Revista Intemperie

Los consejos de Hofmann

Por: Frank Volterra
alicia

Frank Volterra escribe una historia personal sobre el uso de los alucinógenos y sus posibilidades para explorar realidades insospechadas

 

La anécdota es conocida: en 1937 el doctor suizo Albert Hofmann, químico de los laboratorios Sandoz, sufre un insólito malestar. Ha estado trabajando con una sustancia nueva que ha sintetizado: el LSD-25, y que le ha producido alarmantes visiones y cambios en su percepción. Nervioso, decide irse temprano a casa. Va en bicicleta y durante el camino Hoffmann se horroriza: no puede ver con claridad; más bien le da la impresión que el mundo entero se ha curvado, como si estuviera viendo todo a través de un espejo deformado –un espectáculo similar al que sale en la película Incepcion posiblemente.

Al llegar a casa, el doctor Hoffmann se derrumba sobre un sillón. Desearía que la pesadilla acabe pero comprueba que los efectos continúan: los muebles a su alrededor giran e incluso se transforman, adquiriendo formas grotescas y espeluznantes. Hasta ve como a sus pies se abre un vórtice espacio temporal y desde ahí una especie de demonio lo jala intentando arrastrarlo a lo que parece es el inframundo. Hoffman grita, al experimentar lo que él llamó después: “la desintegración del mundo exterior y la disolución de mi ego”.

Pero el mal viaje de a poco se le va pasando. Hofmann comienza a notar un sentimiento de dicha y contento; contempla los colores que hay alrededor de las cosas (¿el aura?) y oye voces que parecen cantos de voces que cree sagradas. Por un momento se siente participe del universo como una experiencia organizada hasta niveles insospechados y que supera los parámetros usuales dictados por nuestra individualidad; la percepción de un arreglo cósmico que sustraído del caos y la impersonalidad cotidiana, por primera vez parece cobrar pleno sentido.

La historia tiene un final feliz: el doctor Hofmann se recupera y desde entonces dedica buena parte de su vida al estudio, consumo y promulgación del uso de los alucinógenos. De hecho, no fue hasta el descubrimiento casual de Hofmann que estos empezaron a usarse en Occidente. Y si bien hoy se encuentran prohibidos, como la mayor parte de las drogas por el orden establecido, siempre habrá unos cuantos aventureros que probaran la psilocibina, el LSD, los hongos alucinógenos, el peyote, la sagrada ayahuasca, etc.

La experiencia alucinógena –vale advertir– no siempre es agradable. He conocido chicas que tras probar una estampilla de ácido salen corriendo por las calles creyendo que son perseguidas por demonios; o punkies para nada cristianos que han derramado lágrimas tras haber sido increpados por Jesús, quien los culpaba de haberlo subido a la cruz. Supongo que los alucinógenos requieren autocontrol, lo que hasta cierto punto va en contra de las aspiraciones del consumidor de drogas promedio, que busca en esencia alivio, evasión y pasar un buen rato.

Porque claro, lo que suele pasar con las drogas es que se toman para modificar la personalidad: uno se relaja o se deprime con el alcohol, se divierte con la marihuana o se pone eufórico con la cocaína, en suma, es uno el que cambia. La gracia de los alucinógenos, es que el cambio viene mayormente desde fuera: es el mundo el que se transforma (y nuestra forma de sentirlo). Desde los efectos más básicos como suavidad de los colores o experimentar una cierta beatitud, a ver como los objetos inanimados cobran vida: las nubes giran en remolinos, los árboles pareciera que bailan cuando hay viento, las montañas se derriten. Y claro, en las dosis más potentes, la eventualidad que entidades de otra dimensión aparezcan en el living de tu casa.

Pero hay que mencionar otra posibilidad abierta que otorgan los alucinógenos: la de percibir el infinito. Y eso, en un mundo donde estamos habituados a viajar al sitio X o comprar la cosa Z –amoldados a las experiencias acotadas– puede resultar más revelador de lo que parece a simple vista. Rescato un párrafo del Dog Soldiers de Robert Stone –padre del llamado realismo lisérgico–, cuando Marge prueba por primera vez el Dilaudid, para ver si puede hacerse un poco más comprensible:

“Y cuando cerró los ojos fue maravilloso. Se adentró en una parte del mar donde había un espacio infinito, donde podía respirar y nadar sin esfuerzo por bóvedas ilimitadas. Imaginó que oía voces, y que las voces podrían pertenecer a criaturas como ella.”

En realidad es complejo expresar aquello que no puede ser medido. Experimento similares reparos a los que pone Borges antes de intentar explicar el Aleph que encuentra en el sótano de Carlos Argentino Danieri. Poner en un lenguaje puntual una experiencia que parece no tener límites. Poder sentir la antigüedad de la Tierra o la vastedad del cosmos. Puede que suene exagerado, pero doy fe que por medio de los alucinógenos se pueden llevar a cabo el sueño que Hamlet (citado por el propio Borges) propone como respuesta a sus tormentos: que un hombre, pese a estar confinado en una cáscara de nuez, pueda alguna vez sentirse rey del espacio infinito.

 

Foto: Who are youuuuuu?, Greg McCullough (Alice in Wonderland, Disney)

Un comentario

  1. LES dice:

    Es muy interesante el artículo. Doy fe que se puede prescindir de sustancias para poder experimentar la antigüedad de la Tierra o la vastedad del cosmos. A veces, basta la presencia de un fósil o la observación de la vida microscópica. Aprovecho para mencionar el caso de De Quincey, que ahora me ha venido en mente. Episodios de su vida real en donde el uso reiterado del opio afecta, de forma imprevista, no ya la vigilia, sino el espacio de sus sueños. Creo que uno de los pasajes más terroríficos de sus confesiones se encuentra en el capítulo donde expone el pavor que padecía antes de dormirse. Experimentaba en sueños la sensación de descender a abismos donde no podía penetrar la luz, totalmente desprovisto de la esperanza de poder salir y al despertar tenía la impresión de no haber salido. También en sus sueños perdía el sentido espacial y temporal. El espacio se hinchaba hasta alcanzar las proporciones del infinito y de la misma manera se expandía el tiempo. Creía haber vivido setenta, cien años, en una sola noche y se despertaba sumamente abatido. Un saludo y felicitaciones por la revista.

Deje su mensaje

Debes estarsuscrito para enviar un comentario.