Revista Intemperie

El matrimonio de los peces rojos: un realismo feroz

Por: María José Navia

el matrimonio de los peces rojos

María José Navia ve en la última entrega de la destacada escritora mexicana una poderosa reflexión sobre esos miedos y deseos que nunca escondemos tan bien como creemos

 

En uno de los epígrafes que enmarca a la última colección de cuentos de la talentosísima escritora mexicana Guadalupe Nettel (y que fue galardonada con el prestigioso Premio Ribera del Duero este año) se advierte que “El hombre pertenece a esas especies de animales que, cuando están heridas, pueden volverse particularmente feroces”. El epígrafe es de Gao Xingjian y sirve como perfecta puerta de entrada a este conjunto de relatos.

En cada uno de las cinco historias de esta colección, los animales u hongos tienen una presencia fundamental. A veces sirven de catalizadores de decisiones complejas, en otras, se convierten en espejo de los procesos por los cuales pasan los protagonistas humanos. Son cinco historias feroces, pero no en un sentido obvio: acá los animales son plácidos peces de acuario, gatos que ronronean o serpientes potencialmente peligrosas que contemplan plácidas desde su terrario; la ferocidad está en las emociones de los humanos: la violenta angustia que parece clavarle los dientes a la protagonista de “El matrimonio de los peces rojos” o “Felina”, la feroz desesperación por amar de la protagonista de “Hongos” (que decide cultivar los hongos que le dejó un romance clandestino con un prestigioso compositor) o la honda necesidad de encontrar un lugar en el mundo para los protagonistas de “Guerra en los basureros” o “La serpiente de Beijín”).

La desesperanza parece mostrarle todos sus dientes a estos personajes, haciendo brillar sus colmillos en la oscuridad. Y las atmósferas e historias se van enhebrando a partir de una minuciosa atención al detalle (algo que caracteriza el trabajo de Nettel en historias como “Ptosis”, de su anterior volumen de relatos Pétalos y otras historias incómodas), especialmente si se trata del universo animal o vegetal.

En “El matrimonio de los peces rojos”, una pareja pronta a ser padres, vive la espera con un acuario de peces betta como testigos. Comenta la narradora: “En general, se aprende mucho de los animales con los que convivimos, incluidos los peces. Son como un espejo que refleja emociones o comportamientos subterráneos que no nos atrevemos a ver” (16). De a poco, a medida que investiga sobre las características de sus mascotas, la protagonista va interpretando la dinámica que mantiene con su pareja con creciente desasosiego. Así, dice: “Los peces son quizás los únicos animales domésticos que no hacen ruido. Pero estos me enseñaron que los gritos también pueden ser silenciosos” (24). O, después: “Los peces betta… pueden ver estrecha la pecera más amplia. Siempre les falta espacio y se sienten amenazados incluso por su pareja. Con toda esa presión encima interpretan la existencia del otro” (34).

En “Guerra en los basureros” un niño, cuyos padres acaban de separarse, es dejado en la casa de sus tíos por un tiempo, mientras organizan las cosas. El niño, que cuenta la historia desde su adultez, ya convertido en un profesor de biología que estudia insectos, reconoce en ese período de su vida el comienzo de su afición a los bichos. “Recuerdo ese fin de semana como un remanso. Me sorprendió que existiera un sitio en el que nadie discutía, excepto en las telenovelas, cuyas voces llegaban hasta mí por la ventana del cuarto de servicio” (46). Una noche, el niño ve a una cucaracha (“Me pareció que aquel insecto me miraba y en sus ojos reconocí la misma sorpresa y desconfianza que yo sentía por él” (50)) y la aplasta con su zapato, lo que trae consecuencias insospechadas en la casa de los tíos y una aún más insospechada solución para acabar con ellas.

“Felina” comienza con otra de esas frases que parecen ir llevando al lector de la mano (un caminito de migajas que a ratos se agradece pero, muchas veces, molesta bastante): “Los vínculos entre los animales y los seres humanos pueden ser tan complejos como aquellos que nos unen a la gente” (63). Para agregar un poco más adelante: “Ahora que lo pienso, los compañeros de piso cumplen en ocasiones el papel de las mascotas y el vínculo con ellos es igual de complejo” (65).

