Revista Intemperie

Cervezas en el baño y recuerdos memorables

Por: Nydia Pando
edward hopper

 

Duré tanto tiempo ensimismada con conseguir intercambios, becas, apoyos, participaciones en viajes y nuevos idiomas que, la noche que pasamos en el balcón que daba justo al Expiatorio, uno de los sitios más característicos de mi ajena Guadalajara, me sentí perdida: todos contaban experiencias que yo no había vivido: cuando éste se fue con ésta y luego fueron a beber tanto y fumaron tanto y jugaron, rieron e hicieron y yo no estaba. ¿Dónde estaba?, me repetía, pero por fuera les sonreía como para que sintieran que sentía lo que decían, aunque no lo hubiera vivido. Al final eso es Letras, ¿no? El punto máximo de sensibilización hacia lo vivido por el otro, de tal forma que a veces apostamos haberlo vivido también nosotros. Pero cuando uno lee, sabe que no lo vivió; que no podría haberlo vivido. Que es cosa de otra vida. Eso emociona. Yo los escuchaba y me sentía frustrada porque creía haberme perdido recuerdos elementales de la licenciatura; momentos que pude (¡que debí!) haber vivido pero no lo había hecho. Se me habían ido.

Pasaba demasiado tiempo sola. Siempre sola. Sola comiéndome unos tacos frente a la biblioteca donde duré un año como becaria, sola en Tarragona tomándome #selfies con esa beca de práctica profesional. Sola en el tren de París cuando fui a visitar la tumba de Cortázar y sola también cuando me perdí tratando de encontrarla. Sola cuando me topé con los restos de Maupassant y una señora se hizo a un lado al verme. Sola cuando conseguí el intercambio a Montpellier y cargaba atolondrada mis bolsas de mandado que me cortaban la circulación; en Berlín cuando llevaba dos días sin cambiarme los calzones. Sola comiendo papas a la francesa para dos en Bélgica. Sola bebiendo seis cervezas que bien habrían sido para tres. Sola debajo de la cama cuando escuchaba las tormentas que inundaban mi rostro con agua salada del mediterráneo; en los aeropuertos en los que siempre perdía u olvidaba algo. Sola. Sola mientras todos ellos la pasaban juntos, haciendo recuerdos. Me sentí fatal. Les volví a sonreír para encubrirme.

Creí haber tomado las decisiones incorrectas, porque no podía identificarme con ese grupo de amigos con quienes algún día, a principios del viaje académico, creí encajar. Ese momento, recordaba ahí sentada mientras ellos hablaban y yo me empinaba otro vaso de “Rancho escondido” (26% de alcohol; un tequila que papá dijo después que deja ciega a la gente, y cosa que después lamenté desde la nuca hasta el entrecejo); ese momento, pues, había sido cumbre para mí, siendo alguien que había fracasado toda su vida en el intento para encajar. Había encajado (¿había encajado?) y ahora estaba fuera de nuevo. El último recuerdo que tenía para compartirles era lo que había pasado en primer semestre. Ahora yo estaba en quinto ¿sexto? ¿séptimo? y ellos me superaban por casi un año de estudios. Ellos en otro canal y yo que había vendido mi televisión tratando de juntar dinero para irme a ese verano de investigación. Pero yo hacía el esfuerzo porque, si no era ahí, ¿dónde más podría encajar?

Continuaron las risas por las anécdotas de cada quien, las evocaciones en las que yo no me identificaba. Seguía sirviéndome al vaso. Luego por qué tuve esa pinche cruda. Decidí que asistiría más a sus fiestas, a sus reuniones después de la facultad. Pero ya teníamos otros horarios. Decidí que los invitaría más a salir, pero teníamos diferentes prioridades. Pensé que quizá debería detener los trámites a esa beca de investigación en Canadá para quedarme el verano e inventar un viaje con ellos. No se los dije, porque sentía miedo que me rechazaran. Decidí acercarme poco a poco, para no asfixiar. A veces siento que caigo encima de la gente así tan brusco porque muy dentro de mí, sueño con estrangularlos a todos. O estrangularme. También de eso tienen una historia que yo no recuerdo y yo de ahorcados tengo historias que no me atrevo a contarles. Igual les vale madre.

Cuando caminábamos por el corredor junto al Expiatorio, las calles abandonadas y las luces amarillas atolondrando a los vagabundos embriagados (otros, no nosotros), me subí a los escalones como burro malherido y alcancé el agua de la fuente en el centro de la plaza con los dedos para mojarlos y reírnos. Casi no les dio risa. Me sentí tonta: quería hacerlos reír. Quería hacer recuerdos. Forzar recuerdos. “Se acuerdan cuando nos mojó con el agua puerca de la fuente…”, me imaginaba que dirían. No ha pasado ni una semana y seguro ya se les olvidó.

