Revista Intemperie

Así dormirás esta noche

Por: Oscar Orellana
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Oscar Orellana tras el impulso contenido en una serie de historias horriblemente bellas

 

Ser cada vez más imperfecto: eso es el deseo. Porque no podemos ser simplemente el nombre de un pájaro: por eso escribimos sobre el deseo. Nos obsesiona lo que no se comprende.

Patrick y Taeko salen tarde de la academia de música donde estudian piano. Acaban de conocerse. Caminan lentamente bajo los árboles de un parque en Viena. Él piensa que si cierra los ojos, aunque sea un segundo, se desplomará. Ella se detiene cada vez que habla. De un momento a otro, la distancia que los separa ya no seguirá intacta. Ahora es el amor, las manos en los bolsillos, la ilusión de romper el espacio. Todavía no es la desesperación ni la fatiga. Todavía no es aquel domingo, veintiún años más tarde, cuando la misma pareja, entre por última vez a su casa. Patrick ha cerrado la puerta del dormitorio. Ha anudado una cuerda a la viga más alta. Lo ha hecho solo, sin la perfecta sincronía de las cuatro manos, como cuando tocan juntos el piano. Al poco rato, Taeko lo descubre: la cara a la deriva. La idea de su singularidad le asusta. Como respuesta, decide colgarse a su lado. ¿Por qué? Nadie lo sabe. Quizá para conquistar la libertad de no sentir más el frío. O el deseo de ver por un instante la vida balanceándose en el aire. La muerte sólo existe en el tiempo. Es increíble la cantidad de energía que necesita el cuerpo humano en la tarea de destruirse.

Hace más de un mes que Manuel se fue a vivir a México. Mucho antes de irse, escribió en la página 67 de su poemario: Soy la frase que el viento arrastra por un imperio de ceniza. María Inés se cambió a un departamento ruidoso en el centro. Compró una compostera enorme y un libro de Jean-Luc Nancy que lee por las tardes, mientras imagina llena de orgullo, a las lombrices que trajo en un tarro desde Temuco moverse en esa oscuridad orgánica. Qué lejos y qué cerca se van los amigos. Te dejan cosas como esas; un poco de belleza embrutecida. Una constelación transparente, para mantener la impresión de que continuamos encerrados dentro de una misma historia, pero no es cierto.

Vagabundeas por horas entre multitiendas, bancos, museos. Te atraen los guardias; la superficie tensa de sus uniformes. Los bultos que sobresalen, que emergen desde la mayor insociabilidad imaginable. Te atraen, porque sabes que detrás de ese aislamiento, están vacíos y tú también estás vacío. En clases, un profesor habla sobre las aplicaciones retóricas de la luz en la fotografía, el cine, los discursos institucionales y los textos críticos. Su voz es apenas un chasquido que se apaga antes de llegar hasta donde tú estás. Sales. Casi al final del pasillo, asomas la cabeza al interior de la capilla vacía. Recuerdas esa película donde un caballo entra a una iglesia y se bebe toda el agua bendita. Sonríes. Finalmente decides quedarte sentado viendo el examen final de unos estudiantes de teatro. Odias la voz, la delgadez, los movimientos de los actores, pero te gusta el teatro, porque borra en parte el contorno de la vida.

Se requieren al menos 10 minutos para que el cerebro libere una sustancia que origina el desarrollo sináptico de la memoria a largo plazo. Por eso no recordarás que anoche mientras besabas a un hombre, sólo podías pensar en la formación de las caries. En esa progresión que coloniza sin descanso nuestras bocas. Lo besabas sumergido en un abandono mitad metabólico mitad erótico, de larva o momia. El simulacro de tu presencia. No importa. Lo olvidarás.

Antes el deseo, o la idea del deseo, te parecía horriblemente bella. Luminosamente atroz. Sin embargo, pronto te comenzaron a cansar sus lugares comunes, sus ceremonias, donde nadie puede sobrevivir si no siente que es capaz de ejercer algún tipo de atracción sobre otro. Ahora sabes que el deseo se parece más al impulso violento de destruir el reflejo de tu propia respiración.

Te quitas la chaqueta y la camisa. Volverás a acostarte solo. Pensarás en Patrick y Taeko paseando otra vez en un jardín de Viena. En sus manos ligeras, sorprendentes. En sus manos de fantasma y hada.

Así te dormirás. Bajo un cielo que es hermoso, porque no es humano.

 

Foto: Nude with Leg Up (Leigh Bowery) Lucian Freud

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