Revista Intemperie

Jeanette Winterson interpreta a Oscar Wilde

Por: Intemperie
oscar wilde

 

De ser uno de los hombres más famosos de Europa y el mundo, por su ingenio mordaz y su incansable capacidad para fustigar los prejuicios sociales de su época, Oscar Wilde cayó en total descrédito y terminó sus días de una de las formas más trágicas que puede terminar un hombre, famoso o no: separado de su mujer y sus hijos, hundido en la miseria, la humillación y en el exilio, después de haber sobrevivido dos años a las mazmorra de una cárcel inglesa.

En la cárcel escribió De Profundis, una meditación magnífica sobre “la fe y el destino, el sufrimiento y el olvido, el amor y el arte” como apunta muy acertadamente Jeanette Winterson en su nota en el periódico The Guardian. La obra se inicia con el siguiente axioma: Suffering is one very long moment (El sufrimiento es un solo momento muy largo).

El gatillante de la tragedia de Wilde fue Lord Alfred Douglas, un joven veinteañero de una familia aristocrática con el cual Wilde se involucró en un turbulento romance. El responsable directo de dicha tragedia fue el padre de Douglas, el marqués de Quensberry, conservador y machista, que al descubrir el terreno en el que se internaba su hijo, acusó a Wilde de sodomía y de indecencia grave ante los tribunales.

Según lo describe Winterson, Quensberry era un matón, un mujeriego, adicto al juego, y boxeador amateur. En su vida personal, no seguía para nada el fair play. Era un pugilista tramposo detestado por su familia. Una caricatura de la masculinidad, odiaba el culto al arte y la belleza que proclamaba Wilde”.

A pesar de todo esto, Quensberry triunfó en su causa de hundir a Wilde cuando éste se encontraba en la cima de su carrera. Lo llevó a la bancarrota, lo hizo perder hasta los derechos sobre sus libros, lo llevó a la cárcel y lo cubrió de un oprobio tal, que hasta la propia familia del dramaturgo se vio obligada a cambiar de nombre. Una historia perfecta en la que el mal triunfa sobre el bien. Wilde murió en el exilio, tres años después de salir de prisión.

Winterson, famosa escritora inglesa que alcanzó la fama a los 26 años con la extraordinaria novela Fruta prohibida (Oranges are not the only fruit), en la que relata su traumática forma de “salir del closet” en medio de una comunidad religiosa, recuerda ahora la figura de Wilde proponiendo una lectura profética de sus famosos cuentos infantiles, en lo que ve una anticipación del destino trágico de Wilde.

Winterson es una asidua lectora de leyendas y cuentos de hadas, los que utiliza en sus propias novelas (particularmente en Fruta prohibida) para ofrecer a sus personajes un santuario y refugio en el cual escapar de las mezquindades del mundo real. Quizás inspirada por estas lecturas, Winterson defiende ahora el valor de los cuentos de Wilde, como la primera demostración de su genio, y el tránsito hacia sus obras más logradas, por las cuales lo recordamos hoy.

En la columna titulada “Por qué necesitamos los cuentos de hadas”, Winterson propone que cuentos como “El príncipe feliz” portan un signo profético y ominoso que anticiparía la anábasis de Wilde.

“Los cuentos de hadas siempre involucran vuelcos de la fortuna” escribe Winterson. “Esto funciona en dos direcciones: mendigos llegan a ser reyes, palacios se derrumben y se transforman en covachas, el hijo pródigo come cardos. El rápido cambio de suerte de Wilde, desde la fama y el dinero hasta la humillación y exilio, sigue el mismo patrón dramático”.

Según Winterson, “El príncipe feliz” sigue exactamente este itinerario. El cuento, escrito en 1888, siete años antes de su affaire con Douglas, comienza con la estatua del príncipe, dorada y enjoyada en el pedestal más alto de la ciudad. El príncipe traba contacto con una golondrina, –herida  tras una relación fallida con un junco–, y le cuenta de toda la pobreza que ve desde su altura. Por esto le pide al ave que le quite las joyas que lo cubren y se la lleve a los pobres. Finalmente, cuando le quitan los rubíes de los ojos, el príncipe queda ciego. El cuento termina con la estatua caída en total desgracia, cuando el alcalde manda removerla y derretirla. Los trabajadores cumplen la orden, pero lo único que no pueden derretir es su corazón.

“No creo que ninguna descripción pueda acercarse más que ésta a la destitución total de Wilde y su genio por una sociedad obsesionada con las apariencias e indiferente a la imaginación” escribe Winterson.

La literatura y los cuentos son como sueños, ya lo han dicho muchos. Quizás como un sueño premonitorio Wilde vio también su propio deceso en el reino de las sombras, o quizás incluso lo deseaba, el éxito y la fama era una alhaja molesta, de la cual querría liberarse. En sus cuentos iniciáticos escribiría así un guión, que su propia vida iba a cumplir, tal vez con anuencia de su voluntad. “Entre el fracaso y el éxito, siempre me he sentido más cómodo en el primero” dijo alguien, mucho después. Suffering is one very long moment.

 

Foto: The Selfish Giant and Other Stories, Oscar Wilde (ilustración de Grahame Baker-Smith)

 

Artículo publicado originalmente el 17/10/2013

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