Revista Intemperie

Breaking Bad: simpatía por el demonio

Por: Sergio Missana
breaking bad

Sergio Missana sobre las razones del éxito de la serie norteamericana, y la reflexión del mal en la cultura contemporánea

 

El 29 de septiembre pasado se emitió en Estados Unidos el episodio final de Breaking Bad, que ha sido aclamada como la mejor serie dramática de la historia de la televisión. El sitio Metacritic –que recopila reseñas y les asigna un valor numérico promedio– le ha otorgado a la quinta y última temporada, que se trasmitió dividida en dos mitades en 2012 y 2013, la calificación sin precedentes de 99%. Casi perfecta.

Durante su ciclo de 62 episodios, siguió una curva de crecimiento exponencial: comenzó como una serie de culto, con números de audiencia tan modestos que el canal AMC estuvo cerca de cancelarla. En gran parte debido a su disponibilidad en sitios como Netflix, fue ganando masa crítica hasta instalarse durante su última temporada como un fenómeno de masas ubicuo.

¿Cómo explicar la casi perfección de Breaking Bad? Se puede recurrir al llamado “Principio de Ana Karenina”, aplicado en varias disciplinas científicas, que debe su nombre a la célebre primera frase de la novela de Tolstoi: “Todas las familias felices se parecen; cada familia infeliz lo es de su propia manera”. Este principio implica que en muchos procesos, sobre todo con cierto grado de complejidad, basta la falla de un elemento para que el total sea condenado al fracaso. Breaking Bad funciona bien porque todos y cada uno de sus componentes funcionan de maravilla.

De entre esos elementos cabe destacar dos: el guión, en que el creador de la serie, Vince Gilligan, y sus colaboradores se la han jugado por un solo conflicto central potente, que opera como un agujero negro en torno al cual gravitan todos los personajes, en vez de multiplicar los conflictos hasta lo inverosímil como suele ser la norma en casi toda ficción televisiva; y la actuación de Bryan Cranston, que deslumbra en el rol protagónico, erigiéndose, según se ha afirmado, en el Al Pacino o el Robert de Niro de su generación (equiparable al de Niro de los buenos tiempos, de El padrino II, Taxi Driver y Toro salvaje, no la triste caricatura de sí mismo en que se ha transformado en los últimos años, un amasijo de tics).

Cranston da vida a la gradual metamorfosis de Walter White, un profesor de química brillante pero derrotado por la vida y enfermo de cáncer, en su alter ego Heisenberg: “cocinero” de metanfetamina y capo de la droga en el medio oeste norteamericano.

White y Heisenberg retoman el motivo del doble, de Jekyll y Hyde. En la asombrosa interpretación de Cranston, ambos avatares se mezclan y recombinan en cambiantes matices y proporciones: Heisenberg es el monstruo que White siempre llevó dentro; algo de la fragilidad y desamparo de este sobrevive en el implacable Heisenberg. Es a estas alturas un lugar común señalar que un epicentro de vitalidad creativa se ha desplazado del cine a las series de televisión. Cuesta imaginar que se hubiera podido desarrollar la complejidad de White/Heisenberg en el marco temporal limitado y la estructura rígida de tres actos de un largometraje.

Albuquerque, Nuevo México, donde transcurre la serie, se ha transformado en un atractivo turístico gracias a ella. Resulta curioso que se haya elegido esa ciudad precisamente por ser un lugar anodino, gris, como lo fue La Mancha para Cervantes. Uno de los aciertos de Breaking Bad es evitar el tono de humor sarcástico –repetido hasta el cansancio por el cine “independiente” de los noventa– sobre la América profunda y provinciana. Otro es la visión capitalista tanto del crimen (Steven Colbert y Warren Buffet han declarado que Heisenberg les parece un gran emprendedor) como su contraparte policial: toda posibilidad de justiciase da en el marco de negociaciones en las que las fronteras entre el bien y el mal se desdibujan, en que la “verdad” se transa como moneda de cambio.

En el centro de la trama se aloja el problema del mal. Al igual que en Los Sopranos y House of Cards (esta última es un ejemplo contrario del Principio de Ana Karenina: un retrato de notable cinismo sobre la corrupción del poder político que cojea por la sobreactuación egocéntrica de su actor principal, Kevin Spacey, y, sobre todo, por la debilidad de los diálogos, que en largos pasajes no pasan de ser malas imitaciones del estilo de Aaron Sorkin), se estira la cuerda de la capacidad de la audiencia de identificarse con un protagonista malvado. Vince Gilligan ha sugerido lúcidamente que el público no empatiza con la maldad de White/Heisenberg, sino con su eficiencia. Todos sus enemigos –excepto su cuñado, agente de la DEA, con quien libra una larga partida de ajedrez– son aún más malvados que él.

Gran parte de la historia se juega en la tensión entre White y su asistente/discípulo, Jesse (Aaron Paul). El contraste entre ambos es ante todo ético. Hacia el final de la 5a temporada, Jesse describe al “Sr. White” como “el demonio”, por su inteligencia y suerte. En cuanto encarnación del mal, Heisenberg tiene elementos (según ha sugerido el propio Gilligan) de Keyser Söze, el villano de la película Los sospechosos de siempre, cuyo poder se cifraba en una frase tomada de Baudelaire: “el mejor truco del diablo fue convencer al mundo de que no existía”. Al igual que Söze, Heisenberg manipula su propia leyenda. Pero se aleja de él al estar contada la historia desde su punto de vista. White y Jesse entran al mundo de la metanfetamina como un par de ineptos aficionados y se van abriendo paso, mediante ensayo y error, hacia el “profesionalismo” y el poder. Esa improvisación constante (Cranston evitaba leer los guiones de los capítulos siguientes para conservar la sensación de permanente desesperación del personaje) lo sitúa en las antípodas del villano cinematográfico por excelencia, el Dr. No (en sus múltiples avatares): el mal con un plan, el mal que concibe un orden –aunque megalómano y demencial– y que se puede asociar, en último término, a Hitler; el mal dotado de una lógica, que puede ser utilizada para derrotarlo. White/Heisenberg, más que concebir un orden posible, se mueve en medio del caos, es un sobreviviente. Como a Macbeth, lo mueve la ambición pero también se deja arrastrar por su destino. El mal que encarna equivale al reflejado por los estudios de Stanley Milgram sobre obediencia a la autoridad: la violencia y crueldad que están latentes en todos nosotros.

 

Foto: AMC

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