievski y hasta llegar a Grossman. El cuento de Nikolai Gógol ‘El capote’ fue fundamental”.

“El capote” fue publicado en 1842, El oficinista el 2011… Frankenstein fue publicado en 1818; “El hombre artificial”, de Horacio Quiroga, fue publicado en 1910. Da para pensar cómo esta (ansiedad de la) influencia se drena en narraciones que ven su germen en una Europa consagrada para hacer su aparición en el nuevo continente. Como lo hizo Horacio Quiroga, al llevar el moderno Prometeo del doctor Frankenstein al río de la Plata, casi 100 años después con “El hombre artificial”, Saccomanno nos ofrece su homenaje a “los” rusos con El oficinista, más de un centenario después. ¿Cuántos años más tardarán en hacer su aparición las versiones latinas de los trabajos actuales proliferando en aquellas tierras?

No es infrecuente escuchar la denominación sexista “los” rusos para referirse a cierta literatura canónica rusa que a todos nos resulta familiar. Aquí no se considera, por ejemplo, a la gran Anna Ajmatova, censurada por el régimen soviético que prohibió sus poemas, acusada de traición y, como si fuera poco, deportada. La misma que en 1965 fuera nombrada “Doctor Honoris Causa” por la universidad de Oxford. A pesar de su importante trabajo para el movimiento socialista ruso, desde principios del siglo pasado, pasando por la revolución y la guerra civil, tampoco parece sonar el nombre de Aleksandra Kollontái, cuyo rol fue mayor al conseguir que el movimiento socialista ruso organizara trabajos especiales entre mujeres y movimientos masivos de trabajadoras y campesinas. De hecho Kollontái fue la autora de una gran parte de la legislación social en la temprana república soviética.

Actualmente hay en Rusia importantes narradoras, como Liudmila Ulítskaia, ganadora del premio Booker ruso, del Medicis francés y del Penne italiano; nominada para el Booker internacional hace un par de años (y que ganó Alice Munro) y considerada una de las voces más importantes de la narrativa rusa actual. De ascendencia judía, sus narraciones ofrecen una dimensión histórica, desde la pre-revolución hasta el escenario contemporáneo. En sus narraciones la imagen de Stalin es recurrente y pesadillesca; los niños descubren sus identidades en abierto contraste con el Estado. Un tema clave en la literatura rusa actual tiene que ver con las secuelas del estalinismo, donde el estado exigía un sentimiento de alianza entre él y la idea de “familia”, anulando cualquier inspiración personal.

Tatiana Tolstaia (nieta de Tolstoi, entrevistadora de gran influencia mediática en Rusia y autora de numerosos relatos, algunos aparecidos en el New Yorker) y Liudmila Petrushévskaia son dos autoras cruciales produciendo en estos momentos. Petrushévkaia es considerada una de las grandes escritoras contemporáneas; su narrativa mezcla tendencias posmodernas e introspección psicológica, con ribetes paródicos provenientes de Anton Chejov. La publicación “Publishers Weekly” la ha llamado “una de las más finas escritoras rusas vivas”.

Aunque estas escritoras rusas han sido traducidas a muchísimos idiomas, actualmente es casi imposible encontrar algo de ellas en español. La falta de traducciones al español (o la reedición, en el caso de la Ajmátova) también es algo en lo que tendríamos que reflexionar, especialmente cuando con tanta facilidad, más bien con absoluta naturalidad, nos referimos a la producción literaria rusa como si solo fuera obra de “los” rusos. ¿Habrá alguna clave en el poema “La tierra natal”, donde Anna Ajmátova denuncia?:

No la llevamos en oscuros amuletos

Ni escribimos arrebatados suspiros sobre ella

No perturba nuestro amargo sueño

Ni nos parece el paraíso prometido

En nuestra alma no la convertimos

En objeto que se compra o se vende

Por ella, enfermos, indigentes, errantes

Ni siquiera la recordamos.

 

Foto: Rizhskoe gueto, Daugavpils, 1941-2013, Sergey Larenkov (“Aquel que cruze la valla y entre en contacto con los habitantes del gueto, se le disparará en el acto”).

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