Revista Intemperie

25 años del Plebiscito: luces y sombra de una victoria

Por: Vidia Gutiérrez
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Vidia Gutiérrez reflexiona e intenta ir más allá del lugar común (“la alegría no llegó), para echar un vistazo a estos 25 años de democracia

 

Este ha sido un año de trascendentes reflexiones en torno al principio y al fin de la dictadura. Tanto la conmemoración de los 40 años del golpe militar, como la de los 25 años del plebiscito de 1988, han dado cuenta de una suerte de revisión de la historia oficial. En parte, este ejercicio se puede atribuir a la mirada fresca de las nuevas generaciones, pero no en su totalidad. El cuestionamiento a la verdad establecida de que “derrotamos a la dictadura con un lápiz” no es nuevo, lo que ocurre es que ahora es más difícil apabullarlo.

Dejando de lado el lugar común de que “la alegría no llegó”, es justo reconocer que ese 5 de octubre hubo razones para celebrar. La derrota de la opción Sí en las urnas fue un triunfo valioso, no cabe duda, pero no definitivo. Es entendible y hasta legítimo el triunfalismo de quienes participaron de aquello, pero no nos puede privar de la perspectiva. No después de 25 años.

Por más que nos pese, el plebiscito ocurrió porque la dictadura lo permitió. Quiero creer que la principal razón para ello fue la presión de las movilizaciones y el temor a un estallido social de consecuencias impredecibles. El interés de evitar que las cosas se les fueran de las manos fue decisivo para que la clase política se allanara a llegar a acuerdos que superaran las divisiones entre derecha e izquierda. Parte de esa clase política estaba dentro del gobierno de Pinochet, las decisiones ya no pasaban enteramente por él, sus aliados fuera de Chile le habían dado la espalda y abrirse a una salida pactada era una posibilidad de asegurarse una retirada digna e impune, además de proyectar su legado político. Aceptar un plebiscito –y ganarlo- era, por otra parte, una posibilidad de mantener el poder, cosa que no estuvo lejos de suceder: el 44% de los votantes dijo que sí a la opción de que Pinochet gobernara por ocho años más.

La misma gente que arriesgó su vida en las protestas masivas de los años anteriores concurrió a las urnas a votar No, sin tener clara consciencia de que las condiciones en que Pinochet entregaría el poder distaban mucho de una derrota.

El cambio más significativo tuvo relación con los derechos fundamentales: terminó la sensación de constante riesgo de la vida y de sufrir atropellos; cesó la inseguridad, se venció a la mordaza. En suma, el Estado dejó de ser una amenaza terrorista. Un avance si se compara con la situación de los derechos humanos durante la dictadura. Pero ¿no es demasiado pobre compararse con una tiranía sangrienta, con los años más negros de nuestra historia?

La continuidad del legado de Pinochet hasta nuestros días ha tenido muchas caras, pero si nos enfocamos sólo en el ámbito de los derechos humanos básicos -sostén del argumento de “igual estamos mejor que en la dictadura”- hay una contradicción. Los gobiernos posteriores no sólo renunciaron a la justicia, sino que construyeron cárceles especiales para los violadores de derechos humanos, las mismas que han estado en el centro de la discusión por estos días. La segregación respecto de los delincuentes comunes se entiende, pero ¿por qué el lujo y los privilegios?

Se dice que hubo que ceder en eso para asegurar que los militares fueran encarcelados. Se dice que no se pudo hacer más porque “no estaban dadas las condiciones”. Se dice que sobre los gobiernos democráticos pendía la amenaza militar. Todo eso dicen los mismos que celebran “derrota” de la dictadura.

Los que pactaron las condiciones para que el plebiscito tuviera lugar han pasado demasiado tiempo sintiéndose salvadores de la patria. Una autocomplacencia muy poco generosa para con el resto del país. Los que fueron a votar a pesar de la incertidumbre, corrieron los riesgos y no tuvieron posibilidad de negociar nada son los únicos que pueden sentirse héroes. Héroes de una batalla ganada, dentro de una guerra perdida.

 

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