La protagonista comienza a vivir sola, luego de que sus compañeros deban mudarse, y comparte su espacio con dos gatos: Greta y Milton, quienes hacen de jueces para la búsqueda de nuevos compañeros de casa. La mujer intenta terminar su tesis y planear su futuro después del doctorado mientras Greta experimenta períodos de celo de lo más violentos y dolorosos. No quiero arruinarles la historia, pero digamos a modo de comentario que la maternidad aparece en este cuento y todo se pone a temblar.

En “Hongos”, el cuento que probablemente concentra de mejor manera todos los talentos de Nettel (la atención al detalle, el despojo minucioso del corazón humano, lo siniestro que se esconde en lo cotidiano), una mujer tiene un romance con un violinista en una colonia de verano para músicos. Ambos están casados y continúan su relación intermitentemente sin querer ninguno de los dos abandonar las vida que llevan (“Quería que mi vida siguiera siendo la misma, no porque fuera mi única alternativa, sino porque me gustaba. La elegía cada mañana al despertarme en mi habitación, en esa cama que durante más de diez años había compartido con mi esposo. Elegía eso y no los tsunamis sensoriales ni los recuerdos que, de haber podido, habría erradicado para siempre” (90)).

Los encuentros dejan algo más que recuerdos apasionados para esta pareja de amantes, y ambos empiezan a cultivar sus hongos como una bizarra forma de comunicarse: “Pensar que algo vivo se había establecido en nuestros cuerpos, justo ahí donde la ausencia del otro era más evidente, me dejaba estupefacta y conmovida” (97).

La historia se vuelve de a poco en una reflexión sobre el amor y el parasitismo, sobre los límites y el dejarnos invadir, sobre el querer siempre más, incluso a riesgo de perder el deseo del otro (“Los parásitos – ahora lo sé – somos seres insatisfechos por naturaleza. Nunca son suficientes ni el alimento ni la atención que recibimos” (100). El remate del cuento es brutal y uno queda, como lector, algo sumergido bajo el agua, nadando en círculos, queriendo apagar el mundo por un rato.

Por último, “La serpiente de Beijí” nuevamente exagera en su claridad para establecer las relaciones entre los animales y los humanos. Un joven ve cómo su padre (que fue adoptado cuando niño por franceses, pero cuyo origen es chino) vuelve completamente cambiado luego de realizar un viaje solo a China. Al regresar, construye una buhardilla en su casa, que parece simular una pagoda, y compra una serpiente venenosa que contempla todo el día dormir en su terrario. La madre no reacciona bien a este cambio: “Siguió hablando durante unos minutos de las víboras y sus características, según su entender. La tentación, el egoísmo, la maldad… Todo eso era mi padre, según ella. Todo eso llevaba dentro desde que volvió de China” (109) y el propio narrador se preocupa de que su padre hubiera “instalado esa amenaza a unos cuantos metros de su propia familia, separada apenas por un delgado vidrio, como quien activa una bomba de tiempo” (114).

Pronto, la razón de mantener a la serpiente y la idea de la madre de deshacerse de ella, con la ayuda de su hijo, se vuelven peligrosamente evidentes. No hay mucha sorpresa en esta historia y decepciona un poco terminar así este libro. Sin embargo, la sensación de maravilla permanece, así como también ese escozor incómodo de haberse visto reflejado de tantas maneras, en este caleidoscopio incómodo.

El matrimonio de los peces rojos es una poderosa reflexión sobre las relaciones humanas y esos miedos y deseos que nunca escondemos tan bien como creemos. Cuentos desesperados, sutiles o poderosamente avasalladores, contados siempre con esa maestría que caracteriza el minucioso y brillante trabajo de Guadalupe Nettel. Historias con la atemporalidad de los cuentos de hadas, en los que los animales ponen a prueba a los humanos o bien observan sin pestañear, como testigos incómodos, bizarros pero siempre implacables.

 

El matrimonio de los peces rojos

Guadalupe Nettel
Páginas de espuma, México, 2013


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