Revista Intemperie

Fuerzas especiales de Diamela Eltit

Por: Andrea Jeftanovic

fuerzas especiales

Andrea Jeftanovic celebra lo último de Diamela Eltit, que se interna en el paupérrimo bloque urbano para indagar en personajes que parasitan de sí mismos para sobrevivir

 

Leer una novela de Diamela Eltit es siempre una fiesta, cada libro fascina por lo sagaz de su discurso, por la intensidad lírica de su lenguaje barroco que integra hablas populares, y también, por la potencia de las imágenes cotidianas resignificadas con sentido político. Fuerzas especiales, nombre cargado de eufemismo, es un libro sobre la obscenidad de la policía, de la guerra, de la pobreza, del mercado, del neoliberalismo, del internet como un inquietante mercado.

Diamela Eltit, en su sólida y prodigiosa obra, ha trazado, de acuerdo con la crítica, un territorio de tres puntas en el que insiste magistralmente una y otra vez: sujetos marginales, hablas y cuerpos enfermos. Y yo agregaría: obscenidad. Hay obscenidad en una plaza con una mujer que se deja seducir y excitar por el “luminoso” y es interrogada hasta la irritación por un censor (Lumpérica); hay obscenidad en un supermercado que somete a sus trabajadores a condiciones infrahumanas mientras sus asépticos pasillos relucen atiborrados de productos (Mano de obra); hay, sin duda, obscenidad en un hospital público que abandona a una madre y una hija al mandato narcisista de los médicos (Impuesto a la carne). Entonces lo obsceno, más allá de su acepción sexual, sino más bien como lo horrible, lo temible, lo que se debe evitar o esconder; lo que queda fuera de escena cívica.

En este sentido, recupero un reciente titular de prensa: “Fuerzas Especiales arrastra a estudiante que termina inconsciente”, el vídeo muestra a cinco uniformados empujando a un joven semidesnudo y herido. Antes de este episodio o al mismo tiempo, manifestaciones ciudadanas se articulan para luchar por sus derechos civiles pero sabemos que a los pocos minutos se despliega un campo de batalla con fuerzas policiales que azuzan a estas masas con gases, palos, balines, pistolas y más. Así, la imagen procaz que se ha erigido como una postal local/global es la de un contingente de uniformados agrediendo a una multitud o a un ciudadano.

La nueva novela de Diamela Eltit, evadiendo siempre los lugares comunes, no trata de esas muchedumbres activas, sino de personajes que están en un estado larvario. Son los habitantes de la paupérrima vivienda social del bloque urbano, que reside en un departamento de escasos 30 metros y materiales livianos, y cuya existencia está rubricada por la resignación y el miedo. Eltit ha pensado en estas existencias parásitas en tanto personajes que están crónicamente cansados y enfermos, sus subjetividades precarias los han lanzado lejos de todo poder político/ciudadano y solo les queda su fisiología: un dolor de muelas, dos costillas trizadas, cicatrices en la frente, un costurón de veinticinco puntos que sutura un cráneo. Apenas tienen fuerzas para salir de casa y de su cama. Las camas, de hecho, regresan, como en otros libros de la autora, fuera del imaginario erótico para ser camas-tumbas, camas-catre hospitalario, camas de la derrota. Los personajes de Fuerzas especiales no viven: padecen. En esta dirección la protagonista/narradora se presenta de este modo: “Soy una criatura parásita de mí misma. Sé que mi hermana palpita en nuestra cama, incómoda, incierta… Me pide que sea yo la que consiga horadar la sensación de pesadumbre metálica que le provoca la ausencia de sus niños”. Ella logra, efectivamente, en algún punto, revertir esa pasividad y salir a la calle.

Junto a la escenificación de estos cuerpos dolientes que apenas se mueven, apenas comen, apenas existen, se despliega una lista de armamentos híper sofisticados que se intercalan como un mantra en el que se señala la lujuria de la guerra y la industria armamentista (“Había mil trescientas Baretta Target 90”). Acá los ciudadanosde los bloques no “ocupan” la ciudad, como lo hacen los movimientos Occupy Wall Street y otros, sino que es la policía quien los “ocupa” en una tensión entre “pacos” y “tiras” que colonizan los departamentos, los pasillos, las canchas de fútbol. Sí, hay una estrategia de colonización que se funda en la redada nocturna, en la distribución rizomática y sorpresiva entre los recovecos de sus casas. Los habitantes, por supuesto sin rejas ni citófonos, quedan a la intemperie del batallón de “efectivos”, que reduce umbrales y despliegan movimientos tácticos en una guerra ridícula, asimétrica. Los pobladores están diariamente asediados por estas fuerzas metalizadas, y comparten el secreto de su común humillación que se registra en la indigencia de su léxico y de sus horizontes vitales.