Regresé a casa con cruda temprana y sabor a suciedad en el paladar, como si hubiera lamido tierra recién orinada del suelo. Me senté en la mecedora del balcón de mi recámara que da a un jardín cuadrado desde el que no veo nada que me haga sentir mejor y me abracé las rodillas mientras me mecía en la silla: no entendía nada. En México casi nunca se entiende nada, porque cuando lo entiendes te da úlcera o cólera. Pensaba en Patishtán, en la CNTE, en los artesanos indígenas sacados a patadas en la Presidencia Municipal y me daba de topes en la cabeza: ¿cómo querían que me mantuviera indiferente? Pero luego recordaba a Liddell (a falta de amigos, autores vivos): “viviréis, moriréis, follaréis y nada de lo que hagáis cambiará la idea del hombre. La idea del hombre persistirá (…)”. Además, lo dice con mariachi y su voz me recuerda a las caricaturas que dejaban al castellano en la televisión latinoamericana y me hacían reír porque parecía que hablaban todo el tiempo en chiste. Pero Rajoy no me hace reír, como tampoco lo habría hecho Franco. Pensaba en mi abuela, encarcelada y escapando con papeles falsos entre metralletas y el alma por los pies: ¿cómo no sentir su coraje? ¿Cómo deslindarse de él? ¿Cómo habrán sido los amigos de mi abuela? ¿Cuáles habrán sido sus recuerdos memorables? Me atormentaba la idea del otro, pensar en la distancia con el otro. La inutilidad de mi existencia. La tremenda soledad de mi presencia. Pero “nada de lo que hagáis”…

Hace unos días fui a otra fiesta: otra de intelectuales. Tenía altas expectativas (no es cierto), porque se trataba de una “fiesta de intelectuales”: generalmente no hay de ésas. O, como decía antes, no he sido invitada a ninguna. Me acuerdo de la risa de un amigo que cada vez que le pasa algo patético se ríe como llorando: como que al final de la turbia onomatopeya no sabes si se limpiará la baba o las lágrimas. Así me reía entonces. “No he estado ahí para ser invitada”, me repetía sonriente mientras me preparaba. Todo el mes había llovido a cántaros en todo el país (han llovido hasta lágrimas de Laura Bozzo, a quien no le dieron el besito en la mejilla por haber fallado en su performance televisivo), y esa noche no fue la excepción: me puse mis botas de lesbiana (que además de mi peso real cargan el peso de mis deseos sexuales frustrados) y me hice un peinado más o menos decente que no duró ni diez minutos. Sé que esto no es buen augurio porque últimamente me ha dejado de interesar: salgo a la calle sin maquillaje (¡!), olvido el sostén, no caigo en cuenta de que no me he depilado esa mañana, me río si me cae la lluvia en el rostro y en la ropa o si los camioneros me empapan cuando ando en bicicleta… no tengo derecho: soy mujer. Peor aún: soy tapatía. Y sin amigos. Y sin recuerdos memorables compartidos.

En la fiesta caí en cuenta de todos los demás chismes que no sabía de mi carrera: éste, el arrogante, se acostó con (el dedo señalando) ella y ella y ella y ella. Éste, el pedante, publicó aquí acá allá acullá. Ésta, la entaconada, calificó en éste y otro concurso de pintura nacional. Estos dos están buscando el premio FONCA, lo cual los ha distanciado. Antes eran mejores amigos, pero así es esto, me dicen. Me dicen todo. Por lo menos me hablan. Me da el terror otra vez porque ahora me toca hablar, el receptor se ha cansado y tiene que segregar saliva de nuevo, pero yo no sé qué decir para impresionar: me excuso con la historia de pedir otra cerveza en la barra y subo las escaleras con la excusa del baño: la que me estaba contando todo está besuqueándose con uno de los que me describió antes con desdén trepada en el inodoro frente adonde yo llegué a sentarme. No sé si salir. Decido no salir: bajo la tapa con cuidado y me siento a tomarme mi cerveza. Es Corona Light, me doy cuenta, cuando yo había pedido una León: ni cuenta me di por salir huyendo, y ahora estoy aquí encerrada escuchando a dos intrusos de los sanitarios gemir como si no hubiera mañana y bebiendo orines en lugar de expulsarlos: pero querías salir.

Por fin se van y yo logro escapar. Me río, tratando de verle el lado bueno al asunto: esto es la vida, aunque la quieras ver de papel.

Bajo y veo a algunos ingenuos como yo jugando con los juguetes mexicanos expuestos junto al librero principal del café-bar: por fin me emociono. Agarro un balero e intento encajar el palo en el hoyo en vano: intento idiotamente de lograrlo sin conseguirlo; fémina frustrada a falta de falo: en eso llega una de las meseras y dice: perdón, no pueden jugar, los juguetes son sólo de exhibición. ¿Y los libros?, le digo burlona, y dice: También. No mamen.

