Revista Intemperie

Vivir es una hermosa debilidad

Por: Oscar Orellana
baco cindy sherman

Ventanas espiadas como videos de trasnoche, el desencanto de un encuentro, y el ejercicio de escribir, según Oscar Orellana

 

Tendrías que escribir sobre sexo. Sobre esas ventanas mil veces espiadas. Sobre aquella rata hambrienta en la novela El jardín de los suplicios de Mirbeau, que avanza por un tubo, ensanchando con sus patas y dientes el ano de un hombre que alguien tortura, hasta morir ella también ahogada en la sangre. Sobre Jeanne Silver, esa actriz porno amputada que con su muñón penetra a un hombre hasta la rodilla en una película que le enviaste por correo a Patricia al poco tiempo de conocerla. O podrías escribir sobre la imposibilidad de encontrar un nombre al acto de escupir en la boca de otro (alguien lo hizo contigo y a ti te gusta dar nombre a las cosas). Pero no, no tienes ganas. Borras todo. Borras cuando despiertas, borras las masturbaciones, la orina, el tiempo sin hacer nada, las miradas en la calle. Dicen que afuera hay plazas, hay amantes, bocas moviéndose, tragando, gente feliz. Que afuera existe el placer. Eso dicen.

Escribes a esta hora de la noche porque deseas destruir todas las otras horas del día. Tienes la cara de Alan Pauls congelada en la pantalla del computador. Es una vieja entrevista para un programa de televisión en la que el escritor habla sobre su preferencia por la deformidad, por el estado enfermo de las cosas. Lanza frases arriñonadas y pretenciosas del tipo: “Cuando algo está enfermo es cuando uno mejor puede observarlo” o “Lo enfermo cambia de un modo mucho más atractivo que lo sano”.

Estás seguro que te habla a ti, como a esos pacientes terminales que se van a morir al día siguiente, pero un doctor insiste en repetirles que se van a sanar. Luego Pauls narra un desencantado encuentro con Manuel Puig en Río de Janeiro. Hasta allí viajó para entrevistarlo, y lo único que encontró fue a un hombre amargo y odioso, oculto entre una pila de VHS y cuya biblioteca se reducía a sus propios libros traducidos a distintos idiomas. Ahora Pauls ya no te habla a ti. De pronto, sus palabras, sus gestos, te desagradan. Imaginas su cuerpo flaco, largo, huesudo, y tú saltando sobre su cabeza reventada mientras le repites: lo mejor es nunca conocer a un escritor a quien se admira. Recuerdas la voz de Borges, una fina fibra de sonido casi inaudible, diciendo que los negros son organismos simples, incapaces de sentir dolor, y por eso también, incapaces de cualquier placer físico, sexual. También a Buñuel, encerrado dentro de un mal documental español, afirmando que él jamás filmaría un beso. Que un beso en la pantalla le parece una oleada de repugnancia.

Pentimento, así se llama ese trazo. Primero es sólo un delgada línea, casi transparente, que comienza poco a poco a distinguirse en una pintura. Es un misterio golpeando la superficie: una fisura que se abre paso al interior de largos años inmóviles suspendidos en una pared. Una escena oculta detrás de otra escena. Muchos pintores reutilizaron lienzos donde alguna rica familia había hecho retratar a un hijo bastardo, o que se volvió loco y prefirieron mantener oculto. A veces, a un enano, a un pariente homosexual, o un niño hidrocefálico que luego mandaron a borrar, recubriéndolo, avergonzados como si se tratara de un fantasma. Pero con el tiempo, todos esos monstruos postergados, reaparecieron en la pintura, confundiéndose, deformando la perfecta figura de la mujer que ahora vemos en el cuadro o el bello rostro de una dama antigua bajo la primera lluvia del año.

Piensas en eso y vuelves a ti. Siempre del lado de la alucinación: así no se puede vivir. Tú también te disfrazas, te escondes detrás de algo. Hay una capa secreta. La vista interior de un paisaje que no deseas mirar. Practicas de todo un poco sin llegar al fondo de nada; siempre decepcionante para ti mismo y para los demás, como el comienzo del viaje hacia una región más helada, que imaginas más tolerable.

Enciendes la tele. Un niño de madre coreana y padre chileno toca en el piano algo de Mozart frente a un jurado. Al finalizar, la animadora le pregunta cómo se siente. El niño dice que se ha equivocado y que por eso su papá le va a pegar un tiro en la cabeza cuando llegue a la casa. Lo dice muy serio, vestido en su pequeño frac: Me va a pegar un tiro en la cabeza. La frase se queda quieta, aplastada. Se ha acercado a un lugar de ti que no es el cerebro ni ningún otro órgano. Como en el pentimento, la declaración de ese niño (su miedo) ha cruzado la transparencia. Los límites nunca exactos, nunca muy ordenados de tu voluntad.

 

Foto: Untitled Nº 224 (Baco enfermo, Caravaggio) Cindy Sherman

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