Del bloque y al cíber, del cíber al bloque… ésa es la trayectoria vital de la protagonista que nos traza los sobresaltos de su precaria existencia familiar y las horas que pasa en el sórdido cibercafé que regenta el Lucho. Además, alrededor del cíber hay una comunidad humana digna de la picaresca: la guatona Pepa, el Omar, compañero de cubículo el cojo Pancho, el Vladi, productor musical. Cada día la protagonista camina y ocupa el cubículo 8 del “cíber” para visitar sitios web de moda, seguir comunidades de gustos abyectos y transar su cuerpo en el comercio sexual: “treinta minutos y mil pesos”. El cíber, es un lugar en el que se fagocitan unos a otros, y se presenta de este modo: “Todos se comen. Me comen a mí también, me bajan los calzones frente a las pantallas… En cambio el Omar o el Lucho solamente se lo sacan, más fácil, más limpio, más sano… Pagamos trescientos pesos por ocupar media hora el cubículo”. Medias horas monótonas, reproducidas en serie, escapistas, con cierto matiz grotesco de la bisagra entre el comercio sexual y el acoso comercial.

Acá está uno de los puntos más feroces de la novela, la mirada frontal e incómoda a las posibilidades de Internet con su infinita capacidad de asociación en torno a las preferencias más extravagantes (intercambio de datos de suicidios, de instrucciones de bulimia y escaparate para todas las filias, etc.), la compraventa de las mercancías más extrañas (el portal de guaguas en el norte, la compra de huesos, cráneos, órganos, serpientes y más) para los usuarios amparados en el anonimato de los apodos o nicknames y los números de la tarjeta de crédito. Red y redes, coimas, prontuarios de la policía, tráficos; navegar por la aglomeración de este espacio psicogeográfico: “Están ahí con sus técnicas de camuflaje, …aparecen y desaparecen de las redes para desorientar a los tiras del mundo que están con sus caras pegadas a las pantallas”. Y luego, ofrece su cuerpo a los mismos “tiras” y pacos que desarrollan distintivos hábitos corporales. Así se traza la cartografía de la “crispada ruta de las redes” entre bordes turbios y pantallas relucientes, el seguimiento a portales que comercializan “de todo”, burlando la vigilancia fronteriza o acordando esa omisión. La red como un espejismo, como una tierra de nadie, colonizada por el poder de compra, de ofrecimientos, de pulsiones (“somos cíber, no calle”). La protagonista lo sabe, se ha presentado así misma como una Juana de Arco electrónica, la mártir de su familia y de las redes a las que se entrega en cuerpo y alma, como cayendo a la hoguera virtual. Y mientras tanto ella cuenta en un obsesivo ejercicio matemático. Cuenta un, dos, tres, cuatro, los miembros de la familia que le queda. Cuenta el pan que resta en la cocina. Las costillas trizadas del padre. Los 300 pesos de la frica que se puede comer en la esquina. Cuenta la media hora de su tiempo, los doce minutos de dolor. Contar la violencia en el sitio programático de la degradación humana de los cuerpos-bloques.

Nosotros, como lectores, contamos, y celebramos, la décima novela de Diamela Eltit, y su decimoquinta producción literaria, de la autora que ha dado un vuelco lúcido a la narrativa chilena y latinoamericana, y que hoy se presenta con un título tan actual, urgente y ciudadano.

 

Fuerzas especiales

Diamela Eltit
Editorial Planeta, Santiago, 2013

Un comentario

  1. Hace un tiempo ya el cine esta tratando esos problemas que hay en novela está de Eltit. Para mi ni fue nada nuevo u tremendamente original que ya no supiera. Quiero decir su imaginario apocalíptico de la tecnología digital . Cito estos films por ejemplo: Memorial artificial , Elysium, Oblivion. También hay novelas en inglés sobre eso y poesía que tratan del ciber mundo digital.

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