Revista Intemperie

El mal según Carlos Busqued

Por: Pablo Torche

bajo este sol tremendo

Pablo Torche se fascina con la novela Bajo este sol tremendo, publicada el 2009 por Anagrama y cuyo autor, Carlos Busqued, se apronta a lanzar su segunda obra

 

Cetarti llega a Lapachito, un pueblo perdido en el Chaco argentino, que es algo así como el infierno en la tierra. Un reino calcinado y pantanoso, poblado de animales prehistóricos hundidos en una especie de inercia angustiosa y sinsentido, que recuerda en algo la atmósfera de La mala hora, esa novela dura que a García Márquez le costó publicar, donde su universo aparece nítido pero, desprovisto de la exuberancia y la fantasía que le impregnaría después, de alguna forma más crudo y revelador.

El motivo del viaje de Cetarti es la muerte de su madre y su hermano, que han sido asesinados a escopetazos, cosa que a Cetarti no le importa en lo más mínimo. El paralelismo con Mersault se va desvaneciendo entre los espejismos de la ciénaga, que sólo parecen fragmentar y disolver las explicaciones, aún cuando la atmósfera opresiva y vaciada de sentido no hace sino acrecentarse. Bajo este sol tremendo es una novela que dialoga con la tradición literaria de una forma rara, así como inconsciente. La figura prototípica del pirata desalmado y cruel, sin más referentes morales que su propio egoísmo, que popularizara Stevenson en novelas de aventuras, que Conrad examinara en sus dilemas morales, y que Beckett redujera a la categoría de absurdo existencial, reaparece aquí a través del epónimo distante de un oficial retirado (Duarte) y de un secuaz idiotizado de edad indefinible (Danielito), que lo secunda en su afición por secuestrar y torturar mujeres en su tiempo libre (que es prácticamente todo el día). Lo único que  me extrañó es que Duarte no fuera cojo, o sufriera algún tipo de impedimento físico.

A este dúo dantesco e infernal se une como por error, casi por aburrimiento, Cetarti, que cae en contacto con ellos a propósito del cobro de un seguro de vida de su madre. Cetarti se convierte así, primero en el testigo y luego en el “cómplice pasivo” y crecientemente activo, de los crímenes que perpetran sus nuevos colegas. La novela podría ser así una especie de metáfora de la violencia histórica latinoamericana y la forma en que es tolerada o auspiciada sin asumir responsabilidad alguna por ello.

Esta lectura obvia y hasta cierto punto rigidizante –la novela como un micro-cosmos subjetivizado de un macrocosmos histórico o sociopolítico, que se filtra–, puede ser sin duda levantada, pero de ningún modo agota la novela, ni siquiera -diría yo–, sirve para canalizar la lectura.

A mí en lo personal, Bajo este sol tremendo me fascinó por algo casi opuesto: su resistencia a ser analizada, a ser “descifrada” por una lectura unívoca o racional, ya sea la política o cualquier otra. La novela seduce y reverbera precisamente en aquello que tiene de incompresible, en su capacidad de confrontarnos con un reino de sombras del que no logramos hacer sentido, que no es posible hacer encajar en ninguna categoría o interpretación.

El narrador es hábil en desplegar escenas y personajes sin entregar los antecedentes fundamentales, en ir haciendo ensamblar los cuadros con un mínimo de ilación, en mostrar sin interpretar. Pero la oscuridad que fascina no es mero truco literario, es una forma completamente inusual de ahondar en el mal, en sus distintas caras o facetas, de una manera que resulta tan verosímil que literalmente llega a dar miedo. En este sentido Bajo este sol tremendo se queda en la memoria como un sueño medio pesadillesco, través de sensaciones e imágenes envolventes y penetrantes, que van más allá del recuerdo de los acontecimientos o la historia.

Duarte y Danielito secuestran personas, y las mantienen recluidas y dopadas en una especie de sótano, mientras cobran lo que parece ser un rescate. Toda la atmósfera transcurre adulterada por el sopor de la droga, puesto que también los raptores viven hundidos en la adicción a la marihuana, hasta un extremo que resulta casi moralizante. Los rastros de tortura y abuso son a ratos explícitos, la mayor parte de las veces –las más estremecedoras–, sólo sugeridos, marcados en moretones y vómitos. El dolor es omnipresente y a veces muy palpable. En general resulta agobiador pero algunas veces morbosamente atractivo.

Más allá de la ausencia absoluta de referentes morales de los personajes, que viven en un mundo con las coordenadas borroneadas por la droga, la televisión, y en la práctica el embrutecimiento, lo que llama la atención es su absoluta indiferencia frente al dolor de los demás, algo que parece incluso biológicamente difícil. No se sabe lo que quieren, probablemente no quieren realmente nada, porque es el mismo deseo lo que ha quedado atrofiado en sus vidas carentes de amor, pero es la incapacidad de sufrir, de conectarse con esta carencia, lo que los vuelve más atemorizantes y, de una forma muy remota, compadecibles.

En esta atmósfera de total descomposición, las páginas las ocupan exquisitos diálogos sobre la rarezas del mundo animal, sacadas la mayoría de las veces de los canales del cable, pero también de la observación directa del entorno, que provee muestras abundantes para un observador atento como los son nuestros tres protagonistas. La violencia y el salvajismo inexorable de los animales parecen otorgar así, de forma especular o invertida, una rara forma de redención. No es que la crueldad del mundo animal ofrezca una coartada para la maldad humana, sino más bien que, ante el espejo del mundo natural y biológico, las más despreciables acciones humanas, si bien no encuentran salvación, al menos parecen inscribirse en un ciclo imperioso e inescapable, del que no son plenamente responsables sino más bien esclavos.

“-Estos (escarabajos cascarudos) son venenosos. Matan bichos y se los comen. A mí, uno me mató un perro. Un perro chiquitito que yo tenía. Lo mordió en una pata y primero se le pudrió alrededor de la herida, después la pata, después el cuarto trasero y a la noche se murió, largaba un olor horrible.

-Sí, en la estación me contaron de un hombre que perdió dos dedos en cuestión de horas. Y usted cómo supo que era el cascarudo.

-Porque cuando lo encuentro muerto en el patio, estaba el bicho comiéndolo. Había empezado por donde estaba más podrido.

-Pero puede haber muerto de otra cosa entonces.

-No, fue el cascarudo. Yo lo agarré y lo puse en un frasco y después con Danielito hicimos un experimento. Lo pusimos en una pecera vieja y le tiramos un ratón adentro. Y fue igual. Incluso tardó un poco en agarrarlo porque el ratón se ponía siempre en la otra punta de la pecera, y estos bichos se mueven lento. Pero se ve que en algún momento lo enganchó y lo mordió. Y el ratón, igual que el perro. Se pudrió enseguida. El cascarudo se acovachó en una esquina de la pecera y esperó, era como si estuviera muerto también. Y cuando el ratón se terminó de morir, el bicho como que se despertó y se lo comió entero. Tardó un día y medio en comérselo, no paraba. Dejó los huesitos limpios.”

Cetarti se imaginó las caras de Duarte y el tal Danielito observando la escena a través del vidrio de la pecera.

“-A mí me dio la impresión como de estar viendo algo medio prehistórico.”

 

Bajo este sol tremendo

Carlos Busqued
Anagrama, Barcelona, 2009

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