Juguetes con los que no se puede jugar, libros que no se pueden leer. Personas que se creen personajes y arrogancia que les suda a tantos desde las axilas hasta los labios. También de eso me había perdido. Me había perdido de personas contando, por horas, todos sus logros. Engrandeciéndolos para no callarse pronto porque sin verba no hay res. Francés mal hablado pero, sobre todo, francés eufémico. Inglés para la indiferencia. Tantas veces beurk. Tantas veces yuck. Miradas de arriba a abajo, pero a otras personas y no a otros textos. Como si creyeran que eso cuenta como lectura. A lo mejor ahí reside todo. También de eso me había perdido, pensaba asustada. No era de los buenos recuerdos, no era de los malos recuerdos: no tenía ningún recuerdo con ninguna de esas personas. Nada memorable. No tenía nada qué compartirles, porque me daba pánico sonar como algunos de ellos.

Camino a casa, montada en la bicicleta, la luz del dínamo tiritando y haciendo un escándalo por culpa de los infinitos baches de esta ciudad, me detuve un instante para acomodarme el casco porque me había caído una gota gorda patrocinada por la lluvia en un orificio del macetero: me quedé perdida (he releído esto y he entendido “pérfida”). Puse mis manos sobre los ojos y los tapé, como tratando de esconderme a mí misma de lo que había visto. “No estoy”. Las quité y los abrí: “Aquí estoy”. Aquí estoy, sí, pero también tenía recuerdos memorables. No tenía recuerdos con ellos, porque nunca me había quedado lo suficiente en ninguna parte como para formar recuerdos y luego compartirlos con las mismas personas años después. Pero tenía el vómito carcajiento a las cuatro de la mañana sobre una bicicleta rentada, salchichas de puerco cuyos efectos secundarios cargaban una alta dosis de alergia por los brazos, los pies y las rodillas. Cafés caros en cafeterías de las que luego había escapado sin pagar y lecturas extensas en ciudades adversas. Trenes perdidos. Trenes donde me había encontrado. Salas de espera en aeropuertos sin poder salir a visitar la ciudad: imaginándomela. Páginas de otros donde había escrito mi historia. Sexo a gritos. Gritos bañados en sexo. Llantos frustrados en vuelos donde me veía caer; donde aseguraba que no tocaría tierra. Vuelos donde quería verme caer; vuelos donde no quería tocar tierra. Maletas vaciadas a cinco minutos de abordar porque me había aferrado a llevar más de la cuenta y luego había sido forzada a dejar ir. Hambre amarrada para que no andara. Calles y momentos que veía únicos; que me sabían únicos, que no podían ser más que únicos y sin embargo no quería fotografiar con un aparato, sino que los abrazaba; que sentía cómo me abrazaban. Así, diciéndome: voy a abrazarte y te me vas a quedar. Y se me habían quedado. Recuerdos memorables. Sola.

Pero, ¿a quién iba a contárselos? ¿Cómo contar mis historias, mis recuerdos memorables que no compartía con nadie? ¿Quién podría querer una historia así? Si todos estamos tan desesperados por ser escuchados; por un par de aplausos mal pagados. El objetivo del individuo capitalista actual es, definitivamente, la realización a través del reconocimiento social: somos a partir de lo que el resto dice que somos. Hace tanto que el Internet se nos fue de las manos, aunque siga siendo touch. Y luego viene la desigualdad, que es lo primero que carga el receptor cuando le dices “en Berlín hay un” porque tenemos la idea de que todo aquello que se haya logrado e involucre dinero ha sido pagado con lo que no le tocó a uno. Creemos que vivimos en desventaja porque no nos quedó de otra. Pero ni se te ocurra proponer el socialismo, qué cosa más burda, chavista; llévate a Castro y al Che a tus playeras que aquí no cabe la izquierda radical.

Cuando entramos a la universidad pública mexicana, entramos al perfecto lugar de explotación económica, pero no nos lo dicen: desde ahí, exprimes una mínima parte de lo que te han quitado; de lo que han mal administrado. A veces, cuando descubro becas magníficas que nadie gana, apuesto por corrupción, pero muchas veces he encontrado cobardía: en ocasiones, tememos salir del huevo, non-dalís, porque allá afuera seremos hombres nuevos; salir del estanque porque eso sería convertirnos en seres sin nada qué presumir, nada por qué ser aplaudidos, ningún recuerdo memorable con quién compartir. Ay.

Desde la mecedora en el balcón donde nada bueno se me ocurre: compartir. Entre tanto egoísmo: salir. Habiendo tantas puertas cerradas: descubrir. Si cada humano es un hoyo negro: recordar. Si al final tengo mala memoria: perdonar. Entre tantas malintenciones: luchar. Mejor ver a otros en el ring: tolerar. Para eso está la resignación: guardar silencio. Como si estuviera otra vez en el baño del bar escuchando a otros construir su recuerdo memorable: y reír.

Bajo en la madrugada a la computadora de escritorio y me siento a escribir: no sé hacer cuentos, me harto muy rápido de escucharme a mí misma como para escribir novelas y nunca he entendido cómo se hace un poema. Me pongo a escribir una carta, que la literatura epistolar es la única a la que le hallo (lo cual no puede sorprenderle a nadie después de evidenciar mis condiciones sociales): es una carta de motivos para esa beca a Canadá. Mi primera línea dice: “I believe that traveling is a way to create lasting memories“.

 

Foto: Automat (1927), Edward Hopper

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